La historia secreta
- Автор: Кемпбелл Рэмси
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:
Quizá la situación que había descrito era demasiado real para ser de utilidad. El paquete se tambaleó e iba cayendo hacia él hasta que le plantó un pie en la espalda.
– Estarás bien si haces lo que te digo -le dijo-. Da otro paso. Y otro.
Siguió diciendo aquello hasta que llegaron al rellano, donde casi se cae por culpa de la expectación de subir otro escalón más. Disfrutaba con la idea del miedo que sentía por caerse por algún borde invisible.
– Hacia delante -lo dirigía sonriendo-. Detente ahí.
Había entrado en el cuarto de baño y no sabía que estaba delante de la bañera.
– Date la vuelta -dijo mientras sacaba el último rollo de cinta adhesiva de detrás del lavabo-. Sigue girando. Para.
Aunque le gustaba el sonido que hacía la cinta al despegarse, aquello podría alertar al paquete, por eso esperó un minuto para coger un trozo suelto con las uñas. Se lo acercó al paquete y el pequeño bulto de la cabeza comenzó a moverse de atrás hacia delante. Se puso de rodillas con el corte de cinta detrás del paquete a un brazo de distancia.
– No creas que me arrodillo ante ti -murmuró-. Tampoco estoy rezando.
Le ató los tobillos con la cinta, tirando fuerte y mientras el paquete luchaba por mantener el equilibrio, él le daba otra vuelta, y una tercera y una cuarta. Se los volvió a amarrar cuando el paquete se volcó sobre el lateral de la bañera. Al inclinarse rápidamente hacia delante, evitó golpearse la cabeza en vez de los hombros contra la pared. Mientras trataba de buscar una postura menos torpe, él no tuvo ningún problema para quitarle los zapatos antes de meterle las piernas en la bañera con un pie.
Ya había hecho suficiente por aquella noche. Por la mañana, llamaría a su madre al trabajo y le diría que necesitaba estar solo hasta el martes. Podría comprar una pala para el trabajo de mañana por la noche en el cementerio. Cuando el paquete empezó a golpear los laterales de la bañera con los pies, cerró la puerta para evitar el ruido y se tendió en el colchón. El paquete dejaría de hacer ruido finalmente y él ya estaría dormido para entonces.
– Solo fuimos a investigar. Fue un ensayo -dijo mientras acomodaba la cabeza en la almohada-. No te preocupes, mañana será real.
36
Mientras Kathy hacía rodar su maleta fuera del hotel, el teléfono de Dudley dio seis tonos y después contestó.
– Dudley Smith, escritor y guionista -dijo-. El señor Matagrama y yo debemos estar ocupados. Déjanos un mensaje.
¿Cuándo había cambiado el mensaje? Nunca había oído aquello antes.
– Solo quería saber cómo iban las cosas -le dijo-. Lo volveré a intentar más tarde.
Quizá el tren que lo llevaba al trabajo estaba en el túnel. Se metió el teléfono en el bolsillo y se apresuró a la estación interurbana, donde los rayos de sol a través del tejado se pronunciaban como un dios. Tiró de la maleta hasta la escalera mecánica, compró el billete y bajó otros cuantos de escalones más hasta llegar al andén del metro.
Le agobiaban los pasajeros y su incapacidad para utilizar el teléfono móvil. Le molestaron cada uno de los cinco minutos que el tren del oeste de Kirby tardó en llegar. Se sentó en el asiento delantero del primer vagón donde había algo de espacio, reservado a sillas de ruedas, para su equipaje. Se sintió como una niña intentando conducir el tren, tratando de no entretenerse demasiado bajo tierra. En cuanto emergió al espacio abierto más allá de Conway Park, intentó llamar a Dudley de nuevo, pero seguía estando el contestador.
¿Se habría atascado en el túnel? Su tren pasaba por otro allí, pero no estaba segura de si Dudley se encontraría a bordo. Llamó por tercera vez cuando el tren salió en dirección a Birkenhead Norte hacia Bidston, ofreciéndole la vista de los huertos al otro lado del campo y recordándole lo cerca que se encontraba de casa. ¿Habría apagado el teléfono para que nadie le molestara para quedarse dormido? Sonrió con aspereza al pensar el desastre que se encontraría al llegar a casa. Al menos, Dudley la ayudaría a limpiar.
Quizá Monty estaba en lo cierto y era demasiado indulgente con Dudley. Aunque su escritura fuese el aspecto más importante de su vida, y también de la de ella, aquello no significaba que tuviese que ser deficiente en los demás. No sería una buena madre si lo permitía. No era demasiado tarde para que cambiara. El tren se detuvo en Bidston y dejó pasar algo de brisa. Kathy se sintió tentada de ir a casa. Se imaginó a ella misma tirando de su maleta kilómetros y kilómetros bajo el sol y volvió a su asiento. Ciertamente, si había estado escribiendo durante todo el fin de semana, se merecía un día libre de su otro trabajo.
No podía pasar nueve horas preguntándose dónde estaba; no quería pasar ni una. Consiguió esperar a que el vagón llegara a la altura de las grandes casas de Hoylake antes de volver a llamar. Solo la respuesta grabada.
– Seguiré intentándolo -dijo mientras se levantaba.
El señor Stark estaba abriendo la oficina de la calle principal al doblar la esquina de la estación. Las compañeras de Kathy se giraron al oír el traqueteo de su equipaje.
– ¿Has estado de vacaciones? -preguntó Mavis.
– Algo así.
– No nos digas que has estado de escapada de fin de semana -gritó Cheryl.
Kathy no se había ido de fin de semana ni nada parecido, aunque sonrió mientras se apresuraba a llevar la maleta a la sala de personal. Su oficina abriría en cinco minutos, al igual que la de Dudley, y ya debería haber alguien allí. Encontró el número en la lista de detrás del mostrador y sacó el teléfono móvil.
– Solo será un minuto -le dijo al señor Stark.
Tardó más. El teléfono de la oficina de Birkenhead sonó al menos durante dos minutos antes de que lo contestaran. Kathy abrió la boca y la dejó abierta, porque quien hubiera respondido, colgó inmediatamente.
– Estoy llamando a Birkenhead -le informó al señor Stark.
Y con más vehemencia, volvió a intentarlo. En menos de un minuto, los tonos cesaron.
– No me cuelgue -dijo enseguida.
– Aún no hemos abierto -objetó la voz de una chica.
– Están a punto. ¿Fue usted quien me colgó antes?
– No habíamos abierto.
– Yo llamaría a eso un comportamiento extremadamente antiprofesional y sé de lo que hablo. Yo trabajo en lo mismo. Llamo desde la oficina de Hoylake. ¿Puedo hablar con Dudley, por favor?
– No se encuentra aquí.
– Claro. Debí imaginármelo. He estado fuera todo el fin de semana, pero sé que este fin de semana ha estado muy solicitado. Debería decirle que soy su madre.
– Es la madre de Dudley.
– Me gustaría hablar con ella -dijo la voz de una mujer mayor que llegó al auricular de plástico haciendo mucho ruido-. ¿Es la señora de Smith? -preguntó.
– Sí, aunque basta con «señora Smith». El padre de Dudley ha estado fuera de nuestras vidas durante bastantes años.
– Esa no es excusa.
Kathy sintió como si la conversación hubiese dado un giro, haciéndole perder el equilibrio que había conseguido.
– Disculpe, ¿excusa para qué?
– ¿No sabe cómo se comporta cuando no está usted delante?
– Claro que sí. Estoy segura de que es el mismo de cuando estoy.
– Entonces no deberían sentirse demasiado orgullosos de ciertas cosas.
El señor Stark estaba levantando sus canosas cejas para agrandar su ostentosa mirada de impaciencia. Kathy le devolvió la mirada con algo de enfado reprimido.
– ¿Puedo preguntar de qué? -dijo-. Ni siquiera sé con quién estoy hablando.
– Soy Vera Brewer. Otra persona a la que su hijo insultó. Nos hizo saber que él era mejor que el resto. ¿Qué me dice de eso?
– No estoy segura -dijo Kathy, demasiado ocupada en hacer frente al tono de aquella mujer en vez de ser honesta-. De todos modos, no la conozco.
– Entonces lo ha criado haciéndole pensar que es superior al resto del mundo.