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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– La pintura como extensión del cuerpo. Va a utilizar un cuerpo, una víctima, para pintar un cuadro.

La idea se le apareció con tal lucidez que le sorprendió. Era como esa sensación que tenía continuamente, que él estaba detrás de ella, guiándola, susurrándole al oído. Como si le leyera el pensamiento.

– ¿Cómo va a hacer eso? -preguntó Slattery.

Kate negó con la cabeza.

– No lo sé.

– ¿Quién? -preguntó Mead.

Kate volvió a mirar las reproducciones de De Kooning.

– Tiene que estar aquí. -Agarró la lupa y la pasó lentamente por las reproducciones-. Un momento. Aquí. Ha dibujado sobre los cuadros. Igual que hizo con las reproducciones de Kienholz. Es muy flojo pero… -Kate señaló los cuadros, le pasó la lupa a Mead-. Justo ahí. En el cuadro izquierdo ha dibujado una pequeña mariposa y un sello diminuto. ¿Lo ve?

Mead observó el cuadro a través de la lupa y asintió.

– ¿Qué cono significa esto?

– No lo sé -dijo Kate-. Ayúdenme.

– ¿Insectos?-sugirió Slattery.

– Carteros -dijo Mead.

– ¿Pero qué relación tienen? -Kate negó con la cabeza, se volvió hacia Mead-. Sé que en este edificio no se puede fumar pero o me fumo un pitillo o me da algo.

– Fúmeselo -dijo.

Kate encendió un cigarrillo e inhaló.

– ¿Qué relación guardan los sellos y las mariposas?

– Los dos son pequeños -dijo Mead.

– No todas las mariposas -apuntó Brown-. Tengo un tío que colecciona mariposas. Tiene un par que son enormes.

– Colecciona… -Kate expulsó humo hacia el techo-. La gente colecciona sellos y mariposas. ¡Mierda! ¡Eso es! La última vez fue una marchante. ¡Esta vez es un coleccionista! Dos coleccionistas. Está completando el círculo del arte. Pintor, presidente de museo, marchante, ahora les toca a los coleccionistas. Mierda.

– Pero ¿quién? -inquirió Mead, aspirando aire entre los dientes como si hubiera tomado speed-. ¿Quién?

Un par de uniformados irrumpieron en la sala con los libros de Kate, dos volúmenes ilustrados de gran formato sobre Willem de Kooning.

– Había un embotellamiento cerca del centro -dijo uno de ellos.

Kate tomó un libro y le pasó el otro a Brown.

– Tome. Busque alguno de los cuadros que nos ha enviado.

Los dos empezaron a pasar las páginas a toda velocidad.

Mead se puso a ladrar por el móvil y llamó a una patrulla de urgencia para que estuviera preparada.

– Ya tengo uno -dijo Brown.

– Yo también -dijo Kate. Colocaron los libros abiertos uno al lado del otro. Kate pasó de una página a la otra, recorrió los títulos con el dedo. A la izquierda: La visita, 1966-1967. A la derecha: Mujer, Sag Harbor, 1964.

Kate se puso a mirar al final del libro.

– La visita está en la Tate Gallery, en Londres. Así que no sirve. -Escudriñó la página, siguió repasando con el dedo el resto de los títulos-. Aquí, aquí está. El otro. Mujer, Sag Harbor. Colección de Nathan y Bea Sachs, Nueva York.

– Trae el listín de teléfonos -indicó Mead a uno de los uniformados.

– Los conozco -dijo Kate-. Viven en Park Avenue, a la altura de la Sesenta y siete.

Mead tenía el móvil pegado a la oreja e iba dando información.

– No, un momento -dijo Kate-. Tienen una casa en los Hampton. Por supuesto, Sag Harbor. -Miró a Brown y a Slattery, luego a Mead-. Le pedí que fuera claro, ¿no?

Todos empezaron a actuar con rapidez.

Slattery se puso en contacto con la brigada de emergencia.

Mead envió coches al apartamento de Park Avenue, por si acaso, luego explicó la información a la policía del condado de Suffolk y les indicó que fueran a la residencia de Sag Harbor lo antes posible.

– Tengo que llamar a Tapell. Y ella tendrá que informar al FBI.

Kate observó los cuadros de De Kooning. ¿Qué era lo que había dicho Slattery? «Parece un baño de sangre.» Le rogó a Dios que llegaran con la rapidez necesaria para evitar que se convirtiera en tal cosa.

Bea Sachs se sentía decepcionada. Primero porque su marido, Nathan, no la había acompañado al estudio de la artista y, segundo, porque la artista, que ahora desenrollaba un gran dibujo abstracto en la esquina del pequeño estudio de East Hampton, era vieja. Bueno, no exactamente, pero no lo suficientemente joven. Más de cuarenta, seguro, y todavía no era un nombre conocido y encima era mujer. Tres inconvenientes. Olvídalo. ¿De verdad pensaba esta artista de mediana edad que coleccionistas del nivel de Bea y Nathan Sachs iban a estar interesados?

Bea esbozó una sonrisa forzada. Se alisó la minifalda de tenis, cruzó las piernas, sobre las que muchos de sus mejores amigos le habían dicho que eran tan bonitas como las de una treintañera. No estaba nada mal para una mujer que decía tener sesenta y cinco. Sobre todo porque la semana siguiente cumplía setenta y tres años.

La artista estaba diciendo algo sobre forma y función, pero Bea no la escuchaba. Estaba pensando en que tenía que matar a su amiga Babs por haberle concertado esa horrible visita al estudio. Al fin y al cabo, ella y Nathan se habían pasado años formando su colección de arte, empezaron por los impresionistas de segunda categoría, cuadros que vendieron, por supuesto, en cuanto se dieron cuenta, horrorizados, de que a nadie, absolutamente a nadie, le importaba algo de segunda categoría. Ganaron mucho dinero vendiéndolo todo en una subasta. Y luego, con ayuda de aquel marchante de arte astuto empezaron a comprar a los expresionistas abstractos -Franz Kline, Willem de Kooning, Robert Motherwell- a finales de los años sesenta, cuando el mercado para ese tipo de arte estaba bajo, todos lo despreciaban y preferían el nuevo arte pop.

Los cuadros de expresionismo abstracto colgaban de su casa de Sag Harbor, junto con unos cuantos warhols y liechtensteins; naturalmente tuvieron que comprar algunos de esos iconos pop.

Oh, sí, ella y Nathan eran unos coleccionistas muy modernos. Bastaba echar un vistazo a las obras que cubrían las paredes de su dúplex de Park Avenue -los artistas más actuales que habían entrado en escena durante los últimos cinco años y ni un solo desconocido en el grupo- para percatarse de ello.

Bea intentaba pensar qué decir para reducir el tiempo de la visita, para llegar a casa y estar con Nathan, que había pillado un resfriado.

Pero la artista seguía mostrándole un cuadro tras otro.

– Éste es el precursor de gran parte de mi obra -explicó.

«Oh, cielos.» Bea pensó en una pregunta, por educación.

– ¿Expones en Nueva York?

La artista negó con la cabeza.

– Expondría, pero mi astrólogo dice que no estoy preparada.

«Lo que me faltaba.» Bea le dedicó una débil sonrisa.

– Pero ¿no es difícil vender tu obra sin representación en Nueva York?

Dio la impresión de que a la artista le había angustiado la pregunta.

Bea estaba tan aburrida que tenía ganas de llorar. Y esta mujer de mediana edad, desconocida, no captaba la indirecta. Cada vez que Bea hacía ademán de levantarse, la artista le mostraba otra abstracción aburrida. «¿Abstracción? Vamos. ¿Dónde está la gracia? La frescura.» Algo totalmente nuevo que diera que hablar en las cenas semanales que organizaba Bea.

«Oh, no.» La mujer estaba preparando un té. Un brebaje que olía a mil demonios. Bea exhaló un suspiro. Se dio cuenta de que no había manera de salir de allí temprano. Y el pobre Nathan confinado en casa, esperando los somníferos y las gotas para la nariz que había prometido recoger en la farmacia del barrio.

39

Maldita sea. ¿Quién iba a imaginar que un viejo tan arrugado y consumido pesaba tanto?

Sujeta al viejo por debajo de las axilas, y lo arrastra arriba y abajo, adelante y atrás por la pared. De no ser porque lleva un impermeable de plástico, estaría hecho un asco.

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