Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Naturalmente, domine -contestó el mayordomo, sin hacer gesto de marcharse, lanzando una tosecilla.
– ¿Qué hay? -inquirió Sila alzando la vista de la carta de Pompeyo.
– He preparado el plan que me pedisteis, domine, cuando solicité que me nombraseis burócrata jefe de la administración de bienes confiscados a los proscritos. Y he encontrado un mayordomo subalterno para que le veáis, en el caso de que estéis de acuerdo con que yo sea el administrador.
– Si te doy un mayordomo suplente, te crees capaz de desempeñar las dos tareas, ¿verdad? -preguntó Sila con aviesa sonrisa.
– Es mejor que las desempeñe yo las dos, domine, creedme. Leed mi proyecto y veréis sin lugar a dudas que yo me identifico plenamente con esta peculiar tarea administrativa. ¿Para qué encomendársela a un profesional del Tesoro que tendría reparos en plantearos personalmente las dudas y que estaría demasiado apegado al reglamento oficial para sacar partido de los aspectos más comerciales del asunto?
– Lo pensaré y te contestaré -dijo Sila, volviendo a coger la carta de Pompeyo.
Miró imperturbable al mayordomo que se retiraba haciendo una reverencia, y sonrió amargamente. ¡Abominable criatura! ¡Un sapo! Pero eso era lo ideal para la administración de los bienes de los proscritos: alguien abominable y fiel. Siendo Crisógono el administrador, podía estar seguro de que no se cometerían desmanes. Claro que el griego se aprovecharía personalmente, pero nadie mejor que el propio Crisógono para comprender que su suerte dependía de no aprovecharse de un modo que pudiera ser perjudicial para el amo. El objeto de las proscripciones requería una actividad bien enmascarada de respetabilidad: venta de los bienes, confiscación de capitales, alhajas, muebles, obras de arte y acciones. A él le era imposible administrar todo aquello, y tenía que hacerlo alguien. Sí, Crisógono era la persona. ¡Mejor él que un burócrata del Tesoro! Un burócrata no acabaría nunca de hacer las cosas, y era un trabajo que exigía rapidez. Pero no había que dar pábulo a que nadie dijera que él, Sila, se había aprovechado de los fondos del Estado. Aunque Crisógono ya era liberto, no por eso dejaba de depender de él; y el griego sabía que su vida dependía de hacerlo bien.
Satisfecho de haber resuelto el dilema, se enfrascó finalmente en la carta de Pompeyo.
Las provincias de Africa y Numidia están pacificadas y en orden. Tardé cuarenta días en lograrlo. Zarpé de Lilibeo a finales de octubre con seis legiones y dos mil soldados de mi caballería, dejando a Cayo Memio al mando en Sicilia. No juzgué necesario establecer guarniciones allí donde ya había comenzado a reunir naves nada más llegar. A finales de octubre tenía ya más de ochocientos barcos. Me gusta organizarlo todo bien porque se gana mucho tiempo. Antes de zarpar, envié un mensajero al rey Bogud de Mauritania, quien actualmente tiene su ejército en Iol, no muy lejos de Tingis. Bogud reina desde Iol y ha dejado en Tingis un reyezuelo. Todos estos cambios se deben a la contienda de Numidia, en donde el príncipe Yarbas ha usurpado el trono del rey Hiempsal. Mi mensajero instó al rey Bogud a que invadiese inmediatamente Numidia por el oeste, sin aceptar pretexto alguno. Mi estrategia consistía en que Bogud obligase a Yarbas a replegarse hacia el este hasta que llegase a donde yo estaba para aplastarle.
Desembarqué mis tropas en dos divisiones: una en Cartago y la otra en Utica. Me puse al mando de esta segunda, y nada más tocar tierra recibí la sumisión de siete mil soldados de Cneo Ahenobarbo, lo que interpreté como buen augurio. Ahenobarbo decidió presentar batalla sin dilación, pues temía que, de no hacerlo, se pasaran a mis filas más tropas suyas. Desplegó su ejército ante una garganta para tenderme una emboscada cuando la atravesase, pero no caí en la trampa porque subí a un risco y vi su posición. Comenzó a llover (el invierno es la estación lluviosa en la provincia de Africa) y aproveché la circunstancia de que la lluvia azotaba los ojos de sus tropas. Gané una gran batalla y mis hombres me proclamaron imperator en el campo de batalla. Pero tres mil soldados de Ahenobarbo lograron escapar ilesos. Mis hombres seguían vitoreándome, pero yo les dije que lo hiciesen más tarde, y nos apresuramos a perseguir a Ahenobarbo hasta su campamento y lo aniquilamos con todas sus tropas. Entonces, permití que mis hombres me vitoreasen como imperator.
Luego marché a Numidia, una vez sometidos en todo el territorio de la provincia de Africa los insurgentes, a quienes ejecuté en Útica. El usurpador Yarbas se refugió en Bulla Regis, una ciudad en el curso superior del río Bagradas, al saber que yo avanzaba por el este y Bogud por el oeste. Por supuesto, yo llegué a Bulla Regis antes que el rey Bogud, y la ciudad me abrió sus puertas y se rindió, entregándome a Yarbas, a quien ejecuté inmediatamente, junto con otro noble llamado Masinisa; y repuse en su trono de Cirta al rey Hiempsal. Tuve oportunidad de dedicarme a la caza de animales salvajes, que en este país los hay de toda clase, desde elef¡antes hasta unos muy parecidos a grandes gatos. Te escribo ésta desde el campamento en la llanura de Numidia.
Me propongo volver pronto a Utica, al haber sometido todo el norte de Africa en cuarenta días, como te decía. No es necesario dejar guarniciones en esta provincia, y puedes enviar un gobernador sin cuidado. Voy a embarcar mis seis legiones y dos mil soldados de caballería y zarparemos hacia Tarentum. Después nos dirigiremos a Roma por la vía Apia, y me gustaría celebrar un triunfo. Mis hombres me han vitoreado como imperator en el campo de batalla y tengo derecho a ello. He pacificado Sicilia y Africa en cien días, y ejecutado a todos tus enemigos. Tengo también un buen botín para mostrar en el desfile triunfal.
En cuanto Sila hubo asimilado lo que decía Pompeyo, se echó a reír hasta que se le saltaron las lágrimas, sin saber si aquellas ingenuas confidencias por escrito le divertían por su engreído tono o por los burdos detalles, como el de que la estación de lluvias era en invierno o que Bulla Regis estaba en el curso alto del Bagradas. ¿Acaso Pompeyo pretendía ignorar que él había pasado años en Africa, capturando en persona al rey Yugurta? Después de cuarenta días felices, Pompeyo lo sabía todo. ¿Cuántas veces repetía que las tropas le habían proclamado imperator? ¡ Era para morirse de risa!
Cogió un papel y se dispuso a contestarle de su puño y letra. Era una carta que no quería confiar a ningún secretario.
Ha sido un placer recibir tu carta, y te doy las gracias por los interesantes datos que me das sobre Africa. Procuraré visitarla algún día, aunque no sea más que para ver personalmente esos animalotes parecidos a gatos. Yo también reconozco un elefante cuando lo veo.
Enhorabuena. ¡Qué joven tan rápido eres! Cuarenta días. Creo que es el tiempo que estuvo inundada Mesopotamia hace mil años.
Sé que puedo confiar en tu afirmación de que no hace falta establecer guarniciones ni en Africa ni en Sicilia, pero, mi querido Pompeyo, hay que actuar con sutileza. Por lo tanto, te ordeno que dejes en Utica cinco legiones y regreses con una. Una cualquiera, la que sea tu preferida. Y hablando de preferencias, ¡desde luego se ve que eres el preferido de la Fortuna!
Lamentablemente, no puedo autorizarte a celebrar un triunfo. Aunque tus tropas te hayan proclamado imperator en el campo de batalla, los triunfos están reservados a los miembros del Senado que han alcanzado la categoría de pretor. En el futuro ganarás más guerras, Pompeyo, y tendrás tu triunfo más pronto o más tarde.
Tengo que darte las gracias por el rápido envío del miembro de alimentación, vista, oído y olfato de Carbón. No hay nada mejor que una cabeza para convencer a alguien de que una persona ha mordido el polvo, para usar una expresión de Homero. La fuerza de mi argumentación de que Carbón había muerto y Roma no tenía cónsules se evidenció de inmediato. ¡Fue muy inteligente lo de meterla en vinagre! Gracias también por Soranus y el anciano Bruto.