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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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En aquel momento parecía incapaz de levantarse. Sus inútiles intentos le enfurecían.

– Sal de ahí, zorra inútil -le gruñó-. ¡Mira el lío que has armado!

Lo agarró por los hombros y tiró de él por la habitación hasta la esquina donde terminaba el espejo. Puso el bulto de la cabeza del paquete frente a su propio reflejo y lo dejó allí como a un sospechoso esposado mientras llevaba el sillón hasta el rellano de la escalera y apoyaba las puertas del armario contra el pasamanos sobre el hueco.

El paquete intentaba retirarse de la pared. No sabía que estaba frente a su propia imagen y aquello era tan bueno como irracional. Fuese lo que fuese alguna vez, ahora apenas le parecía humano. Pronto dejaría de serlo por completo, pero primero tendría que pasar las horas que le quedaban de alguna manera.

– Vuelve a tu agujero -dijo a la vez que lo sostenía por los hombros y lo empujaba hacia la bañera.

Apenas podía caminar. El paso lento arrastrando los pies no se correspondía con la velocidad a la que lo instaba a cruzar la habitación. Aquello no le serviría de nada cuando tuviera que llevarlo afuera.

– Ve adonde te he dicho -le gruñó a la vez que le daba empujones en la parte trasera de las piernas contra la bañera.

Cuando el paquete comenzó a inclinarse, lo dejó ir y se cayó de golpe.

Tuvo la esperanza de que aquello lo dejara sin algo más que respiración durante un rato. El golpe pareció haber dejado aturdido y quieto al paquete, pero no por mucho tiempo. El bulto marrón de una cabeza se elevó hacia él mientas el cuerpo reptaba para quedarse sentado apoyado contra el extremo de la bañera. El bulto dejaba adivinar sus facciones lo suficiente para parecer estar mirándolo con un gesto de desafío ciego. ¿Se imaginaba el paquete que sentándose podría evitar que lo cubriera con la tapadera? Aquello lo único que demostraba era su insensatez.

– No importa lo que quieras parecer. Recuerda lo que le ocurría a la chica en las historias -le advirtió, dándose cuenta de que ella no había leído la suya propia.

Enseguida supo cómo podrían pasar el tiempo hasta que oscureciera.

Primero quiso comer algo. También le habría gustado dormir algo. Sería más que injusto que el paquete le sorprendiera dormido después de haber permanecido despierto para asegurarse de que no escapaba. Al menos no comería nunca nada más. Salió de la habitación sonriendo sin hacer el menor ruido para que creyera que seguía allí observándolo. Bajó corriendo y cortó una rebanada de la barra que había en el frigorífico. Después la puso en un plato con un pedazo de cheddar y trajo el envase de la mantequilla, que Kathy tanto había insistido en que cambiara por margarina. Cogió un cuchillo del escurridero para untar el pan y mientras se apresuraba a regresar al baño, se acordó de que tenía que echar el cerrojo a la puerta para evitar a intrusos.

Por lo que veía, el paquete no se había movido. Esperaba que tuviera miedo de hacerlo. Se encorvó para llevar su cabeza cerca del objeto que una vez había sido lo mismo y se alegró al ver que se sobresaltaba cuando gritó:

– ¡He vuelto! No te has enterado de que me había ido.

Cuando terminó de hablar, para su frustración, se dio cuenta de que se había calmado y no estaba tenso en absoluto. No podría permanecer tan tranquilo dentro de su envoltorio una vez que él comiera. Se sentó en el inodoro con la tapadera bajada y puso el paquete de la mantequilla sobre el lavabo mientras cubría el pan con una gruesa capa.

Mordió un poco y después le dio un bocado al queso.

– Apuesto a que no sabes lo que estoy haciendo ahora mismo -dijo después de tragárselo todo.

¿Y si pensaba que se estaba masturbando? No supo si reírse de su error o enfadarse por la presunción de pensar que pudiera provocarle aquel efecto. Abrió el grifo del agua fría y le salpicó al paquete. Al oscurecerse la mancha en su pecho abultado, dio un satisfactorio respingo antes de poder recuperar el control.

– ¿Te imaginas lo que es? -gritó-. Apuesto a que te han salpicado más de una vez en tu vida.

Aquella idea le quitó el apetito. Tuvo que respirar profundamente y tragar con más fuerza para recuperar el hambre. El esfuerzo por hacer que el bocado bajase aumentó su odio e inflamó sus pensamientos.

– ¿Por eso querías que contratara al señor Matagrama? -preguntó-. ¿Esperabas que él te lo hiciera?

La idea de que ella hubiera arruinado la película por aquel motivo le hizo desear que el cuchillo que sostenía estuviese afilado. Podría utilizarlo para sacarle un ojo, o los dos, pero para eso tendría que desenrollar el paquete antes de tiempo. Tenía que recordar que no debía hacer nada que pudiera entorpecer el deshacerse de él sin que nadie se diera cuenta, pero quería una respuesta.

– ¿Sabes de lo que te hablo? Si no, mejor será que me lo demuestres.

El paquete no se movió. ¿Se atrevía a desafiarlo?

– Muévete algo mientras puedes -gritó-. ¿Sabías que el actor quería echar a perder mi película?

El bulto de la cabeza se ladeó un poco. Si asentía, le provocaría alguna expresión. Al poco se movió de un lado a otro, con la suficiente energía como para convencerlo de su respuesta.

– Ya me lo parecía -dijo Dudley generosamente-. ¿Solo pretendías ayudarme? No te preocupes, lo has hecho.

Aquello se merecía alguna reacción, pero el paquete no hizo nada. Su cara eliminada podría estar presentándole una indiferencia muda o tal vez podría estar burlándose de él. Aquel secretismo le provocó que dijera con una voz que hizo que le dolieran los dientes tanto como los ojos:

– Ambos sabemos que solo existe un verdadero señor Matagrama, ¿verdad? ¿Quieres saber lo que ha estado haciendo durante todo el fin de semana?

El bulto, sin llegar a ser una cara, le miró. Pronto lo parecería sin todas aquellas envolturas; un objeto desprovisto de sus rasgos. Tenía que acordarse de escribir aquello en alguna de sus historias.

– De acuerdo, te lo contaré -dijo-. Solo deja que termine de cenar.

Cuando terminó, el bulto estaba apoyado sobre la pared alicatada. Iba a animarlo. Llevó el cuchillo, el plato y el envase de la mantequilla al rellano y se apresuró a imprimir sus últimos relatos. El papel olía como si el calor del día se hubiese concentrado en él.

– Deberías estar orgullosa -dijo mientras se reunía de nuevo con su público-. Estas son sobre ti.

No parecía especialmente orgullosa, aunque el nombre que había en todas ellas era el de Patricia. Quizá había olvidado ya cómo se llamaba. Al principio mantuvo la cabeza levantada como si quisiera oír su historia, pero antes de que hubiese terminado de leer lo de Patricia en la bañera, el bulto se echó hacia atrás. Aquella actitud le resultó insultante: ya había tenido más tiempo que él para descansar hoy. Aunque ya había oído parte del relato cuando no tuvo mucho éxito al representarlo en directo, no podía admitir aquello como excusa. Además se mostraba bastante insensible ante el destino de la chica sin extremidades, la ciega y la sorda. Intentó gritar un poco más y acercarse a su embrionario oído. Aquellos métodos tampoco hallaban respuesta siempre y en cualquier caso, los efectos que causaban no eran los que se conseguían en las historias, lo cual era injusto para él y para su trabajo. Intentó contener su rabia acordándose de que estaba leyendo los relatos para hacer tiempo. Pronto estaría lo suficientemente oscuro para necesitar encender la luz del cuarto de baño, pero no lo suficiente para poder arriesgarse a sacar el paquete fuera de la casa. Estaba a punto de volver a leer todas las historias cuando encontró otra alternativa.

– También puedes escuchar las demás -dijo, saliendo disparado hacia su habitación.

Primero leyó la historia de Greta en Moorfields, aunque aquello le recordó los obstáculos que había encontrado en su carrera. Cambió el nombre de la chica por el de Patricia, pero al acordarse del enfado de su público y el impedimento para que su historia fuese publicada, cambió el nombre del personaje por el de Paquete. Empezó a utilizar aquel nombre también en las otras historias a medida que oscurecía tras la ventana que había por encima del lavabo. Mucho antes de que terminara, había empezado a sentir que los ojos también se le oscurecían, pero no sucumbió a la tentación de leer más rápido, a pesar de la indolencia de su público mientras él hacía todo el trabajo. Fue reduciendo la voz hasta que aquello le empezaba a recordar a una cinta de audio y entonces gritaba o se acercaba más al paquete, o hacía ambas cosas a la vez siempre que quería asegurarse de que no se durmiera. Finalmente, cuando la última Patricia fue eliminada, recogió todas las páginas esparcidas por el suelo del cuarto de baño. Las apiló en su cama y asomó la cabeza por la ventana.

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