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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Mitch Freeman estaba al lado de Floyd Brown, meciéndose sobre sus talones. Brown le habló a la pared.

– Asegúrese de que el micro funciona a la perfección -dijo-. ¿Dónde va a estar la furgoneta?

Otro agente, situado de forma que no veía el cuerpo medio desnudo de Kate, dijo:

– Justo al lado del Plaza. No te preocupes. El micrófono tiene un alcance de varios kilómetros.

– Mire -dijo Freeman-. Si realmente aparece, tendrá que andar con mucho ojo.

– ¿Qué tengo que hacer? ¿Invitarle a bailar? -dijo en broma Kate aunque estaba temblorosa.

– La verdad -dijo Freeman-, no sería mala idea. Este tipo quiere estar cerca de usted.

– Lo decía en broma -dijo Kate, tragando saliva.

– Ya lo sé. Mire, no sabemos si va a aparecer o qué va a hacer. Calculo que sencillamente lo que quiere es observarla. Utilizará la multitud como escudo. Por otro lado, estos tipos tienden a considerarse sobrehumanos, así que nunca se sabe.

– ¿Se pondría a hablar conmigo? -Kate contuvo otro escalofrío.

– A lo mejor. -Freeman se volvió, atisbo el sujetador negro de encaje que llevaba Kate y apartó la mirada rápidamente-. Lo único que digo es que tiene que estar alerta ante toda persona o acción extraña, cualquiera que quiera tocarla.

– Por Dios, Freeman. -Kate exhaló un profundo suspiro-. Habrá cientos de personas que me darán un beso o me estrecharán la mano.

– Estaremos a su lado -dijo Brown-. ¿Podrá llevar la pistola en algún sitio?

– La Glock no. -Kate notó que la angustia le subía como el ardor de estómago.

– Le conseguiré una pequeña del treinta y ocho. Puede sujetársela en la pierna, bajo la falda.

– Mire, lo más probable es que no haga nada aunque aparezca -dijo Freeman.

– ¿Lo dice para que me sienta mejor? -Kate bajó la mirada hacia el joven que le estaba sujetando el micro. Sus manos frías la hacían temblar-. ¿Has terminado?

– Un segundo, ya está -dijo-. Lleva cinta por todas partes. -Le habló al micro. Es como si le susurrara a Kate al ombligo-. Probando, probando… -Las palabras resonaron por el dispositivo de escucha situado en el otro extremo de la sala.

– Tómeselo con tranquilidad -aconsejó Freeman.

– Oh, claro -dijo Kate mientras intentaba abotonarse la camisa con dedos temblorosos-. Sólo foxtrot.

Con el micro sujeto en las costillas, el vestido elegante y ajustado de Armani que Kate había comprado para la ocasión no quedaba bien. Parecía que le había salido un tercer pecho.

Rebuscó en el armario, descartó varios vestidos hasta que encontró un modelo de John Galliano que había comprado sin pensar el año anterior en París y que nunca se había puesto: un corpiño cubierto de volantes. ¿En qué estaría pensando cuando lo compró? Los volantes nunca habían sido lo suyo. Bueno, pues esa noche sí. Entre todo aquel frufrú podía esconder hasta una ametralladora.

Kate extendió el vestido sobre la cama.

Era demasiado tarde para llamar a Richard. Su avión aterrizaría en LaGuardia en cualquier momento.

Ojalá él le hubiera contado antes lo de la pelea con Pruitt. Demasiado tarde para pensar en eso ahora.

Intentó maquillarse en el cuarto de baño, pero le temblaban los dedos. Tenía que tranquilizarse. Mantenerse alerta, como le había dicho Freeman. Tenía a un montón de invitados que agasajar y la amenaza de un maníaco al acecho.

La idea no la ayudaba a relajarse.

Se sentó en el borde de la cama, respiró larga y profundamente y agradeció la clase de yoga semanal a la que hacía tiempo que no había podido asistir.

Al cabo de diez minutos, Kate estaba lo suficientemente tranquila como para ponerse rímel sin sacarse un ojo.

Se recogió el pelo en un moño. No quedaba como recién salida de la peluquería, pero así iba a tener que ser. Se enfundó unas medias negras y luego el vestido. Los volantes iban bien. Su pecho era un océano de chifón negro ondulado. No se veían bultos antiestéticos.

Se miró en el espejo. No estaba mal.

Debajo de tanto volante, la cinta del micro le tiraba en la piel. Se pasó la mano por debajo del sujetador, intentó tirar del borde de la cinta pero no sirvió. Tendría que soportarlo. Eso le trajo otro recuerdo. El último caso. Ruby Pringle. Aquel día también llevaba un micrófono; pensó que tal vez se encontraría cara a cara con ese tipo en vez de con el cadáver de esa pobre niña.

«Sé dónde está porque sé dónde la puse.»

La nota. Rotulador rojo como sangre seca.

«Dios mío.»

Kate se dirigió como un rayo al estudio, mientras el vestido de fiesta de satén se le inflaba. Ahí estaba, en la pared con el tablero de corcho: la imagen que había enviado el artista de la muerte: Kate con alas y halo, bordeada con un rotulador rojo, y la palabra «Hola».

La letra era parecida.

Kate cerró los ojos: Ruby Pringle tendida en un mar de plástico ondulado, con papel de aluminio alrededor de la cabeza, los vaqueros bajados.

Un ángel. Un ángel desnudo. ¿Podía ser? Alas de plástico. Un halo de papel de plata.

¿El artista de la muerte? ¿Hacía tantos años? Los nombres y las caras de gente del pasado se le agolparon en la mente. ¿Quién podía haberla seguido y por qué?

Observó la pared con las fotos de escenas de los crímenes, todas aquellas muertes con pretensiones artísticas.

¿Ruby Pringle había sido un intento temprano de hacer arte? La escena no era tan concreta como las que creaba ahora. Pero ¿por qué no?

Llamó a su antigua comisaría de Astoria, habló con el policía de recepción. No había nadie que conociera. Nadie con quien hablar del caso de Ruby Pringle. El policía de recepción ni siquiera sabía a qué se refería.

Kate introdujo la pequeña 38 en una funda, se levantó el vestido y se sujetó el arma en el muslo.

El viejo caso de asesinato de Ruby Pringle tendría que esperar hasta el día siguiente.

A no ser que él actuara esa noche.

Los hombres con esmoquin y las mujeres con vestidos de fiesta entraban en el Plaza para un ágape de mil dólares por persona.

Como patrocinadores y coanfitriones, Kate y Richard habían reservado dos mesas, a las que sentaron a sus amigos estratégicamente entre potenciales benefactores para la fundación. Esa noche, sus amigos estaban para entretener y cautivar a los benefactores, al día siguiente, se suponía que los benefactores tenían que emitir sus cheques desgravables a Hacienda para Hágase el Futuro. Todos conocían las reglas. Los que no seguían el ritual no volvían a recibir una invitación.

Kate había contactado con Richard a través del móvil. Estaba en camino.

Floyd Brown ya estaba allí, en la entrada del gran salón de baile del Plaza, apoyado contra una pared, tan apuesto como incómodo en el llamativo esmoquin de alquiler. Kate no pudo reprimir una sonrisa.

– ¿Lleva el micro? -susurró Brown al pecho de Kate.

– ¿Cree que iría vestida como Bo Peep si no lo llevara?

– Dugan -dijo Brown, inclinándose hacia el busto de Kate-. Espero que lo estés captando.

– Floyd. ¿Podría dejar de hablarme a los pechos?

Brown se enderezó con brusquedad, se aturulló y hundió las manos en los bolsillos del esmoquin.

La coanfitriona de Kate, Blair, que estaba de lado, les dedicó una mirada de curiosidad. Kate los presentó rápidamente, tomó a Brown del brazo y se lo llevó a otro sitio. Se sentía angustiada, pero siguió con sus respiraciones de yoga para mantener un aspecto de tranquilidad. Un mes atrás, consideraba que aquel evento era lo más importante de su vida. En ese momento lo único que deseaba era sobrevivir a él.

Tras veinticinco minutos de presentaciones -el alcalde, Henry Kissinger, un flujo constante de miembros de la alta sociedad y adinerados- Brown estaba estupefacto. Había demasiadas personas empujándose y hablando, estrechando manos y dando besos, y todo eran oportunidades de hacer daño de verdad a McKinnon. Tanto ella como Brown habían inspeccionado a todas las personas que se le acercaban a tres centímetros. Brown se estaba poniendo muy nervioso. Kate seguía manteniendo la calma, pero era una calma fingida. Brown observó que barría la sala con la mirada, comprobaba las manos de los invitados en un intento por identificar al policía de esmoquin más cercano, al tiempo que mantenía la sonrisa e incluso un aire de despreocupación.

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