Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » La historia secreta
La historia secreta - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
1 ... 69 70 71 72 73 74 75 76 77 ... 87
Перейти на страницу:

– Cuidado -gritó-. Da un paso atrás.

Quizá la elección de sus palabras había confundido al paquete, o quizá este había perdido el equilibrio. Los dedos de sus pies estaban a tres centímetros del borde y parecían contener el temblor. Aquella vista era lo más frustrante de todo porque lo habría disfrutado más si el resultado no hubiese sido tan prematuro. No podía dejar caer al paquete sin antes desenrollarlo o quien lo encontrara pensaría que no había sido un accidente. Con mucho esfuerzo, abandonó la excitación que sentía ante aquel espectáculo y retiró al paquete del borde.

– He dicho que atrás -susurró entre dientes.

La soltó en cuanto estuvo a salvo.

No iba a perder el tiempo esperando que pasara un coche. La caída terminaría su tarea. En vez de empujar al paquete por el borde, lo llevaría a dar un paseo más arriba para que lo primero que cayera fuese la cabeza. ¿Cómo sería el golpe? Sonrió anticipadamente mientras se encorvaba para encontrar el extremo de la cinta que envolvía las muñecas y después se irguió tan rápido que la negrura del cielo pareció metérsele dentro de su dolorida cabeza.

La falta de sueño podría estar mermando su habilidad para pensar y las demás distracciones tampoco habían sido de gran ayuda: la ilusión de un observador en el observatorio, el zorro, el helicóptero de la policía… No podía permitir que descubriesen al paquete tan cerca de su casa, especialmente porque se suponía que se había marchado a Londres. El hecho de que vivo le podría haber sido de ayuda no probaría su inocencia. Aunque caminara toda la noche con él, ¿llegarían lo bastante lejos como para que nadie los relacionara? También estaba el problema de que se le podían quedar restos de las ataduras. ¿Había ignorado las débiles marcas de sus tobillos como si fuesen demasiado insignificantes como para traicionarlo? La mejor solución sería que nunca lo encontraran.

Lo miró a él y después a su alrededor. Todo el paisaje parecía paralizado por la luz de la luna, tan inerte como el molino de al lado del puente. Aquella quietud parecía negarse a prestarle ayuda. A su izquierda, más allá del río la perspectiva hablaba, el cielo color ámbar brillaba sobre Liverpool en señal de advertencia. A la derecha, el lejano mar descubría sus territorios, una blancura que le recordaba a la página en blanco de una máquina de escribir. Detrás de él, la cima conducía hacia el desusado observatorio pasando por el molino. Ambos edificios estaban cerrados con llave y no le servían de nada. El mar y el río estaban demasiado lejos para llegar andando. Los trenes habían dejado de funcionar y parecía que ni siquiera podía confiar en que la autopista le ofreciera algo de tráfico que dejara al paquete irreconocible o al menos, desprovisto de cualquier resto de envoltura. Por encima del puente, la ladera de la colina bajaba hacia Birkenhead, cuyas calles serían igual de inútiles. Le escocieron los ojos aún más al mirar fijamente a lo largo de toda la colina, cuya oscuridad era tan mitigada que no le serviría para esconder allí el paquete. No debía dejar que su imaginación se rindiera, ya había perdido gran parte de la noche. Entonces se acordó de la vista desde el tren.

Al lado de la autopista había un campo donde la gente solía pasear a sus perros. Estaba seguro de que incluso ahora, a estas altura del verano, estaría embarrado. Enfrente de las vías, al otro lado del campo y bajo la colina, había algunos huertos y en algún cobertizo encontraría herramientas, una pala. La realidad se volvía a poner de su parte. Abrió la boca para darle al paquete algún indicio de las buenas noticias y vio que se estaba acercando al borde.

– Aún no -dijo, hundiéndole el índice y el pulgar en el hombro para ponerlo a salvo.

Se retorció de dolor con su gruñido. Mientras se limpiaba la mano en los pantalones, el paquete colocó los pies fuera de la roca, un gesto que sugería desafío incluso antes de que moviera los dedos para indicarle que le liberara las manos.

– He dicho que aún no -le dijo-. Aún estamos demasiado cerca de la gente.

Al bajar los dedos y el bulto de la cabeza, mantuvo la postura.

– Date la vuelta. Más. No he dicho que pares. Para. Recto hacia delante.

Le daba las instrucciones y observaba cómo volvía al camino por el que había llegado.

– A mí también me cansa esto, ¿sabes? Ya mismo podrás tumbarte.

Tanto que nadie lo encontraría nunca. Creía que podría dormir durante días. No cabía duda de que el paquete no lo entendía, o no le importaba lo mucho que le costaba la tarea de dirigirlo. Era suficiente con unas cuantas sílabas.

– Arriba -seguía diciendo-. Abajo.

Pero la sensación de poder que aquello le daba empezaba a hacerse pesada, en especial porque el paquete parecía tener prisa por llegar al final de su caminata. Tenía que echar mano de su imaginación para seguir interesado.

– Estás caminando sobre un dinosaurio. Esas son sus escamas. Cuidado, no lo despiertes -decía-. Ahora te estás bajando de uno de sus labios. Hay muchos a tu alrededor, ten cuidado o te cogerán los pies.

Sentía como si estuviese soñando en voz alta, pero su público no mostraba la más mínima apreciación por su creatividad. Al pasar por el observatorio apretó los dientes por el mal humor. Entonces apareció la vista de la pendiente cuesta debajo de la colina. Los huertos y el pie de la colina estaban separados por un camino. Las parcelas rectangulares le recordaban a tumbas con espacios para escribir. Mientras seguía al paquete por el estrecho sendero de hierba, las parcelas parecían ampliarse como si estuviesen ávidas de un enterramiento. No cabía duda de que sería muy placentero cavar en ellas, pero ¿no se daría cuenta el dueño de que Dudley le había dado un uso extra a una de ellas? Mejor contentarse solo con coger una pala prestada. Aunque quizá tendría que actuar como un criminal y entrar por la fuerza en un cobertizo.

– Mira lo que me haces tener que hacer -murmuró mientras el paquete vaciló irritantemente al pie de la ladera-. No hay peligro, continúa.

Llegaron a una cancela entre los setos que bordeaban los huertos. La puerta estaba sujeta solo con un seguro, pero la palanca estaba rígida por el óxido, por lo que Dudley tuvo que apoyarse sobre él. El seguro cedió con un clic tan fuerte como el de la caída del alambre de una trampa para ratones y la puerta emitió un estridente chirrido al abrirse hacia dentro. Todo aquello podía haber sido diseñado para actuar como alarma, puesto que provocó un grito apagado.

– ¿Qué ha sido eso? ¿Quién anda ahí?

Parecía que el hablante se había despertado en aquel momento y Dudley sintió como si también lo despertaran a él. En cuanto la puerta de uno de los cobertizos se abrió de golpe a unos cuantos cientos de metros, le puso las manos sobre los oídos y forzó al bulto de la cabeza a ponerse fuera de vista detrás del seto. Un hombre tan grande como el cobertizo salió atolondrado, se puso la mano a modo de visera sobre los ojos y miró por la cancela.

– ¿Qué juego es este? -gritó-. ¿Corre que te robo?

Dudley lo agarró más fuerte. Podría haber estado cubriendo los oídos de un niño para impedir que oyera algo inapropiado, precisamente porque el paquete era muy pequeño.

– ¿Parezco un delincuente? -respondió.

– No sé qué aspecto tienes, amigo. Quizá debiera ir a ver.

La grandota figura se alejó del igualmente oscuro cobertizo y Dudley vio que blandía una especie de garrote. Tiró de la cara del paquete, lo puso bocabajo en posición de humillación y le pisó el cuello para mantenerlo callado y quieto.

– No pasa nada -dijo, deseando que el hombre no supiera de dónde venía su voz-. Solo quería encontrar algo de privacidad.

– Nos querías dejar algo de abono, ¿eh? ¿Crees que hemos hecho todo este trabajo para que lo utilices como servicio? Eres un gamberro.

– No sabía dónde estaba.

Aunque Dudley no estaba apretando al paquete excesivamente hacia abajo, este empezó a forcejear con todas sus fuerzas, casi le pegó una patada por detrás antes de que Dudley pudiera retirarse, sujetándolo aún.

1 ... 69 70 71 72 73 74 75 76 77 ... 87
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)