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La oscuridad de los sueños

Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:

McEvoy tiene los días contados como periodista de sucesos; sus momentos de gloria languidecen y su nombre se baraja en las listas de recortes previstos por Los Angeles Times. Sin embargo, guarda todavía un último cartucho: la redacción de la que pretende que sea la crónica criminal más impactante de su carrera.
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
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– ¿Y eso qué más da? ¿Lo harás o no lo harás?

Asentí.

– Sí, Rachel, lo haré. Tu secreto está a salvo conmigo.

– Gracias.

Me volví para mirarla de frente.

– Entonces, ¿qué está pasando ahora? ¿Qué me cuentas de esos otros lugares que ha mencionado Bantam?

– También tenemos agentes en Western Data y en la casa de Declan Mc Ginnis en Scottsdale.

– ¿Y qué tiene que decir Mc Ginnis?

– Hasta ahora, nada. Todavía no lo hemos encontrado.

– ¿Ha desaparecido?

Rachel se encogió de hombros.

– No estamos seguros de si se ha ocultado voluntaria o involuntariamente, pero ha desaparecido. Y su perro lo mismo. Es posible que investigara algo por su cuenta tras la visita que los agentes le hicieron el viernes. Pudo haberse acercado demasiado a Stone, y este puede que reaccionase. Y hay otra posibilidad.

– ¿Que estuvieran juntos en el asunto?

Rachel asintió.

– Sí, en equipo. Mc Ginnis y Stone. Que dondequiera que estén, estén juntos.

Reflexioné sobre ello. Sabía que existían precedentes. El Estrangulador de Hillside resultó que eran dos primos. Y antes y después de eso hubo equipos de asesinos en serie. Me vinieron a la memoria Bittakker y Norris; dos de los más execrables asesinos que hayan pisado el planeta se encontraron de algún modo y formaron un equipo en California. Filmaban sus sesiones de tortura. Un policía me pasó una vez la cinta de una de esas sesiones, que tenían lugar en la parte trasera de una furgoneta. Tras el primer grito de pánico y dolor, lo apagué.

– ¿Lo ves, Jack? Por eso necesitamos tiempo antes de la tormenta mediática. Los dos tienen ordenadores portátiles y los dos se los llevaron. Pero también tenían ordenadores en Western Data y ahora los tenemos nosotros. Tenemos un equipo de RPE que viene de Quantico. Aterrizarán dentro…

– ¿RPE?

– Recuperación de Pruebas Electrónicas. Están volando justo ahora. Los pondremos a estudiar el sistema de Western Data y ya veremos qué sacan. Y recuerda lo que ya hemos averiguado hoy: ese lugar está vigilado por audio y vídeo. Las grabaciones que hayan archivado también pueden ayudarnos.

Asentí. Seguía pensando en Mc Ginnis y Stone trabajando juntos como un equipo compenetrado de asesinos.

– ¿Tú qué piensas? -le pregunté a Rachel-. ¿Crees que el Sudes es uno, o que son dos?

– Todavía no puedo decirlo con seguridad. Pero me parece que en este caso podemos hablar de un equipo.

– ¿Por qué?

– ¿Recuerdas el escenario que perfilamos la otra noche? ¿Donde el Sudes llega a Los Ángeles, atrae a Angela a tu casa, luego la mata y vuela a Las Vegas para seguirte?

– Sí.

– Bueno, pues el FBI revisó todos los vuelos que salían del LAX y de Burbank hacia Las Vegas esa noche. Solamente cuatro pasajeros de los vuelos nocturnos compraron los billetes esa noche. El resto eran todo reservas. Los agentes siguieron la pista a tres, los interrogaron y quedaron descartados. El cuarto, naturalmente, eras tú.

– Pudo ir en coche.

Ella sacudió la cabeza.

– Pudo haber ido en coche, pero entonces, ¿por qué enviar el paquete por GO! en tarifa nocturna si vas en coche a Las Vegas? El envío nocturno solamente tiene sentido si fue a coger un vuelo y luego recogerlo, o si se lo hubiese enviado a alguien.

– A su compañero.

Asentí y empecé a caminar en un círculo mientras iba interiorizando el nuevo escenario. Todo parecía tener sentido.

– Así que Angela va a la página web trampa y los alerta. Ellos leen su correo electrónico y el mío. Y su respuesta es que uno va a Los Ángeles a encargarse de ella y otro va a Las Vegas a encargarse de mí.

– Así es como yo lo veo.

– Espera. ¿Qué hay del teléfono de Angela? Dijiste que el FBI localizó la llamada y que el asesino me llamó desde el aeropuerto en Las Vegas. ¿Cómo pudo ese teléfono llegar a…?

– Con el paquete de GO! Envió tu pistola y su teléfono. Sabían que sería una manera de implicarte más en su asesinato. Después de tu suicidio los policías habrían encontrado su teléfono en tu habitación. Luego, cuando no funcionó como estaba planeado, Stone te llamó desde el aeropuerto. Quizá solamente quería charlar, o quizá sabía que eso contribuiría a sustentar la idea de que había un asesino suelto que había ido desde Los Ángeles a Las Vegas.

– ¿Stone? Así que me estás diciendo que Mc Ginnis fue a Los Ángeles a por Angela y que Stone fue a Las Vegas a por mí.

Rachel asintió con la cabeza.

– Dijiste que el hombre de las patillas no tenía más de treinta años. Stone tiene veintiséis y Mc Ginnis cuarenta y seis. Puedes disfrazar la apariencia, pero lo más difícil es disfrazar la edad. Y es mucho más difícil parecer más joven que parecer más viejo. Apuesto a que tu hombre de las patillas era Stone.

Tenía sentido.

– Hay otra cosa que indica que nos enfrentamos a un equipo -dijo Rachel-. Es algo que hemos tenido delante todo el tiempo.

– ¿Qué?

– Un cabo suelto del asesinato de Denise Babbit. Estaba en el maletero de su propio coche y este fue abandonado en South L. A., donde Alonzo Winslow se lo encontró.

– Sí, ¿y?

– Pues que si el asesino trabajaba solo, ¿cómo salió de South L. A. después de dejar el coche? Estamos hablando de altas horas de la noche en un barrio predominantemente negro. ¿Cogió un autobús o llamó a un taxi y esperó en la acera? Rodia Gardens queda a casi dos kilómetros de la parada de metro más cercana. ¿Los hizo caminando, un hombre blanco en un barrio negro en plena noche? No creo. Uno no acaba un asesinato tan bien planeado con una huida así. Ninguno de estos escenarios tiene demasiado sentido.

– Así que quien dejó el coche de la chica allí tenía a alguien que lo recogió.

– Eso es.

Asentí y me quedé en silencio mientras pensaba en toda la información nueva. Rachel finalmente interrumpió mis reflexiones.

– Voy a tener que ponerme a trabajar, Jack -dijo-. Y tú tienes que subir a un avión.

– ¿Cuál es tu misión? Aparte de mí, quiero decir.

– Voy a trabajar con el equipo RPE en Western Data. Tengo que ir allí ahora mismo para prepararlo todo.

– ¿Han cerrado el complejo?

– Más o menos. Han enviado a todo el mundo a casa excepto a un equipo básico que mantendrá los sistemas en funcionamiento y podrá ayudar al equipo RPE. Creo que Carver está en el búnker y O’Connor en superficie, y quizás algunos más.

– Esto los va a arruinar.

– No podemos hacer nada por evitarlo. Además, si el director ejecutivo de esa compañía y su joven adlátere se sumergían en las informaciones archivadas para encontrar a víctimas de sus sueños homicidas compartidos, creo que los clientes tienen derecho a saberlo. Lo que pase después no es cosa nuestra.

Asentí.

– Supongo que tienes razón.

– Jack, debes irte. Le dije a Bantam que podía manejar esto. Ojalá pudiera abrazarte, pero ahora no es el momento. Pero quiero que tengas mucho cuidado. Vuelve a Los Ángeles y sé prudente. Llámame para lo que quieras y, desde luego, hazlo si alguno de ellos vuelve a ponerse en contacto contigo.

Asentí.

– Voy a volver al hotel a buscar mis cosas. ¿Quieres que te deje la habitación?

– No, paga el FBI. Cuando te vayas deja mi maleta en recepción, ¿de acuerdo? Ya pasaré por allí más tarde.

– De acuerdo, Rachel. Cuídate.

Al volverme para ir hacia el coche, alargué el brazo por sorpresa y le apreté la muñeca. Esperaba que el mensaje le llegara alto y claro: estábamos juntos en eso.

Al cabo de diez minutos, el almacén se alejaba en mi retrovisor e iba de camino al Mesa Verde Inn. Estaba en la lista de espera de Southwest Airlines para conseguir un pasaje de vuelta a Los Ángeles, pero no podía concentrarme en nada que no fuera la idea de que el Sudes no era un solo asesino, sino dos que actuaban al unísono.

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