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La oscuridad de los sueños

Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:

McEvoy tiene los días contados como periodista de sucesos; sus momentos de gloria languidecen y su nombre se baraja en las listas de recortes previstos por Los Angeles Times. Sin embargo, guarda todavía un último cartucho: la redacción de la que pretende que sea la crónica criminal más impactante de su carrera.
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
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Para mí, la idea de dos personas que se habían conocido y actuaban en la misma longitud de onda de sadismo sexual y asesinato doblaba o incluso más la sensación de terror que sus acciones tenebrosas conjuraban. Pensé en el término que Yolanda Chávez había empleado durante el recorrido por Western Data: fibra oscura. ¿Podía haber algo tan profundo y oscuro en la fibra de una persona como el deseo de compartir algo semejante a lo que había ocurrido con Denise Babitt y las demás víctimas? Yo creía que no, y solo de pensarlo se me heló el alma.

Capítulo 17

La granja

Los tres agentes que formaban el equipo de Recuperación de Pruebas Electrónicas del FBI ocupaban las tres estaciones de trabajo en la sala de control. Carver se quedó paseando por detrás y ocasionalmente miraba por encima de sus espaldas a las pantallas. No estaba preocupado, porque sabía que solamente iban a encontrar lo que él quería que encontraran. Pero tenía que actuar como si estuviera preocupado. Después de todo, lo que allí ocurría era una amenaza para la reputación de Western Data y sus negocios en todo el país.

– Señor Carver, tiene que tranquilizarse -dijo el agente Torres-. Va a ser una noche muy larga, y si sigue paseando arriba y abajo lo será todavía más, tanto para usted como para nosotros.

– Lo siento -dijo Carver-, pero es que estoy nervioso pensando en lo que va a suponer todo esto.

– Claro, señor, lo entendemos -dijo Torres-. ¿Qué tal si…?

El agente se vio interrumpido por la tonada de Riders on the Storm procedente del bolsillo de la bata de laboratorio de Carver.

– Disculpe -dijo Carver.

Se sacó el móvil del bolsillo y contestó.

– Soy yo -dijo Freddy Stone.

– ¡Hombre, qué tal! -contestó Carver con alborozo en atención a los agentes.

– ¿Lo han encontrado ya?

– Pues todavía no. Sigo aquí y me parece que estaré un buen rato.

– Entonces, ¿sigo adelante con el plan?

– Tendrás que jugar sin mí.

– Es mi prueba, ¿verdad? Tengo que demostrártelo -dijo con un ligero tono de indignación.

– Después de lo que pasó la semana pasada, me alegro de saltarme esta.

Hubo una pausa y Stone cambió de tema.

– ¿Los agentes ya saben quién soy?

– No lo sé, pero ahora mismo no puedo hacer nada. El trabajo es lo primero. Seguro que la semana que viene podré ir, y para entonces ya podrás volver a llevarte mi dinero.

Carver confiaba en que esas frases estuvieran dentro de los límites de la charla del póquer para los agentes que le escuchaban.

– ¿Nos vemos luego allí? -preguntó Stone.

– Sí, en mi casa. Tú traes las patatas y la cerveza. Nos vemos luego. He de colgar.

Cortó la llamada y volvió a guardarse el móvil en el bolsillo. Las evasivas y la indignación de Stone empezaban a preocuparle. Unos días atrás rogaba por su vida; ahora no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer. Carver empezó a juzgar sus propias acciones. Probablemente tendría que haber acabado con eso en el desierto y haber metido a Stone en el hoyo con Mc Ginnis y el perro. Fin de la historia. Fin de la amenaza.

Todavía podía hacerlo. Quizás esa misma noche. Otra oportunidad dos por uno. Sería el final para Stone y para un montón de otras cosas. Western Data no resistiría el escándalo. Tendrían que cerrar y Carver cambiaría y seguiría adelante. Solo, como antes. Aprovecharía las lecciones que había aprendido y volvería a empezar en algún otro lugar. Sabía que podía hacerlo.

I’m a changeling, see me change.

I’m a changeling, see me change.

Torres apartó la mirada de su pantalla y miró a Carver. Se preguntó si tal vez habría canturreado sin darse cuenta.

– ¿Noche de póquer? -preguntó Torres.

– Ah, sí. Perdón por la intromisión.

– Y yo siento que se pierda la partida.

– No pasa nada. Lo más probable es que me estén ahorrando cincuenta dólares.

– El FBI siempre está contento de ayudar.

Torres sonrió y su compañera, la agente que se llamaba Mowry, también sonrió.

Carver intentó sonreír, pero le hacía sentir falso y lo dejó. La verdad era que no tenía ningún motivo para sonreír.

Capítulo 18

Una llamada a la acción

Me quedé toda la tarde en la habitación del hotel, escribiendo la mayor parte del artículo del día siguiente y llamando una y otra vez a Rachel. El relato era fácil de enhebrar. Primero hablé de ello con mi SL, Prendergast, y escribí un texto de previsión. Lo envié y luego empecé a construir el artículo. Aunque no iba a salir hasta el siguiente ciclo de noticias, ya contaba con los principales elementos. A primera hora del día siguiente reuniría los últimos detalles y no tendría más que añadirlos.

Eso si me daban nuevos detalles. Lo que había sido una pequeña dosis de paranoia se convirtió en algo más grande a medida que las llamadas a Rachel, una cada hora, quedaban sin contestar y los mensajes lo mismo. Mis planes para la noche -y para el futuro- chocaban con las rocas de la duda.

Al final, justo antes de las once, sonó mi móvil. El identificador de llamadas decía Mesa Verde Inn. Era Rachel.

– ¿Qué tal Los Ángeles? -preguntó.

– Los Ángeles bien -dije yo-. He tratado de llamarte. ¿No has recibido mis mensajes?

– Lo siento, el móvil se me ha quedado sin batería. Lo he usado demasiado… Acabo de volver al hotel. Gracias por dejarme la maleta.

La explicación de la batería parecía plausible. Empecé a relajarme.

– De nada -dije-. ¿En qué habitación estás?

– Siete diecisiete. ¿Y tú qué tal, al final has vuelto a tu casa?

– No, sigo en el hotel.

– ¿Ah, sí? Pues acabo de llamar al Kyoto y me han puesto con tu habitación, pero no ha contestado nadie.

– He bajado a recepción a por hielo. -Miré la botella de Grand Embrace Cabernet que había pedido al servicio de habitaciones-. Así que ya has terminado por hoy -dije para cambiar de tema.

– Sí, eso espero. Acabo de pedir algo al servicio de habitaciones. Supongo que me llamarán si encuentran algo en Western Data.

– ¿Quieres decir que todavía hay gente allí?

– El equipo RPE sigue allí. Toman Red Bull como si fuera agua y piensan seguir trabajando toda la noche. Carver está con ellos. Pero yo no he aguantado. Tenía que comer algo y dormir.

– ¿Y Carver está dispuesto a dejarles trabajar toda la noche?

– Resulta que el espantapájaros es un búho. Todas las semanas hace algún turno de noche. Dice que es cuando mejor trabaja, así que no tiene ningún problema en quedarse con ellos.

– ¿Qué has pedido para cenar?

– Típica comida casera: hamburguesa con queso y patatas.

Sonreí.

– Yo he cenado lo mismo, pero sin queso. ¿Un ron Pyrat, algo de vino?

– No, he vuelto a las dietas del FBI y el alcohol no está permitido. Aunque no me vendría mal.

Sonreí, pero decidí hablar de trabajo para empezar.

– ¿Cuáles son entonces las últimas noticias sobre Mc Ginnis y Stone?

Noté cierta vacilación en su respuesta.

– Jack, estoy cansada. Ha sido un día muy largo y me he pasado las últimas cuatro horas en ese búnker. Tenía la esperanza de poder cenar, darme un baño caliente… ¿No podríamos dejarlo para mañana?

– Mira, Rachel, yo también estoy cansado, pero recuerda que si he dejado que me hicierais a un lado ha sido a condición de que me mantuvieseis informado. No sé nada de ti desde que me fui del almacén y ahora me dices que estás demasiado cansada para hablar.

Otra vacilación.

– Vale, vale, tienes razón. Terminemos con esto. La actualización es que hay buenas y malas noticias. La buena noticia es que sabemos quién es realmente Freddy Stone, y no es Freddy Stone. Conocer su identidad real con suerte nos ayudará a dar con él.

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