El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Tamborilea la mesa de trabajo con los dedos.
Vidas de artistas. El libro prácticamente se anuncia a sí mismo desde el otro extremo de la mesa. Lo levanta en su regazo, lo acuna como si fuera un bebé, pasa las páginas, lentamente, observa las ilustraciones, las fotografías de Willie, Elena y el resto de los artistas. ¿Por qué no está él ahí?
Pero escribirán sobre él. Lo sabe. Un día escribirán libros enteros sobre su obra.
En la última página del libro de Kate, justo debajo de la foto de la autora, lee sobre su formación académica, sus impresionantes títulos, incluso el título de su tesis doctoraclass="underline" Expresionismo abstracto: pintar con el cuerpo.
Entonces es cuando se le ocurre. La idea perfecta.
Ahora lo único que tiene que hacer es aplicarla al dúo que ha estado planeando.
Se acerca la caja de cartón con postales gastadas y fotos. Esta vez las repasa con cuidado, con meticulosidad, una por una. Y no tarda demasiado en encontrar lo que necesita. Las imágenes perfectas. La idea perfecta.
Los dedos enguantados le tiemblan de la emoción mientras coloca las imágenes una al lado de otra.
¿Está claro?
Oh, cielos, si estuviera más claro…
Floyd Brown no sonreía, ni en la foto ni en la vida real.
Ahí estaban, él y McKinnon, ella con su traje de fiesta y él de esmoquin. Y Henry Kissinger.
La foto, recortada con cuidado de la página de sociedad del New York Times, estaba clavada con una chincheta en el tablón de anuncios de la comisaría.
Katherine McKinnon Rothstein, Floyd Brown, Jr. y Henry Kissinger en la fiesta de beneficencia de Hágase el Futuro celebrada en el Plaza.
Le habían estado haciendo bromas, lanzando indirectas y comentarios jocosos todo el día.
– ¿Qué tal Henry?
– Dale recuerdos a Hank.
– Bonito esmoquin.
– Tú y McKinnon, ja, ja, ja.
Al siguiente que le dijera algo le soltaba un sopapo. Brown arrancó la foto. Estuvo a punto de arrugarla, pero se lo repensó. Al fin y al cabo ahí estaba al lado de Henry Kissinger. Brown sonrió y rápidamente se guardó la foto en el bolsillo. Al menos a Vonette le haría ilusión.
– ¡Brown! -El uniformado que gritó su nombre estaba al final de un pasillo largo y oscuro, justo fuera del despacho de Mead, y se dirigía a él a toda velocidad.
«Si este tío dice una palabra, una sola palabra sobre esa foto, es hombre muerto», pensó Brown.
– Brown. -El joven se detuvo de golpe, jadeando-. Mead quiere que suba a la sala de reuniones del tercer piso lo antes posible.
La bolsa de plástico del correo de Kate dominaba el centro de la larga mesa de reuniones. Cuando Brown entró, Slattery le estaba tendiendo un gran sobre al uniformado.
– Al laboratorio -indicó Slattery-. Dile a Hernandez que es urgente. Huellas y fibras. En el interior y en el exterior.
Kate estaba inclinada sobre la imagen que acababa de recibir, con las gafas de leer puestas y el ceño fruncido.
Mead estaba a su lado, lupa en mano.
– ¿Cómo lo interpreta? ¿Cree que…?
– Por favor -dijo Kate al tiempo que levantaba una mano para silenciarlo-. Espere un momento.
Había dos imágenes. Una alta, vertical; la otra casi cuadrada. Ambas contenían unas figuras vagas pero pintadas con desenfreno en unos tonos rosas viscerales y rojos hemoglobina, con toques de carmesí y morado.
– Parece un baño de sangre -dijo Slattery.
– Chist. -Kate se recogió el pelo detrás de las orejas-. Bueno, para empezar son dos cuadros pegados uno al lado del otro. Los dos son de Willem de Kooning, el gran pintor expresionista abstracto americano.
– Pues no rae parecen tan maravillosos -opinó Slattery.
– Lo son -dijo Kate-. Créame.
– No parecen americanos -apuntó Brown.
– Es holandés -explicó Kate intentando ser paciente-. Pero vivió y trabajó en este país.
Mead se quejó porque estaba ansioso.
– Pero ¿qué significan?
– Si no se callan un par de minutos… para dejarme pensar -dijo Kate al tiempo que les dedicaba una mirada asesina a cada uno de ellos.
Mead se echó hacia atrás.
– Perdón -se disculpó Slattery.
A cierta distancia se oían pasos, teléfonos, sirenas. Pero la sala de reuniones se había quedado en silencio.
Transcurrió un minuto. Kate permaneció encorvada sobre las imágenes. Daba la impresión de que la brigada contenía el aliento de forma colectiva.
– A lo mejor es preferible que empiece a hacer asociaciones libres -dijo Kate al final-. De Kooning. Expresionismo abstracto. Dos imágenes. Dos cuadros. -Se calló un momento, observó la pared en la que estaban las fotos de las escenas de los crímenes-. Dos cuadros. ¡Dos víctimas! Esta vez debe de ir a por dos personas. ¡Dios mío!
– ¿Está segura? -preguntó Mead mientras toqueteaba el móvil.
– No. Pero creo que es una posibilidad. Le reté a que fuera claro, ¿no? Es la primera vez que nos da dos imágenes, una al lado de otra. Y son dos siluetas. Dos personas. Supongo que todo lo que haga ahora tiene que tomarse al pie de la letra.
– Mierda -musitó Mead entre dientes.
– Voy a necesitar mis libros de arte -dijo Kate-. Quiero ver los títulos de estas dos obras, toda la información pertinente.
– Podemos probar en Internet -sugirió Slattery.
– Puede ser -dijo Kate-. Aunque no estoy segura de que estos cuadros estén ahí. No son demasiado conocidos.
Mead ya tenía un coche patrulla al otro lado de la línea.
– Tengo un coche en Central Park West con la calle Dieciocho -anunció-. Pueden estar en su apartamento en unos minutos. -Le pasó el teléfono a Kate.
– De acuerdo -dijo-. No asusten al portero, ni a mi asistenta. Cuando estén dentro, les indicaré cómo llegar a los libros.
Al cabo de un minuto, Kate los guió hasta la biblioteca y especificó los dos libros que necesitaba.
– Estarán aquí enseguida -informó, al tiempo que le pasaba el teléfono a Mead-. Depende del tráfico. -Volvió a centrarse en las dos imágenes-. Aquí debe de estar todo. Claro, obvio. Ése era mi reto.
– ¿Y si no aceptó el reto? -preguntó Slattery.
– Entonces estamos perdidos -afirmó Kate-. Pero apostaría lo que fuera a que sí lo ha aceptado. -Miró de un cuadro a otro, respiró hondo-. Maldita sea, estoy atascada. Ahora sí que pueden empezar a hacerme preguntas… cualquier cosa para que el cerebro me empiece a funcionar.
– Bueno, más o menos veo las dos figuras -dijo Slattery-. Pero no lo entiendo, son un revoltijo, lo llenan todo. ¿De qué va?
– Vale -dijo Kate-. A ver si soy capaz de resumirlo. El artista, De Kooning, quiere que el espectador sienta que el cuadro empieza a existir, como si lo pintara delante de sus ojos.
– Oh. Sí. Eso más o menos lo entiendo -dijo Slattery-. Por cómo la pintura está arremolinada y gotea, ¿no?
– Eso -corroboró Kate-. Las figuras surgen durante el acto pictórico, surgen del subconsciente del artista, surgen de la pintura. Cobran vida. -Kate se puso a caminar de un lado a otro-. ¿Qué más? ¿Qué más? -Se dio un toquecito en el labio, se pasó la mano por el pelo-. De Kooning formaba parte del expresionismo abstracto. Jackson Pollock. Franz Kline. Esos artistas se dedican sobre todo al proceso. El momento de la creación. El cuadro es una extensión de su cuerpo. -Se quedó callada-. Un momento. ¡Joder! Ése era el tema de mi tesis doctoraclass="underline" la pintura como extensión del cuerpo.
– ¿Cómo puede ser que lo sepa? -preguntó Brown.
– Lo dice en la contraportada del libro, y pueden estar convencidos de que él tiene un ejemplar. -En la mente de Kate se formó una idea; su rostro adoptó una expresión de conmoción-. Dios mío. Se me acaba de ocurrir una idea horrible, que me va a demostrar lo claro que puede ser, que va a ilustrar mi puñetera tesis.
– ¿A qué se refiere? -preguntó Brown.