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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– ¿Por qué gritas? -preguntó, irritado al ver los carros llenos de ajo avanzando sobre la carretera asfaltada-. ¡Vas a tener un bebé, no a morir!

Los gemidos cesaron. La carreta olía a ajo mezclado con el sudor de su esposa.

El centro de salud se encontraba en un descampado situado junto al cementerio. Al este se extendía un campo de maíz, al oeste un campo de boniatos y un campo de ajo recién recolectado al sur. Después de frenar su carreta, Gao Yang trató de encontrar la sala de partos. Una mano adherida a un hombre, cuyas facciones resultaban difíciles de distinguir en la oscuridad, le impidió llamar a la puerta.

– Mi mujer está teniendo un bebé ahí dentro -dijo el hombre con voz ronca.

El brillo de un cigarrillo que colgaba de sus labios titilaba sobre su rostro. El humo desprendía un aroma agradable.

– Mi esposa también va a tener un bebé -dijo Gao Yang.

– Entonces, ponte en la cola -dijo el hombre.

– ¿Hasta para tener un hijo?

– Hay que hacer cola para todo -respondió gélidamente el hombre.

En ese momento fue cuando Gao Yang se dio cuenta de que había otros carros parados fuera de la sala de partos: dos carros tirados por un buey, uno tirado por un caballo y un carro tirado a mano sobre el que se había extendido una manta.

– ¿Tu esposa está dentro?

– Sí.

– ¿Por qué está todo en silencio?

– La fase de los ruidos ya ha acabado.

– ¿Ha sido niño o niña?

– Todavía no lo sé.

El hombre se acercó y pegó la oreja a una rendija que había en la puerta.

Gao Yang acercó un poco más su carreta.

La luna borrosa y de un color rojo intenso había ascendido por encima del patio, donde las daturas florecían en la base del muro, produciendo unas flores que parecían etéreas polillas blancas bajo la lóbrega luz de la luna. Su agradable olor medicinal competía con el hedor que procedía de la dependencia, sin que uno fuera capaz de doblegar al otro. Gao Yang acercó su carreta a los tres carros: en cada uno de ellos yacía una mujer embarazada, ya fuera boca arriba o boca abajo, y sus maridos esperaban junto a ellas.

Mientas la luz de la luna relucía, las demás carretas y sus ocupantes cada vez se hacían más visibles. Los dos bueyes rumiaban sus bolos alimenticios, haciendo relucir los hilos de baba que colgaban de sus labios como un hilado de seda. Dos de los hombres estaban fumando; el tercero agitaba su látigo distraídamente. Gao Yang, seguro de haberlos visto en alguna parte, pensó que se trataba de campesinos de las aldeas de su Condado con los que se topaba de vez en cuando. Las madres expectantes estaban hechas un desastre: llevaban los rostros mugrientos, los cabellos andrajosos y apenas se les podía considerar seres humanos. La que se encontraba en el carro situado más hacia el este llenaba el aire de abominables gemidos, que hacían que su marido no parara de moverse nervioso, hasta el punto de gritar:

– ¡Deja de llorar, ya basta! La gente se va a reír de nosotros.

La puerta de la sala de partos se abrió y una luz procedente de detrás de los aleros les golpeó en la cara. Una doctora vestida de blanco apareció en la puerta, con las manos protegidas por unos guantes de goma que le llegaban a la altura del codo, por donde resbalaba, principalmente, un reguero de gotas de sangre. El hombre corrió a su encuentro.

– ¿Qué ha sido, doctora? -preguntó ansiosamente.

– Una niñita -masculló la doctora.

Al escuchar que era el padre de una pequeña, el hombre se tambaleó un par de veces hasta caer de espaldas, golpeándose ruidosamente la cabeza contra las baldosas, que dio la sensación de romper.

– ¿Qué problema hay? -comentó la doctora-. Los tiempos han cambiado y las niñas son iguales que los niños. ¿De dónde proceden los hombres si no es de las mujeres? ¿O es que salen de debajo de una piedra?

Lentamente, el hombre se puso de pie, como si estuviera en trance. A continuación, comenzó a gemir y a sollozar, como si estuviera loco, y acentuaba sus llantos con gritos de reproche:

– ¡Zhou jinhua, maldita mujer inútil, mi vida se ha arruinado por tu culpa!

Sus gritos se unieron a los sonidos del llanto que se escuchaba en el interior: Gao Yang pensó que se trataba de Zhou Jinhua. La ausencia de llanto del bebé le desconcertó. Jinhua no habría sido capaz de ahogar a su propio bebé, ¿verdad?

– Entre ahora mismo -ordenó la doctora- y ocúpese de su esposa y de su hijo. Hay más personas esperando.

El hombre se puso torpemente de pie y se arrastró hacia el interior. Unos minutos después salió con un fardo en la mano.

– Doctora -dijo mientras se detuvo en el umbral de la puerta-, ¿conoce a alguien a quien le gustaría tener a una niña? ¿Podría ayudarnos a encontrarle un hogar?

– ¿Pero es que en vez de corazón tiene una piedra? -preguntó enojada la doctora-. Llévese a su hija y trátela bien. Cuando cumpla los dieciocho puede conseguir al menos diez mil por ella.

Una mujer de mediana edad salió por la puerta, con el pelo tan enmarañado que parecía un nido de aves; tenía las ropas raídas y des-garradas y el rostro desencajado, con un aspecto que parecía cualquier cosa menos un ser humano. El hombre le entregó el bebé envuelto en el fardo mientras fue a coger la carreta y, una vez en ella, la mujer se sentó frente a una cesta llena de estiércol. Después de pasar los arreos alrededor de su cuello, el hombre dio unos cuantos pasos titubeantes antes de que el carro se viniera abajo y su esposa y el bebé que llevaba en sus brazos se golpearan contra el suelo. La mujer gemía, el bebé berreaba y el hombre lloraba desconsoladamente.

Gao Yang lanzó un suspiro, al igual que hizo el hombre que se encontraba a su lado.

La doctora se acercó.

– ¿De dónde viene ese carro?

– Doctora -respondió Gao Yang abochornado-, mi esposa va a tener un bebé.

La doctora levantó un brazo, se remangó el guante de goma y miró a su reloj.

– Parece que esta noche no voy a poder acostarme -murmuró-. ¿Cada cuánto tiene contracciones?

– Aproximadamente… durante el tiempo que se tarda en acabar una comida.

– Entonces eso es mucho. Espere su turno.

La luz de la bombilla y los rayos de luna iluminaron la escena. La doctora de tez blanca, que presentaba unos rasgos muy marcados sobre un rostro redondo, fue de un carromato a otro, apretando y comprobando los dilatados abdómenes y, a continuación, dijo a la mujer que se encontraba tumbada en el carro situado más al oeste, tirado por un pequeño caballo:

– Si gritas así sólo empeorarás las cosas. Fíjate en las demás. No se comportan como tú, ¿verdad? ¿Es tu primer hijo?

El pequeño hombrecillo que se encontraba junto al carromato respondió por su esposa:

– Su tercero.

– ¿Tu tercero? -replicó la doctora, con evidente enfado-. ¿Cómo puedes gritar de esa manera? ¿Y qué es ese terrible olor? ¿Te lo has hecho encima? ¡El olor corporal no debería apestar tanto!

La mujer, debidamente reprendida, dejó de gritar.

– Deberías haberte lavado antes de venir -gritó la doctora.

– Lo siento mucho, doctora -dijo el hombrecillo con un tono de disculpa-, pero estos días hemos estado demasiado ocupados recogiendo el ajo… Además tenemos que ocuparnos de los niños.

– Y aquí estáis, dispuestos a tener otro.

– Los otros dos son dos niñas -explicó-. Los campesinos necesitamos tener hijos varones para que nos ayuden en los campos. Las niñas crecen y se casan para irse a vivir con otra familia. ¿De qué sirve un hijo que no es capaz de hacer las tareas duras? Además, la gente se ríe de ti si no tienes un varón.

– Si educas a una hija como la famosa Emperatriz Viuda, tendrás algo mucho mejor que diez mil de tus preciosos varones -replicó la doctora.

– Te burlas de mí, ¿verdad? -dijo el hombrecillo-. Cualquier niño que nazca de unos padres tan feos como nosotros tendrá suerte si no sale tullido, ciego, sordo o mudo. Toda esa palabrería de tener un hijo con pedigrí no es más que eso: palabrería.

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