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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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– ¿Hay alguien que le disguste especialmente, Méndez?

– Todo el mundo. Porque la muerte puede estar en manos de alguien con quien no nos hemos cruzado ni una sola vez. Pero ya que me pregunta, le diré que no me gusta Salomón Gandaria. ¿Por qué? Porque es un tío extraño. Porque no tiene ninguna lógica que esté aquí. Y porque lleva un veneno dentro, eso se nota. Lástima que usted no pueda mirarle a los ojos. Le juro que es un tío que lleva un veneno dentro. Y otro que no me gusta es Galán, ¿sabe? Aparentemente está de nuestro lado, pero no me gusta porque es un profesional frío y hermético. Y un profesional frío y hermético acepta cualquier clase de encargo con tal de que le dé dinero.

– Acaba usted de decir algo importante, Méndez -susurró Clara Alonso, que no perdía palabra-. Si el que hace todo esto actúa por dinero, significa que los que tienen dinero largo no pueden ser sospechosos de ninguna manera.

Méndez pareció desconcertado por un instante. Dio la sensación de que hasta entonces no había pensado en eso.

– Es verdad… -reconoció-. No resulta lógico que Ismael Gandaria pida millones, puesto que tiene eso y mucho más. Yo no sé cómo son los negocios de su hermano Salomón, pero supongo que también es muy rico. También lo son sus dos padres, señorita Alonso.

Ella tensó el cuello bruscamente.

– ¿Por qué los relaciona con esto? -preguntó.

– No, si yo no los relaciono… Solamente digo que son muy ricos.

– Pues ni eso tenía que haber pensado.

– Perdone usted a un viejo policía apegado a las tradiciones, Clara Alonso. Para mí todo el mundo es sospechoso menos el cajero, y eso por la sencilla razón de que si detengo al cajero no cobraré. Pero reconozco que su argumento es bueno: no debo sospechar de según quién. Y ahora voy a hacer una cosa: voy a volver al barco.

Ella pareció un poco desconcertada por lo que acababa de oír. Movió la cabeza.

– ¿Al barco para qué? -preguntó-. ¿Va a volar hasta Luxor?

– Sí. Ya lo he calculado todo. Puedo ir y volver en pocas horas, si consigo una buena combinación de aviones. Ya ve: yo, una rata de ciudad que nunca se había movido del Barrio Chino barcelonés, convertido de repente en una especie de dios Horus. Horus es el de la cabeza de halcón volador, ¿no?

– Creo que es ése. Pero ¿por qué quiere volver al barco, Méndez? ¿Qué ha olvidado allí?

Méndez sonrió.

Su sonrisa era barata y mezquina.

– ElNile Dream partirá muy pronto en dirección a Asuán -dijo-, en un nuevo crucero con nuevos tipos y nuevas tipas. A mí me interesa mucho revisar los camarotes, ¿sabe? Y no podía hacerlo mientras los antiguos pasajeros, es decir los de nuestro grupo, estuvieran todavía allí.

– ¿Y por qué ha de hacer ese registro?

Méndez la miraba fijamente.

¿Percibía Clara Alonso esa mirada? ¿Es verdad que los ciegos notan que los están mirando con fijeza porque sienten un misterioso calor en la piel?

– Uno de los antiguos pasajeros olvidó algo -susurró Méndez.

– ¿Y cree que ese algo aún estará allí? El pasajero de quien habla, ¿no se habrá dado cuenta de su olvido?

– No -dijo Méndez.

– ¿Por qué?

– Porque lo que olvidó no era una cosa material.

– ¿No? ¿Pues qué era?

– Algo que estaba en el aire -dijo Méndez en voz baja-. Y él o ella no saben que yo lo encontré en el aire.

30 LAS TUMBAS DE LOS MAMELUCOS

Justo cuando Méndez acababa de mencionar aquel extraño descubrimiento que pensaba hacer en el aire, el aire se puso a vibrar. Sonó el teléfono.

– ¿Esperaba alguna llamada? -susurró Méndez.

– No. Ninguna. Pero a la fuerza ha de ser uno de los compañeros de viaje.

– Yo también soy compañero de viaje -susurró Méndez-, como se decía en los buenos años del franquismo. Le atenderé.

Descolgó el teléfono.

Y entonces oyó la voz.

Era la misma voz de la cinta. Una voz completamente deformada, completamente irreconocible, completamente abstracta, hecha a piezas. Para deformarla aún más, sonaba muy suavemente una música de fondo.

«Sé que intentan irse inmediatamente, pero oiga bien esto, Clara Alonso: ni su hija, ni seguramente usted, llegarán a salir vivas de El Cairo si no pagan antes la cantidad exigida en dólares, rigiéndose por la cotización del dólar hoy en la bolsa de Madrid. Sitio de pago: bajo la torre principal de las Tumbas de los Mamelucos, en el cementerio de El Khalifa. Hora: las once de la noche. Forma de entrega: una maleta con todo el dinero dentro. El peso en dólares será un peso muy razonable, sobre todo si seleccionan billetes grandes. Condición primera: ningún policía y ninguna trampa, porque eso significaría la muerte irremediable de la niña. Condición segunda: si el pago está conforme, yo volveré a telefonear al hotel. Como máximo, transcurrirán dos horas desde la entrega del dinero. A partir de ese momento, podrán considerarse libres de toda amenaza. Repito la información para que anote los datos. Atención. Repito.»

Estaba claro que Méndez no hablaba con nadie, sino con una cinta puesta ante el auricular. Ahora la rebobinarían y la harían pasar de nuevo. Por lo tanto era inútil perder tiempo en palabras.

Colgó.

Le dijo a Clara Alonso que volvía inmediatamente y que no se moviese de allí. A toda la velocidad que le permitían sus piernas, Méndez se dirigió al vestíbulo. Necesitaba saber si alguien telefoneaba a Clara desde el propio hotel.

Su inglés propio de un caballo de la batalla de Waterloo no le sirvió de nada, pero su francés, mucho más académico («Escute moi, je desire saber si quelque personne eté telephonant mademoiselle Alonso dans ce moment juste, juste»), le abrió todas las puertas. La telefonista le dijo que en la habitación demademoiselle Alonso acababan de colgar.

– Je ya sé ce chose. Le que je vaudrais savoir ahora méme es si on telephoné de l'hotel o loin de l'hotel.

– De l'extérieur, monsieur.

– Merci deux fois. Merci.

Méndez dio unos pasos como un sonámbulo. Lástima, aunque reconocía que hubiera sido demasiado fácil. ¡Pescar al cabrón mientras telefoneaba desde el mismísimo hotel! Al bajar a toda prisa ya sabía que no lo iba a conseguir, pero tenía que probarlo. Ahora estaba como al principio, pero con una nueva amenaza encima. Para intentar disimular su turbación, encendió un cigarrillo con gestos parsimoniosos.

Y vio a varios de los pasajeros en la cola de los que querían cambiar dinero en el hotel. Vio, por ejemplo, a los hermanos Gandaria, tan juntos como si se amasen eternamente, uno en pie, con gesto aburrido, y el otro en su silla de ruedas. Vio al notario. Vio al editor, vio a casi todos los conocidos del buque. Ninguno podía haber telefoneado porque era evidente que llevaban en la cola bastante tiempo.

Pero eso no sorprendió para nada a Méndez. El sabía que la amenaza se movía en un círculo próximo, aunque exterior al hotel. ¿O quizás el círculo no era tan próximo? ¿Podía haber telefoneado Galán desde el hospital de Luxor? No era fácil, pero sí posible. Depositó el cigarrillo en el cenicero porque el tabaco le sabía mal, lo cual era un síntoma pésimo, y se juró que averiguaría eso en el viaje a la antigua Tebas. Luego regresó a la habitación de Clara.

Olga salió a su encuentro. Volvió a sentarse en sus rodillas mientras preguntaba:

– ¿Amigos…?

Méndez susurró:

– Claro, pequeña. Amigos.

Una cosa estaba rabiosamente clara para éclass="underline" no la dejaría sola. No la dejaría morir. No permitiría que aquel cerebro, donde jamás había anidado un mal pensamiento, fuese destruido por otro cerebro donde jamás había anidado un buen pensamiento. Pero quizá Clara Alonso adivinó todo aquello. Quizá la ciega intuyó desde el primer instante lo que estaba ocurriendo, porque musitó una sola pregunta:

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