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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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– Aún no -dijo-. Alguien nos podría estar mirando o escuchando.

Le habría asegurado que no haría ningún ruido si hubiese dispuesto de alguna forma de comunicárselo. Quizá habría sido verdad durante un rato. Se quedó como estaba por si aquello podía hacerle cambiar de opinión, pero cuando le pellizcó el hombro ella se soltó.

– ¿No quieres que te toque? -dijo su apagada voz-. No es así, ¿verdad? Haz lo que te he dicho y no lo haré. Camina hacia delante. Hay un sendero.

O el suelo se había vuelto suave bajo sus pies o se trataba de su percepción de lo que pisaba. Había dado algunos pasos cada vez menos dudosos y empezaba a ganar confianza en su capacidad para permanecer derecha cuando Dudley comenzó a reírse.

– No tan recto. Gira a la derecha o te meterás en los arbustos.

¿Le divertía el espectáculo de jugar con ella como si fuese una muñeca? Podría soportarlo si aquello la salvaba de algo peor. Cambió de rumbo en la dirección que le había indicado y le dijo con algo menos de regocijo:

– Tampoco tan a la derecha. Ve un poco hacia la izquierda o tendré que ir a por ti de nuevo. Un poco más. ¿Intentas ser graciosa? Eso es, como si no lo supieras. Adelante.

Por lo visto, al final el espectáculo lo satisfizo. Según pudo adivinar, se quedó en silencio durante un momento. Mientras caminaba hacia delante con cuidado, se esforzó por percibir alguna sensación a su alrededor, pero lo único que era capaz de sentir en la oscuridad que la envolvía era el olor a madera quemada y el aroma de las flores en la noche, flores que era incapaz de identificar.

– No vayas tan rápido -dijo Dudley.

¿Estaba perdiendo la voluntad de sí misma? De pronto aquel control sobre sus huesos y el confinamiento de sus percepciones se hicieron casi insoportables y lo único que podía hacer era seguir hacia delante aunque los dejara atrás.

– Ahora sigue y cáete -dijo Dudley.

No sabía si aquello era una advertencia o la expresión de un deseo. Dio un paso dudoso y el pie toco el aire. Mientras lo sostenía en la nada, sintió como si estuviese a punto de perder algo más que el equilibrio. Echó su peso hacia delante y el pie tocó una superficie plana. El impacto le sacudió la pierna y el dolor le llegó hasta la rodilla. Creyó que se le iba a salir la articulación cuando pudo apoyarse en el otro pie sobre la roca.

– Ahora a la izquierda -dijo Dudley-. Estás en lo alto.

La roca era más escabrosa que el sendero que había seguido. Quizá las caídas no eran demasiado abruptas, pero sí lo bastante para que la dejaran sin saber si el sendero seguía hacia arriba o hacia abajo. Los pasos que tenía que dar de una erosionada losa a otra eran desconcertantes, particularmente porque estaba siendo dirigida por su cada vez más impaciente secuestrador. Creyó que había agotado su paciencia cuando este dijo:

– Detente.

Puso en el suelo el pie izquierdo y encontró suficiente espacio para apoyar el talón. Retrocedió y casi se cayó en la oscuridad. Mientras trataba de recuperar el equilibrio, con las manos atadas detrás agarrándose al aire, escuchó que Dudley dijo:

– ¿Quién hay ahí en el observatorio? ¿Nos está mirando?

Patricia se giró, pero se dio cuenta de que no tenía ni idea de adónde mirar para hacer notar el apuro en que encontraba. Movía la cabeza de lado a lado con la esperanza de hacer más visible su estado cuando Dudley dijo:

– Está bien. Es la luna.

¿Creía que ella también sentía el mismo alivio que él? Más bien aquel intermedio habría sido una broma para burlarse de sus esperanzas. Aquello le hizo ser más consciente de su ceguera, de la luna que no podía ver, del cielo y de todo lo que había debajo de este. Sintió como si la ceguera hubiese ganado peso, dejándola en el sitio hasta que Dudley gritó:

– He dicho que está bien. Adelante, un gran paso hacia abajo.

El paso no fue tan profundo como se había esperado, lo que le hizo perder confianza. Antes de estar segura de dar otro paso, llevó el pie arriba, luego abajo y luego otra vez arriba. Mientras se preguntaba si Dudley la estaba guiando por la ruta más difícil para divertirse, él dijo:

– ¿Qué es eso? ¿Un perro?

Podría ir con su dueño. Patricia no tenía ni idea de a qué distancia podría estar, pero se detuvo en la roca sesgada y giró la cabeza de un lado a otro. Aunque ella no pudiera ver, quizá sí podía ser vista. Contuvo la respiración hasta que escuchó una carcajada.

– No sé por qué, pero llevabas razón. No es un perro -dijo Dudley como si ella debiese alegrarse-. Solo es un zorro.

¿Lo habría sido? ¿Habría estado allí? Pensó que podía estar aburriéndose con su progreso y por eso la hostigaba con sus bromas. Dirigió su tránsito por dos rocas más cuando dijo:

– Un helicóptero.

Si era verdad, ella no lo oía. Pensó en saltar para llamar la atención de la policía, si es que eran ellos. No le había dicho que se quedara quieta; tampoco cuando ella intentaba localizar un sitio lo suficientemente nivelado para que ella se arriesgara a saltar ciegamente. ¿Parecía una parrandera? Seguramente debía aprovechar la oportunidad, pero entonces Dudley dijo:

– Se va por ahí, por el mar.

Aquello eran kilómetros y kilómetros de distancia. No sería más visible que una aguja en un pajar. Pensó que habría mostrado más preocupación por sí mismo si de verdad hubiese estado cerca, a menos que hubiese decidido que nadie le iba a estropear el plan. Así fue cómo sonaba mientras volvía a decirle cómo y hacia dónde moverse. Casi se había acostumbrado ya a sus cortantes frases, cosa que al menos significaba que había dejado de hacer bromas, cuando dijo:

– Todo está en blanco y negro. Es como estar en una película. ¿Se imaginaba que estaba en la suya? Era crucial que pensara alguna forma para hacerle recordar que ella era real. Podría ser un buen truco que se equivocara al seguir sus instrucciones. Avanzó un paso y sintió que el pie se le desnivelaba. Como si aquello le hubiese dado la entrada, él dijo:

– Por ahí no. Sigue recto.

Llevó el otro pie a la superficie, que era completamente lisa. Era mucho más reconfortante que cualquier otra cosa desde que había caído en sus garras. ¿Podría ser aquel intento por su parte de llevarla por aquel camino otra de sus crueles bromas? Mientras ella dudaba, él dijo:

– Date prisa. Sigue recto y nos podremos decir adiós.

Aquello no podía ser una broma. Seguramente no se imaginaba que ella seguiría obedeciéndolo si se hubiese tratado de una.

– Un poco más a la derecha -dijo cuando ella comenzó a moverse en aquella dirección-. Ahora recto. Un poco más a la izquierda. Para, párate ahí.

La última palabra pareció como la amenaza de volver a agarrarla del hombro y ella se detuvo en lo que parecía la cima de una pendiente. Pensó que lo único que quería era enviarla cuesta abajo y después huir sin ser visto. Se preparó por si la empujaba y deseó que dijera algo. Cuando lo hizo, sus palabras confirmaron sus sospechas.

– Estarás abajo en un momento. Esto no debería dolerte -dijo.

35

«Esto no debería dolerte». Se refería a quitarle la cinta, pero tampoco creía que la caída desde doce metros le doliese, ni tampoco el choque contra la carretera. Solo porque la conociese mejor a ella, no había necesidad de imaginarse que experimentaría más dolor que sus predecesoras. ¿Tendría que esperar a que pasara un coche para terminar el trabajo? Podría liberarle las muñecas mientras esperaba, pero ¿a qué distancia tenía que estar el coche para que le desenrollara la cabeza y le diese el último empujón? Estaba mirando la carretera desierta que se curvaba para después desvanecerse entre la pendiente de las rocas hacia el afilado horizonte blanco sobre el negro mar cuando el paquete se movió hacia delante.

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