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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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– Eran las últimas instrucciones, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Qué quieren?

– Poca cosa -dijo Méndez-. Una juerga con todo pagado.

Y le detalló las exigencias. Ni un músculo se alteró en las facciones de Clara Alonso mientras escuchaba en absoluto silencio.

Al final musitó:

– Pagaremos.

– ¿Sin luchar?

– ¿Y contra quién quiere que luche, Méndez? Ya sabe cuál es mi decisión. No permitiré que Olga corra el menor peligro. Además, mis padres llevan horas haciendo gestiones para reunir el dinero. Nunca les había notado tan… tan angustiados como hoy. Pero lo conseguirán.

Méndez acarició de nuevo el pelo de la niña.

– De acuerdo -dijo-. Se hará como usted desea.

Y fue de nuevo hacia la puerta. Cuando ya estaba casi en ella volvió apenas la cabeza para preguntar:

– Hay un plazo hasta mañana a las once de la noche, ya se lo he dicho. ¿Puedo pedirle que permanezca aquí encerrada hasta que yo vuelva de Luxor?

– ¿Va a ir hasta allí, Méndez?

– Sí.

– ¿A recoger lo que alguien dejó olvidado en el aire?

– Sí.

– ¿Y quién pudo dejarlo olvidado?

– Quién sabe si usted misma.

Abrió y salió bruscamente. Los dos guardaespaldas le miraron de soslayo mientras mantenían las manos cerca de los cuchillos. Eso era peor que los revólveres, pensó Méndez. A nadie le sienta bien un afeitado en seco.

Mientras se dirigía al recodo de los ascensores, no se dio cuenta de que alguien le miraba también.

No se dio cuenta de que una de las puertas del fondo se había abierto y los ojos de Galán le escrutaban desde la distancia.

Méndez tuvo suerte con los aviones. Regresó aquella misma madrugada. Estaba reventado de cansancio, pero comprendía que había sido una gestión absolutamente necesaria, una gestión que no le quedaba más remedio que hacer.

El sol estaba ya muy alto sobre los minaretes de El Cairo, sobre los toldos de El Jalili, sobre las callejuelas del barrio copto cuando despertaron a Méndez. Méndez, que además observaba la piadosa costumbre de no levantarse antes de las cinco de la tarde, tenía en aquel momento la sensación de que se acababa de meter en la cama.

Era Antonio Cañada, un Antonio Cañada definitivamente viejo, definitivamente hundido, pero en cuyos ojos quería brillar un rayo de esperanza.

– Nos libraremos de esta pesadilla, Méndez -susurró.

Méndez, que usaba un pijama a rayas, volvió a la cama pudorosamente.

– ¿Eso significa que usted y Manrique han conseguido el dinero? -musitó.

– Sí, y además en dólares, en billetes grandes. Todo cabe perfectamente en una maleta.

– Bueno, pues en tal caso ya sabe lo que tiene que hacer. La torre principal de las Tumbas de los Mamelucos, en el cementerio de El Khalifa. Como esta noche a las once habrá luna llena, puede ser incluso un paseo agradable. Hala, ¿a qué espera?

– Usted no iría, ¿verdad, Méndez?

– Yo qué cojones voy a ir.

– ¿Por qué no?

– Primero porque no me rota pagarle a un sucio asesino para que se pueda lavar el culo con Eau de Rochas. Segundo, porque no tiene en su poder a la niña. Dice que si cobra le perdonará la vida, pero la verdad es que no tiene la menor posibilidad de matarla. Y tercero y último, porque sale un avión esta tarde. Antes de que se cumpla el plazo, pueden estar todos ustedes en Madrid.

– Lo cual significa que no podrá matar a Olga en El Cairo, ¿verdad?

– Justo. Eso es lo que significa.

– Pero entonces la matará en Madrid.

Méndez se rascó una oreja.

– La verdad, no había pensado en eso -gruñó.

– Es mejor pagar, Méndez. Es mejor pagar y librarse de esta pesadilla.

Dio una vuelta a la habitación. La luz entraba a raudales a través de los patios color arcilla del hotel. Un sol inclemente arrancaba ya reflejos metálicos en los suelos de mármol.

– Clara me ha dicho que usted fue a Luxor -musitó Cañada.

– Sí. El viaje de ida y vuelta en avión es rápido, pero aun así estoy hecho polvo. Y encima, cuando el avión ya estaba en el aire y además me habían puesto el cinturón de seguridad, o sea no tenía escapatoria, me dieron a beber naranjada. Imagínese.

– Debió de ser horrible, Méndez.

– Estuve a punto de pedir los santos viáticos, pero no sé si los egipcios gastan eso.

– Me temo que no. ¿Y qué hizo en Luxor?

– Volver alNile Dream antes de que partiera hacia Asuán en viaje de regreso. Y pedir permiso para meterme en todos los camarotes.

– ¿Incluso el que había sido mío?

– Incluso el que había sido suyo, señor Cañada.

– ¿Y qué averiguó?

– Pché.

– ¿Qué significa pché?

– Cada camarote guarda su secreto, amigo Cañada. Conserva la presencia de los vivos y la presencia de los muertos.

– Es usted un tipo raro, Méndez. No creo que un lenguaje así pueda figurar en un atestado policial. Pero ¿qué más averiguó?

– Que Galán ya no estaba en el hospital.

Cañada hizo un gesto de extrañeza.

– ¿Quiere decir que ya está curado? ¿Tan pronto?

– No, no está curado. Se escapó.

– Dios mío, pero ¿por qué?

– ¿Cómo puede saberlo un hombre al que no dejan dormir y encima está a régimen de naranjada?

– Mire, Méndez, yo no quiero saber nada de eso. Yo sólo quiero librarme de la pesadilla, ya se lo he dicho. Y si he entrado aquí es para pedirle que me aconseje en una cosa: ¿Quién tiene que ir al cementerio con la maleta? ¿Yo? ¿Uno de los guardaespaldas contratados? ¿Usted? ¿El mensaje decía algo sobre eso?

– No, no decía nada.

– ¿Entonces qué cree que se debe hacer?

Méndez apretó los puños.

– Iré yo -dijo de repente.

– ¿Qué…?

– Iré yo, pero no llevaré el dinero. Quiero una maleta llena de recortes de papel.

– ¡Méndez…!

– ¿Qué pasa?

– ¡Pasa una sola cosa! ¡Le he dicho que estoy dispuesto a pagar!

– De acuerdo… -Méndez se encogió de hombros-. Si las cosas son así, llevaré el dinero, seguiré las instrucciones del asesino y pagaré. Pero después de eso, lo demás depende de mí.

– De usted no depende nada, Méndez. Ni de la policía. Ni de nadie. Quiero liquidar el asunto de una vez, ¿entiende?Liquidar el asunto de una vez.

– Perfecto… Entonces le aseguro que no haré nada. Seguiré las instrucciones al pie de la letra.

– No me fío, Méndez. Debería ir yo mismo.

– ¿Por qué? ¿Para ponerse más nervioso aún? Usted es parte interesada, amigo. Deje el asunto en manos de un verdadero profesional como yo.

– ¿Un profesional ha dicho…?

Méndez prefirió no contestar. Sólo se sacudió un momento los hombros del pijama como si quisiera eliminar unas motitas de polvo. Luego miró fijamente a Cañada.

– ¿Qué…? -preguntó.

– De acuerdo. Tengo la maleta en una caja fuerte especial del hotel. Se la entregaré a usted a las diez y media de esta noche. ¿Quiere que le acompañe alguien?

– Nadie.

– Pueden robarle, Méndez. Me han dicho que es uno de los lugares más siniestros y peligrosos de El Cairo. Y si pierdo ese dinero lo pierdo todo. No podré volverlo a reunir.

– Lo sé, pero no tema. Iré armado. Ya he conseguido en El Cairo un magnífico revólver Phyton con seis balas blandas, de las que se fragmentan en los sesos de un tío. Y no es eso sólo. Alguien me acompañará.

– ¿Acompañarle? ¿Quién…?

Méndez suspiró beatíficamente antes de susurrar:

– La Muerte…

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