La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Verna dejó caer el papel en el cuenco y lo prendió con su han. Miró cómo se consumía hasta quedar reducido a cenizas.
En la mano apretaba con fuerza el libro de viaje, su libro de viaje. Qué agradable era haberlo recuperado. Desde luego, no le pertenecía a ella, en realidad era de palacio, pero después de tantos años lo sentía como propio; era como un viejo amigo.
¿Dónde estaría el otro?, pensó de repente. Ese libro tenía un gemelo. ¿Quién lo tenía?
Contempló el libro presa de súbito temor. Tenía entre las manos algo potencialmente peligroso y, para variar, Annalina se había callado parte de la verdad. Tal vez el gemelo estaba en manos de una Hermana de las Tinieblas. Ése podría ser el modo de Annalina para decirle que si encontraba el gemelo encontraría una Hermana de las Tinieblas. Pero ¿cómo? ¿No podía escribir quién era y dónde estaba?
Verna se besó el dedo anular, en el que llevaba el anillo, y se puso en pie.
«Guárdalo con tu propia vida.»
Los viajes entrañaban peligros. En ocasiones las Hermanas eran capturadas y morían en manos de pueblos hostiles protegidos con magia propia. En tales casos solamente podían defenderse con el dacra, una especie de cuchillo capaz de arrebatar instantáneamente la vida, aunque no siempre eran suficientemente rápidas. Verna seguía llevando el suyo en la manga. Y mucho tiempo atrás cosió en la parte posterior del cinturón una bolsa en la que esconder el libro de viajes y tenerlo seguro.
Allí fue donde lo metió. Verna dio golpecitos al cinturón. Era agradable volver a sentir allí el libro.
«Guárdalo con tu propia vida.»
Querido Creador, ¿quién tendría el otro?
Verna irrumpió en la oficina, y la hermana Phoebe saltó como si alguien le hubiera clavado un alfiler en el trasero.
— Prelada… —dijo muy ruborizada— me habéis asustado. No estabais en vuestro despacho… Creí que os habíais ido a acostar.
La mirada de Verna se posó en la mesa cubierta de informes.
— Pensé que te había dicho que ya era suficiente por hoy y que te fueras a descansar.
Phoebe se retorcía los dedos.
— Sí, eso dijisteis. Pero recordé que había olvidado verificar unas cuentas y temía que al reparar en ello me pidierais explicaciones, por lo que corrí hasta aquí para verificarlas.
Verna debía ir a un sitio, pero se replanteó el modo de llegar hasta allí. Con las manos enlazadas dijo a Phoebe:
— Phoebe, quisiera que llevaras a cabo una tarea que la prelada Annalina confiaba a sus administradoras.
— ¿De veras? ¿Qué es?
Verna señaló su despacho.
— He estado fuera, en mi jardín, rogando al Creador que me guiara y he recibido la inspiración de que en estos tiempos tan duros debería consultar las profecías. Cada vez que la prelada Annalina hacía esto mismo, sus administradoras despejaban las criptas para que nadie espiara lo que leía. ¿Te gustaría desocupar las criptas para mí, como hacían sus administradoras?
La joven se puso de pie de un salto.
— ¡Me encantaría, Verna!
Qué joven era, se dijo Verna con cierta irritación. Aunque nadie lo hubiese dicho, eran de la misma edad.
— Pues ya puedes ir. Yo antes tengo que ocuparme de unos asuntos de palacio.
La hermana Phoebe cogió a toda prisa su chal blanco y se lo echó sobre los hombros mientras corría hacia la puerta.
— Phoebe. —El redondo rostro de la joven se asomó por el quicio—. Si Warren está en las criptas, que se quede. Tengo algunas preguntas y él es el más indicado para indicarme los volúmenes adecuados. Eso me ahorrará tiempo.
— De acuerdo, Verna —dijo Phoebe casi sin aliento. A Phoebe le encantaba el papeleo, probablemente porque se sentía útil de un modo que no se habría sentido hasta contar con otros cien años de experiencia. Verna había acortado ese espacio de tiempo al nombrarla administradora de la Prelada. Sin embargo, la perspectiva de impartir órdenes aún parecía gustarle más que escribir informes—. Ahora mismo voy. Cuando llegues allí, las criptas estarán despejadas. Gracias por pedírmelo a mí en lugar de a Dulcinia.
Verna recordó lo parecidas que habían sido veinte años atrás y se preguntó si ella también había sido tan inmadura cuando Annalina la envió de viaje. Era como si en los años que había pasado lejos de palacio hubiese madurado más que Phoebe no sólo en el aspecto físico. Seguramente se aprendía más en el mundo exterior que quedándose recluida en el Palacio de los Profetas.
— Es como una de nuestras antiguas travesuras, ¿verdad? —sonrió Verna.
Phoebe soltó una risita.
— Así es, Verna. Pero nadie nos castigará a ensartar mil rosarios. —Phoebe echó a correr por el pasillo, con la falda y el chal ondeando a su espalda.
Cuando Verna completó el descenso hasta la enorme puerta de piedra redonda de casi dos metros de grosor, que permitía el acceso a las criptas excavadas en el lecho de roca sobre el que se erigía el palacio, Phoebe conducía afuera a seis Hermanas, dos novicias y tres muchachos. No tenía nada de extraño despertar a los estudiantes en plena noche para impartirles lecciones, por ejemplo en las criptas. El Creador no tenía horarios, y ellos debían aprender que su obra tampoco. Todos se inclinaron ante la Prelada.
— Que el Creador os bendiga —les dijo Verna. Iba a disculparse por haberles interrumpido en su trabajo y haberles echado de las criptas, pero se recordó que era la Prelada y que no tenía que disculparse ante nadie. La palabra de la Prelada era ley y debía ser obedecida sin preguntas. No obstante, le costaba no explicar sus acciones.
— No queda nadie, Prelada, excepto quien vos me indicasteis —declaró Phoebe en tono majestuoso—. Está en una de las salas pequeñas.
Verna se lo agradeció con un leve asentimiento y luego fijó su atención en las novicias, que la miraban con respeto reverencial.
— ¿Cómo van los estudios? —les preguntó.
Ambas le hicieron una reverencia, temblando como las hojas de un álamo temblón. Una de ellas tragó saliva y respondió con un hilo de voz, muy ruborizada:
— Muy bien, Prelada.
Verna recordó la primera vez que la Prelada se había dirigido a ella. Había sido como si el Creador en persona le hablara. También recordaba cuánto había significado para ella la sonrisa de la Prelada, cómo la había sostenido e inspirado.
Así pues, se agachó y las atrajo a ambas hacia sí, una en cada brazo, y les dio un beso en la frente.
— Si alguna vez necesitáis algo, no dudéis en acudir a mí. Estoy para ayudaros y os amo como a todas las criaturas del Creador.
Radiantes, las dos muchachas volvieron a hacerle una reverencia, pero ya no temblaban tanto. Tenían los ojos clavados en el anillo de oro. Como si el anillo les recordara algo, se besaron el dedo anular al tiempo que murmuraban una plegaria. Verna las imitó. Al verlo, las dos chicas abrieron mucho los ojos.
— ¿Os gustaría besar el anillo que simboliza la Luz que todas seguimos? —Ambas asintieron gravemente y se arrodillaron una después de la otra para besar el anillo en forma de sol.
— ¿Cómo os llamáis? —les preguntó Verna, apretándoles los estrechos hombros.
— Helen, Prelada.
— Valery, Prelada.
— Helen y Valery. —Verna sonrió espontáneamente—. Recordad, novicias Helen y Valery, que aunque muchas personas, por ejemplo las Hermanas, saben más que vosotras y pueden enseñaros mucho, todos somos iguales a los ojos del Creador, incluso yo. Todos somos sus hijos.
Verna se sentía muy incómoda siendo objeto de veneración pero sonrió y despidió al grupo con un ademán. Obedientemente ambas se alejaron.