El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Un fotógrafo, que pertenecía al equipo de Patrick McMullan, les había hecho fotos cada vez que se giraban, Kate y Brown intentaban con todas sus fuerzas no perder el control durante los escasos segundos en que las bombillas de flash los cegaban temporalmente.
Allá donde mirara, Kate veía que una cara se cernía sobre ella. Todas las manos en los bolsillos suponían una amenaza posible. Sonreía como una autómata. Contenía el aliento. Pero, en su fuero interno, apenas lograba contener el pánico.
– Quiero ir a preguntar a los guardas de la puerta -dijo Brown-, a ver si han visto algo sospechoso. -Se inclinó más hacia ella y le susurró-: Ese tipo de ahí al que el esmoquin de alquiler le queda peor que a mí es policía, sólo está a medio metro de distancia.
– Todo irá bien. -Kate se dio una palmadita en el muslo para indicarle que allí llevaba la pistola, pero le temblaba la mano.
Willie hizo acto de presencia con Charlie Kent del brazo. Como era artista, no se esperaba que vistiera el esmoquin de rigor. Llevaba un jersey de cuello alto negro bajo una cazadora de cuero de líneas elegantes. Kate lo besó en las mejillas. Él no la besó.
Este hecho añadió una capa de tristeza a la angustia de Kate. Se fijó en un hombre que estaba justo detrás de Charlie y que se había introducido la mano en el bolsillo del pecho. No lo conocía y lo vio escorándose hacia ella. Le hizo una seña con los ojos al policía que estaba más cerca. El agente apartó a los invitados, agarró al hombre del brazo, le extrajo la mano lentamente del esmoquin… el hombre tenía un pañuelo entre los dedos.
– ¿Disculpe? -El hombre le dedicó una mirada de escarnio e incredulidad.
– Lo siento -dijo el policía-. Le he confundido con otra persona.
Kate tomó aire, recorrió la sala con la vista. ¿Estaba ahí?
Cuando pensó eso, durante un brevísimo instante, todo el gentío se volvió borroso. Incluso la música sonó distante, amortiguada. Era como si todos y todo dejara el escenario y sólo quedaran dos actores.
Por eso me ha llamado, pensó Kate, para hacerme sentir su presencia.
Y funcionaba, Kate no conseguía evitarlo, la sensación de que estaba ahí, a su lado, observando todos sus movimientos, manejando los hilos.
Entonces volvió a empezar, la sala recobró vida, el clamor y el bullicio, a cada minuto alguien se topaba con ella o le tendía la mano o le daba un beso en la mejilla. Kate intentaba mantener la sonrisa en su sitio, pero se le estaban empezando a crispar los nervios.
«Si está aquí, ¿por qué demonios no se muestra?»
Pero, claro está, podía haberla saludado ya, estrechado su mano, haberle dado un beso en la mejilla. La idea le estremeció. ¿Se trataba de alguien que conocía? ¿O un completo desconocido? Y si estaba ahí, ¿qué iba a hacer? ¿Dispararle? No. Eso no sería nada artístico. Además, los invitados habían tenido que pasar por un detector de metales. Cielo santo, ¿qué iban a decir al respecto los columnistas de las crónicas de sociedad?
Kate lanzó un vistazo a la sala mientras ciertos cuadros se le aparecían fugazmente en la cabeza: las escenas festivas de Renoir, los cafés abarrotados de Manet, los retratos de la familia real de Goya. El artista de la muerte podía elegir a cualquiera de ellos. Y a muchos otros. Pero ¿qué papel desempeñaría ella en las obras? ¿Y por qué ella? ¿Por qué?
Había un hombre a su derecha que le dio un beso en la mejilla; una mujer a la izquierda le susurró algo. Luego dos personas más delante de ella. Veía borrosas las facciones y las sustituía por los rostros de las víctimas del artista de la muerte: Stein, Pruitt, Amanda Lowe, Elena. Siempre Elena.
Kate había empezado a temblar. ¿Seguía sonriendo, estrechando manos? No tenía ni idea. Oyó la voz de él por teléfono, hueca y metálica, resonándole en los oídos; su propia imagen con alas y un halo y la palabra escrita -«Hola»- que le retumbaba en el cerebro.
Un golpecito en el hombro. Kate se volvió tan rápidamente que estuvo a punto de caerse. Richard la agarró.
– Cuidado, tigresa. -La besó en la mejilla.
Kate se recostó en él.
– ¿Estás bien? -Richard la miró fijamente con sus ojos azules y el ceño fruncido.
– ¿Dónde has estado? -preguntó ella, regresando al presente, sintiendo la multitud que la rodeaba, el bullicio, la electricidad. Respiró hondo.
– El tráfico -dijo Richard mientras le acariciaba la nuca-. ¿Qué ocurre?
– Estoy bien, un poco nerviosa -dijo Kate, esbozando una sonrisa fingida.
La gente que los rodeaba picoteaba canapés, tomaba cócteles, charlaba.
– Vamos. -Richard la tomó del brazo-. Me parece que te hace falta sentarte.
Los floristas no habían decepcionado. Los centros eran enormes pero bajos, todas las flores blancas: rosas, fresias, tulipanes. Los manteles y la vajilla blancos a juego.
Sin saber muy bien cómo Kate consiguió hablar de trivialidades, las palabras parecían surgir de su boca por sí solas.
– Estás preciosa -le dijo a Liz, a quien había sentado a su lado-. Y me alegro de que estés aquí.
– ¿Vas aguantando?
– Más o menos.
Liz la miró con preocupación, estaba a punto de hablar cuando Arlen James subió al estrado y empezó su discurso sobre la educación y su importancia, sobre los logros de la fundación, cuántos jóvenes llegaban a la universidad a través de la misma, cómo formar parte de ella, y todo con el encanto y la facilidad de un hombre nacido en una familia rica, lo cual no era su caso. Kate admiró su entereza, teniendo en cuenta que acababa de emitir un cheque de dos millones de dólares para cubrir el desfalco del difunto William Mason Pruitt, cuyo nombre no se mencionó ni una sola vez.
Pero Kate no se tranquilizaba, recorría las distintas mesas con la mirada, vigilando las esquinas de la sala, las sombras.
«¿Dónde está?» Jugueteaba con la servilleta y se la retorcía en la falda. ¿Acaso el artista de la muerte se había propuesto atormentarla? Podía ser. Miró al otro lado de la mesa, donde estaba Richard, y él le sonrió. El gemelo de la sala de estar de Pruitt se le apareció en la mente. Arlen James seguía hablando, pero Kate no se concentraba. Se levantó con rapidez, susurró excusas a la gente que había en su mesa y salió rápidamente de la sala.
Los policías y agentes del FBI enseguida le pisaron los talones, giraron cuando Kate pasó por la entrada del gran salón de baile y la siguieron por el pasillo.
– Voy al baño de señoras. -Necesitaba estar sola.
Primero un policía echó un vistazo al baño, comprobó los inodoros uno a uno antes de darle luz verde.
En el interior Kate se apoyó en el lavabo, respiró hondo varias veces, tomó un sorbo de agua y se salpicó un poco de agua en la frente. Estaba pálida. Le temblaban las manos.
«Maldito tío.» Estaba jugando con ella y lo sabía.
Y el dichoso micro del tórax le picaba un montón. Kate intentó alcanzarlo pero no pudo. Se introdujo en una de las cabinas con inodoro, tenía la cremallera de la parte superior del vestido medio bajada cuando oyó pasos sobre los azulejos. Bajó la mirada. Zapatos negros. De hombre.
Se dispuso a agarrar la pistola, pero al cabo de un segundo una manada de soldados de asalto irrumpió en el baño de señoras, gritando:
– ¡Alto! ¡Manos arriba! ¡No se mueva!
Kate agarró la pistola del 38 y abrió la puerta de una patada.
Había un hombre con esmoquin en el suelo, tenía sesenta años o incluso más, la expresión de su rostro era de puro terror. Los policías y agentes lo habían inmovilizado. Le apuntaban a la cabeza con tres pistolas. Dos al corazón. Un policía lo tenía agarrado por el cuello.