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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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Al sonar por segunda vez se dio cuenta de la oportunidad que estaba dejando pasar. Comenzó a golpear la puerta tan fuerte y alto como pudo. El timbre volvió a sonar y rezó para que la persona que estuviese afuera se impacientara al oír el barullo que estaba formando Patricia; que se impacientara lo suficiente como para hacer algo al respecto. Solo la sensación de que alguien la escuchara era un alivio desesperado, siempre que aquello condujera a alguna parte.

– ¡Estoy aquí arriba! -intentó gritar Patricia pese a su mordaza-. ¡Déjeme salir o busque a alguien que pueda sacarme!

33

Dudley iba pensando cuál sería la forma más entretenida de hacerle saber al paquete que había llegado a casa cuando vio a Brenda Staples en la puerta. Seguramente estaba buscando a su madre, a menos que finalmente hubiese comprendido que valía la pena conocerlo. No podía sospechar nada, pero se escondió entre las dos casas mientras pensaba en un saludo apropiado que sonara inocente. Antes de poder hacerlo, ella lo vio.

– Dudley -lo llamó, como si fuese su profesora.

Se cobraría lo insufrible de su comportamiento con el paquete. Al parecer se creía con derecho a estar frente a la puerta de su casa con los brazos cruzados y a preguntarle:

– ¿Dónde te escondías y de quién?

– Olvidé algo.

– Parecía que no querías encontrarte conmigo.

– Tengo muchas cosas que hacer, eso es todo.

Aquello estaba agravando aún más la furia que el falso señor Matagrama le había provocado.

– ¿Qué quiere? -dijo.

– No tienes por qué hablarme así. Estoy segura de que a tu madre no le gustaría.

Después de soltarle aquello, continuó:

– ¿Hay alguien trabajando en vuestra casa?

– Yo. Ya sabe lo que soy, escritor.

– Me refiero a trabajar de verdad, el trabajo que hacen los obreros.

No importaba lo que dijese con tal de quitarse a la anciana de su camino y mandarla de vuelta a su casa.

– No hay nadie. No necesitamos nada.

– Bueno, estoy segura de que hay alguien ahí dentro.

– No hay nadie -dijo Dudley con la terrible idea de que Kathy hubiese llegado a casa-. ¿Por qué lo dice?

Brenda Staples levantó la cabeza. Pensó que su mirada fija era la única respuesta que le iba a dar, pero entonces vio el gesto con el que señalaba a su casa.

– ¿Cómo explicas eso? -dijo.

Se trataba del paquete. Seguramente estaba dando patadas a los laterales de la bañera. Mientras que cesaran los golpes para poder convencerla de que aquel ruido no venía de su casa, ella creyó que su silencio se debía a la confusión.

– ¿Habrá entrado alguien? -dijo sin estar muy convencida-. ¿Llamo a la policía?

– No -espetó Dudley intentando reír-. ¿Para qué íbamos a necesitar a la policía? Solo les haríamos perder el tiempo.

– No intentes impresionarme con tu virilidad. Quizá no puedas con quien haya dentro. La mitad de esa gente anda metida en drogas.

– Sí puedo.

Ahora los golpes se hallaban en su cabeza, por lo que pensó que se había escapado de la casa.

– Solo es algo que me dejé enchufado.

– ¿Enchufado? -dijo Brenda Staples mirándolo con una incredulidad que no pudo contener-. ¿Ahora me vas a decir también que escuchas esa clase de ruidos mientras escribes?

– ¿Por qué no?

No sabía si lo que aumentaba era el ruido o su percepción de él.

– Cualquier cosa que me ayude a escribir está bien -dijo, casi gritando.

– Bueno, pero no lo está para el resto de nosotros. Estoy segura de que tu madre no lo soportaría si estuviese aquí.

– ¿Cómo sabe que no está? -dijo Dudley por si podía serle de ayuda.

– He llamado al timbre y no ha venido a abrir. He llamado muchas veces. Ella no está tan absorta en su propia mente como otros.

Brenda Staples volvió a mirar abajo antes de añadir:

– Según me dijo, estaría fuera el fin de semana. Supongo que por eso estás armando todo este barullo.

Apenas podía fingir ser amable.

– ¿Por qué se lo dijo?

– Probablemente para que le echara un ojo a la situación.

– ¿Cómo?

Su apretada sonrisa apenas dejaba pasar las palabras.

– ¿Qué situación?

– Vuestra casa.

Frunciendo el ceño y agitando o, más bien, torciendo la cabeza, comentó:

– Me sorprende que a tu edad llames música a esa clase de jaleo. Algunos críos conducen con eso puesto en sus coches y nos lo hacen escuchar al resto, pero no es propio de nuestra vecindad.

Tras realizar el esfuerzo de soltar una carcajada para acompañar la sonrisa, dijo:

– Yo no lo llamo música.

– ¿Entonces qué demonios se supone que es?

Estaba a punto de echarle la culpa a la televisión cuando pensó que a lo mejor podía haber espiado por la ventana del salón y haber visto que estaba apagada.

– El ordenador -dijo en el momento en que le llegó la idea a la cabeza.

– ¿Me estás diciendo que hace ese ruido cuando no lo estás utilizando? Ahora me explico por qué escribes lo que escribes.

– No, claro que no lo hace -respondió dándose cuenta de que el ruido le impedía pensar.

– Es, es una… ya sabe a lo que me refiero, una alarma. Un programa de alarma. Me avisa de que me olvidé de apagar el ordenador.

– Entonces me parece que se te olvidó. Esperaré aquí mientras lo haces.

Se apartó lo suficiente para dejarle paso y se giró para observar su progreso.

– No hay necesidad de que lo haga -dijo a través del poco espacio que se forzó a abrir entre los dientes.

– Insisto. Me quedaré fuera escuchando por si haces algún otro ruido.

Seguramente el golpeteo había aumentado porque se hallaba más cerca de la casa. Sacó las llaves y estuvieron a punto de caérseles cuando se dio cuenta de que el ruido era el de una puerta cerrándose. Le habría gustado que hubiese sido por culpa del viento, pero la tarde estaba tan en calma que toda la atención se dirigía hacia aquel sonido. Hundió la llave en la cerradura y la giró. El ser observado lo paralizaba. Las dudas solo empeoraban la situación. Abrió la puerta y entró en la casa.

El recibidor estaba vacío. El ruido venía del piso de arriba. Se volvió hacia Brenda, que había dado solo un paso tras él.

– Buenas noches -dijo cerrando la puerta.

El sonido hizo eco arriba. Mientras subía las escaleras corriendo, el ruido del golpeteo de la puerta del cuarto de baño pareció mezclarse con el de algunas pisadas. Agarró el pomo y este se retorció como un insecto moribundo. Empujó la puerta e irrumpió en la habitación.

El paquete se echó hacia atrás. Esperaba que se debiese tanto al miedo como a la falta de equilibrio. La parte trasera de las piernas del paquete golpeó el borde de la bañera y se quedó sentado sobre la montaña de objetos que había colocado allí. Terminó con los hombros y la cabeza en el sillón, apoyado sobre la esquina de los grifos y reposando sobre las torcidas puertas del armario. Al menos parecía no haber roto nada. Los débiles intentos del paquete por ponerse derecho le provocaron un excitante disgusto y sintió muchas ganas de intensificarlo. Estaba decidido a sacar algo de provecho del día para compensar el resto. El paquete todavía no había experimentado lo que era la verdadera indefensión y aún tenía que luchar con mucho más entusiasmo antes de que todo terminara. Entonces una oleada de frustración que le despegó los labios de los dientes apretados: vio un problema. No podía dejar al paquete demasiado inutilizado, no podría llevarlo adonde tenía la intención de disponer de él ahora que Brenda Staples podía estar observando. Tendría que poder caminar.

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