Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:

La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
1 ... 70 71 72 73 74 75 76 77 78 ... 179
Перейти на страницу:

Los libros de viaje eran objetos mágicos —como el dacra— creados por los mismos magos que impregnaron el Palacio de los Profetas con Magia de Suma y de Resta. En los últimos tres mil años nadie, excepto Richard, había nacido con Magia de Resta. Algunos la habían adquirido estudiándola por vocación, pero solamente en Richard era una magia innata.

Los libros de viaje se empleaban para transmitir mensajes; lo que se escribía en uno con la caña que se guardaba en el lomo aparecía por arte de magia en su libro gemelo. Por lo que las Hermanas habían llegado a determinar, el mensaje que se escribía en uno aparecía simultáneamente en el otro. Puesto que la caña servía también para borrar viejos mensajes, los libros nunca se agotaban y se utilizaban una y otra vez.

Las Hermanas que partían en busca de los muchachos nacidos con el don los llevaban consigo. Casi siempre las Hermanas tenían que atravesar la barrera erigida en el valle de los Perdidos y adentrarse en el Nuevo Mundo para recuperar al muchacho y ponerle el rada’han al cuello, a fin de que el don no le causara ningún perjuicio hasta que aprendiera a controlar su magia. Una vez habían atravesado la barrera ya no había vuelta atrás en busca de consejo o guía; a cada Hermana sólo se le permitía un viaje de ida y otro de vuelta. Sin embargo, Richard había destruido las torres así como las tormentas de hechizos que conjuraban.

Los muchachos, que no comprendían el don que poseían, no lo controlaban y emitían reveladoras señales. Algunas Hermanas de palacio eran sensibles a las alteraciones en los flujos de poder y las detectaban. Puesto que no todas las Hermanas poseían ese talento y no se podía correr el riesgo de ponerlas en peligro, eran otras las que partían y se llevaban un libro de viaje para comunicarse con el palacio. Si algo ocurría, por ejemplo que el muchacho cambiara de lugar, necesitarían que las guiaran para dar con él.

Ni que decir tiene que un mago podía enseñar a los muchachos a controlar el don y evitar los numerosos peligros que comportaba y, de hecho, ése era el método preferido. No obstante, no siempre había un mago a mano o dispuesto a asumir la responsabilidad. Mucho tiempo atrás las Hermanas llegaron a un acuerdo con los magos del Nuevo Mundo: en ausencia de un mago se permitía que las Hermanas de la Luz salvaran la vida al muchacho llevándoselo al Palacio de los Profetas, donde le enseñarían a usar su don. Por su parte, las Hermanas juraron no llevarse a ningún muchacho si un mago estaba dispuesto a enseñarle.

Si las Hermanas violaban ese trato, los magos matarían a cualquiera de ellas que volviera a poner los pies en el Nuevo Mundo. La prelada Annalina había violado el acuerdo al llevar a Richard al palacio, y Verna había sido el instrumento involuntario de tal vulneración del acuerdo.

En ocasiones, varias Hermanas emprendían simultáneamente viajes para recuperar a muchachos. Verna había descubierto en su despacho una caja llena de libros de viaje, atados en parejas. Los libros sólo funcionaban con sus gemelos. Así pues, antes de partir se tomaban precauciones para asegurarse de que las Hermanas no marchaban con un libro equivocado. Los libros se separaban y se probaban. Los viajes eran peligrosos, razón por la cual las Hermanas llevaban siempre un dacra escondido en la manga.

Por lo general un viaje duraba varios meses y en ocasiones excepcionales hasta un año. Pero el viaje de Verna se había prolongado durante más de veinte años. Era algo insólito en la historia del palacio, aunque también era cierto que habían transcurrido tres mil años desde la última vez que nació alguien como Richard. Verna había perdido veinte años que jamás recuperaría. En el mundo exterior las Hermanas envejecían. En el Palacio de los Profetas habría necesitado casi trescientos años para envejecer igual que los veinte años que pasó fuera. Así pues, no sólo había sacrificado veinte años en la misión que le encomendara la prelada Annalina, sino casi trescientos años.

Peor aún, durante todo ese tiempo Annalina sabía perfectamente dónde estaba Richard. Aunque la Prelada había actuado de ese modo para permitir que se cumplieran las profecías necesarias para que Richard pudiera detener al Custodio, a Verna le dolía que la Prelada no le hubiera confiado que ese viaje, en el que Verna malgastó gran parte de su vida, no era más que un señuelo.

Verna se reprendió. No había malgastado nada. Durante ese tiempo realizó la obra del Creador. El hecho de que ignorara algunos datos no importaba. Muchas personas se afanaban durante toda la vida por alcanzar metas sin sentido. Al menos ella se había esforzado durante veinte años para lograr algo que había salvado al mundo de los vivos.

Sin olvidar que esos veinte años seguramente habían sido los mejores de su vida. Los había pasado vagando por el mundo, libre, acompañada por otras dos Hermanas de la Luz, conociendo extraños lugares y extraños pueblos. Había dormido bajo las estrellas, había visto lejanas montañas, llanuras, ríos, suaves colinas, aldeas, villas y ciudades que pocas personas habían visto. Había tomado sus propias decisiones y había aceptado las consecuencias. No había tenido que leer ni un informe; ella «hacía» los informes. No, no había perdido nada. De hecho, había ganado mucho más de lo que hubiera ganado de haberse quedado cómodamente sentada en palacio durante trescientos años.

Una lágrima le cayó en una mano. Verna se enjuagó las mejillas. Echaba de menos ese viaje. Mientras duró creía que lo odiaba y sólo ahora se daba cuenta de lo mucho que había significado para ella. Con dedos temblorosos dio vueltas al libro de viaje, notando su forma y su peso tan familiares; la granulosa textura de la piel y esos tres bultitos en la parte superior de la portada.

Bruscamente se lo acercó a los ojos para examinarlo a la luz de las velas. Los tres bultos, el hondo arañazo en la parte inferior del lomo… era el mismo libro. Después de llevarlo encima veinte años era imposible confundirlo con otro. Era su libro. Había examinado distraídamente todos los libros de viaje del despacho buscando el suyo, pero sin encontrarlo. Ahí estaba.

¿Cómo habría llegado hasta allí? Se acercó el papel en el que había estado envuelto y vio algo escrito. A la luz de una vela leyó:

«Guárdalo con tu propia vida».

Dio la vuelta al papel, pero eso era todo. «Guárdalo con tu propia vida».

Verna conocía la letra de la Prelada. Cuando después del largo periplo por fin dio con Richard, resultó que se le prohibió interferir con él ni usar el rada’han para controlarlo, aunque al mismo tiempo se le exigía que condujera a palacio a un hombre ya adulto muy distinto de cualquier poseedor del don que hubieran conocido hasta la fecha. Indignada, Verna envió un mensaje a palacio: «Soy la Hermana que está al cargo de este muchacho. Estas órdenes no son solamente irrazonables sino también absurdas. Exijo conocer el significado de estas instrucciones. Exijo saber con qué autoridad han sido dictadas.»

La respuesta fue: «Obedecerás las instrucciones o sufrirás las consecuencias. No te atrevas a poner nunca más en duda las órdenes de palacio. De mi propia mano, la Prelada.»

La reprimenda de la Prelada se le grabó a fuego en la memoria así como la letra en que estaba escrita. Las palabras escritas en el envoltorio eran de la misma mano.

Ese mensaje había sido una espina clavada en el corazón, pues le prohibía hacer aquello para lo que había sido entrenada. Una vez en el palacio descubrió que Richard poseía Magia de Resta y que, de haber usado el collar, muy probablemente Richard la habría matado. Con ese mensaje la Prelada pretendía salvarle la vida pero la mortificaba no haber sido informada. Eso era lo que más la irritaba: que la Prelada no le hubiera dado razones.

Ahora lo entendía, por supuesto. El palacio albergaba también a Hermanas de las Tinieblas y la Prelada no podía poner en juego la salvación del mundo. No obstante, emocionalmente aún no lo había asimilado. La razón y los sentimientos no siempre andaban parejos. Como Prelada empezaba a comprender que a veces era imposible convencer a los demás de la necesidad de hacer algo, por lo que no quedaba más remedio que impartir órdenes. A veces una tenía que utilizar a los demás para alcanzar una meta justa.

1 ... 70 71 72 73 74 75 76 77 78 ... 179
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)