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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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– Por lo pronto ya ha conseguido más de lo que yo he conseguido. Siento que creyera que fue maleducado. Últimamente ha estado sometido a mucha presión y quizá no se haya dado cuenta -dijo Kathy a la vez que el señor Stark sostenía el pestillo para abrir la puerta mientras le levantaba la ceja izquierda y el mismo lado de su boca-. ¿Ha llamado?

– Que yo sepa, no.

– Solo quería decirles que con el fin de semana que ha tenido es bastante probable que no acuda hoy a trabajar. ¿Podría apuntar que está enfermo?

Después de un silencio que Kathy pensó que era necesario, Vera añadió:

– Mejor hable con la señora Wimbourne.

– ¿No puede usted…?

Cuando el sonido de un golpe le hizo saber a Kathy que no le hablaba a nadie tras el auricular, se preguntó con la misma poca paciencia que la que mostraba el señor Stark cuántas veces más tendría que repetirlo. Estaba intentando consolidar todos sus pensamientos cuando oyó otra voz que dijo:

– ¿En qué puedo ayudarla? Acabamos de abrir.

– Igual que nosotros -dijo Kathy apartando la mirada de la arrugada cara del señor Stark, cuya mueca la estaba volviendo aún más pequeña.

– Entiendo que es la madre de Dudley.

Aquello no sonó mucho más amable que lo que siguió:

– ¿Tiene algo que decirme?

– Solo que se ha tomado el día libre. Tiene cansancio nervioso. Espero que eso cuente como enfermedad.

– Me temo que no la entiendo. ¿Libre de qué?

– De ustedes.

La conversación parecía volver a dar un giro y Kathy intentó recuperar el control.

– Me refiero al trabajo -dijo-. De su trabajo de día.

– ¿Me permite que la interrumpa? ¿Tiene la impresión de que su hijo aún trabaja aquí?

Sintió que la habitación se carbonizaba por el calor y la oscuridad, y Kathy tuvo que buscar el aire antes de responder.

– ¿No es así?

– No desde mediados de la semana pasada.

Kathy escuchó aquellas palabras atontada por culpa del pánico.

– ¿Cree que puede tratarse de algún malentendido? Estoy segura de que ha estado yendo a trabajar.

– Me temo que aquí no ha venido.

¿Entonces adónde…? Kathy contuvo aquella pregunta y consiguió cambiarla por:

– ¿Qué ha ocurrido?

– Se insubordinó y el colmo fue que actuó de manera abusiva con sus compañeros y conmigo. Después se marchó antes de que pudiera tomar medidas.

– Le pido disculpas. Le pido disculpas por su comportamiento. Debo decirle que ha tenido unas semanas algo difíciles, no creo que se lo haya contado a nadie.

Aún más dolorosamente, añadió:

– Si va a disculparse, ¿usted…?

– Me temo que el proceso está ya muy avanzado para eso. No puedo llevar esta institución adelante con dos vacantes. Ya he encontrado sustituto. Va de camino una carta certificada para él.

– ¿De verdad ha hecho algo tan grave? Creía que teníamos que hacer algo peor para que nos echaran de esta clase de empleos.

– Quizá debiera dejar de defenderlo y saber cómo es. Ahora, discúlpeme. Tengo que dirigir una oficina -dijo la señora Wimbourne.

Y se marchó.

Kathy cerró los ojos mientras apagaba el móvil. Al menos, bajo sus párpados se suponía que debía estar así de oscuro. Sentía el vacío al mismo tiempo que el peso del teléfono en su mano, de la misma manera que sus pensamientos. Estaba comenzando a preguntarse qué otras cosas no sabría sobre su Dudley cuando habló el señor Spark.

– ¿Está lista ya para empezar? -preguntó.

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– No voy a contestar -murmuró Dudley-. Estoy ocupado. Estoy durmiendo. No me despertéis.

Antes de que terminara, el teléfono dejó de sonar y volvió a acomodarse en el colchón. Al menos aquel sonido no había alborotado al paquete. Quizá estaba durmiendo o simplemente no podía oír nada. Sabía que en la bañera estaba seguro; si hubiese vuelto a intentar escapar, habría tenido que pasar por encima de él. No hacía falta comprobarlo, así que regresó a la visión del estreno de Conozca al señor Matagrama; se veía a sí mismo caminando majestuosamente por la alfombra roja, a la vez que cientos de cazadores de autógrafos le tendían los ejemplares de su libro en señal de petición. Entonces volvió a sonar el timbre. Un tintineo de metal sobre metal perfilaba la identidad del sonido. No era el teléfono del piso de abajo; era el timbre de la puerta.

Podría quedarse allí agazapado. La puerta estaba cerrada con pestillo y únicamente la policía podría ser capaz de echarla abajo. No había motivos para que fuesen ellos: ni era uno de los drogadictos que estaban persiguiendo, ni estaba escondiendo a ninguno en su casa. ¿Y si el que llamaba tan insistentemente era el cartero con una entrega importante? A Dudley le fastidiaba la incertidumbre al igual que el pensamiento de que el ruido pudiera despertar al paquete. Probablemente, estaría cansado de andar, como si él no hubiese hecho la misma distancia… Saltó del colchón a trompicones, con los ojos pegajosos, y tuvo que ponerse a cuatro patas para poder salir a la superficie de aquel medio pesado e insustancial de su sueño. El timbre seguía sonando. Se tambaleó al ponerse en pie y se dirigió atolondradamente a su dormitorio cerrando la puerta del cuarto de baño tras él.

Apenas veía la luz del día. En el momento en que tropezó con los pies de su reducida cama, el timbre y la aldaba de la puerta por fin se callaron. Se frotó las rodillas magulladas, después los ojos y se acercó a la ventana dando tumbos. Se apoyó sobre el escritorio y vio a Brenda Staples en la cancela.

¿Cómo se atrevía? No tenía nada por lo que quejarse, ni ninguna excusa para perturbar su sueño. Descorrió el pestillo de la ventana y levantó la persiana tan alta como pudo para poder asomar el torso por el alféizar. Estaba desnudo de cintura para arriba y deseó que aquello la avergonzara. Respiró aquel aire caliente antes de preguntarle por qué había hecho tanto ruido, pero entonces el aire se volvió polvoriento en su boca. La persona de la puerta había aparecido allí abajo. Era su madre.

Sintió el impulso de agacharse y ocultarse aunque ya lo había visto. Intentó creer que lo miraba con admiración, pero su cara tenía un aspecto demasiado cauteloso para su gusto. Ella tendió las manos y curvó los dedos hacia arriba. Estuvo a punto de pensar que esperaba que saltara a sus brazos, pero entonces ella dijo:

– No te quedes ahí de pie. Baja y déjame entrar.

El pánico le hizo soltar parte de la verdad.

– Estoy en el cuarto de baño.

– Entonces date prisa, ponte algo y baja.

– No puede entrar -se dijo en caso de que aquella protesta le diese tiempo para pensar-. No puede verme sin vestir.

– Brenda solo ha venido a ver por qué no podía entrar en mi propia casa. Ya está satisfecha, ¿no es así, Brenda? Deja de perder el tiempo, Dudley. Y abre la puerta. Estoy cansada y quiero hablar contigo.

No sabía qué hacían juntas aquellas dos. Si tantas ganas tenía de sentarse, ¿por qué no se iba a casa de Brenda Staples? Estaba lo bastante desesperado como para estar a punto de sugerírselo, pero aquello la habría hecho sospechar. Se ocultó en su habitación y se apoyó en el marco de la ventana después de cerrarla de golpe y deseó poder sentirse más seguro ahora que su madre no lo miraba. ¿Lo dejaría en paz si se negaba a abrir el cerrojo de la puerta? Puede que estuviera tan preocupada por él que haría que alguien entrara por la fuerza, alguien que se enteraría de lo del paquete. Ya sería lo suficientemente malo que Kathy lo supiera, pero ¿cómo iba a impedirlo? La única forma de la que no se daría cuenta sería no haciendo ningún ruido. Entonces pensó que aún tenía una oportunidad. Simplemente tenía que silenciar al paquete.

Todo estaba listo. La realidad se ponía de parte del señor Matagrama como siempre. Quizá había estado preparando la solución sin saberlo. Una vez que se encargara del paquete, podría meterlo en su habitación hasta que tuviese la oportunidad de llevarlo al cementerio a escondidas. Caminó hasta el cuarto de baño y cogió su albornoz del gancho de la puerta. El paquete estaba tumbado de lado como si quisiera entorpecer su propia huida. Dudley se inclinó sobre él, puso el tapón de la bañera y abrió completamente los grifos.

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