El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
– ¿Qué pasa? -preguntó Frank.
Antes de que pudiera explicárselo, Bobby vio a alguien acercarse de verdad en dirección a ellos a través de la lluvia cegadora. Era una figura sombría, no Lisa, un hombre, y estaba sólo a unos veinte metros.
No estaba allí un momento antes.
– Es él -dijo Frank.
Incluso a aquella distancia el individuo parecía grande. Los descubrió y se volvió hacia ellos.
– Salgamos de aquí, Frank -dijo Bobby.
– No puedo hacerlo a voluntad. Ya lo sabes.
– Entonces, corramos -le apremió Bobby. Y arrastró consigo a Frank hacia la caseta abandonada de los socorristas.
Pero después de unos cuantos pasos vacilantes por la arena, Frank se detuvo y dijo:
– No, no puedo. Estoy exhausto. Voy a tener que rezar para salir disparado de aquí a tiempo.
Frank parecía estar peor que exhausto. Parecía medio muerto.
Bobby se volvió otra vez hacia Candy y vio que el siniestro hermano avanzaba por la húmeda y mullida arena mucho más aprisa que ellos, aunque no sin cierta dificultad.
– ¿Por qué no se «teletransporta» desde allí hasta aquí en un instante y nos aplasta?
El horror de Frank ante la aproximación de su Némesis fue tal que pareció haber perdido el habla. No obstante, las palabras salieron de él junto con su respiración anhelante:
– Los vuelos cortos, menores de unos centenares de metros, no son posibles. Ignoro por qué.
Tal vez si el viaje fuera demasiado corto la mente tendría una fracción de segundo menos que el mínimo requerido para descomponer y reconstruir por completo el cuerpo. Aunque Candy no pudiera «teletransportarse» a través del trecho que los separaba, les daría alcance en pocos segundos.
El hombre distaba veinte metros y, aproximándose, era un monstruo macizo, con un cuello lo bastante recio para aguantar un coche en equilibrio sobre la cabeza y unos brazos que le darían toda la ventaja en la lucha con un autómata industrial de cuatro toneladas. Su pelo rubio era casi blanco. Su rostro ancho, de facciones afiladas… y tan cruel como la cara de aquellos psicópatas que disfrutan prendiendo fuego a las hormigas con una cerilla y probando los efectos de la lejía en los perros del vecindario. Mientras avanzaba a través de la tormenta, despidiendo arena negra con cada pisada, pareció más bien un demonio hambriento de almas humanas.
Aferrando la mano de su cliente, Bobby dijo:
– Por amor de Dios, Frank, salgamos de aquí.
Cuando Candy estaba lo bastante cerca para que Bobby viera sus ojos azules, unos ojos tan llenos de salvajismo y malevolencia como los de una serpiente cascabel, dejó escapar un rugido de triunfo. Y se abalanzó sobre ellos.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
La pálida luz matinal se coló desde un cielo claro en el angosto callejón entre dos edificios ruinosos, tan inmersos en la inmundicia de la decrepitud que era imposible determinar qué material se había usado para construir sus paredes. Bobby y Frank estaban de pie, hundidos hasta las rodillas en la basura que había sido arrojada desde las ventanas de los edificios y se descomponía progresivamente hasta formar un apestoso cieno que humeaba como un montón de estiércol. Su mágica llegada había sorprendido a una colonia de cucarachas, que huían raudas de ellos, e interrumpido el desayuno de un enjambre de moscas gordas, negras y peludas. Varias ratas lustrosas se habían sentado sobre sus cuartos traseros para ver lo que había llegado a ellas.
Los inquilinos de ambas viviendas tenían algunas ventanas abiertas de par en par, otras cubiertas con lo que parecía hule, y ninguna con cristal. Aunque no se veía a nadie, llegaban voces, desde las habitaciones, detrás de las vetustas paredes, alguna risa que otra, discusiones coléricas, y un cántico monótono parecido a un mantra, procedente del segundo piso del edificio a la derecha. Todo en una lengua extranjera que Bobby no conocía, aunque sospechaba que podrían hallarse en la India, quizá Bombay o Calcuta.
A causa del inevitable hedor que, por comparación, hacía que la peste de un matadero pareciera un nuevo perfume de Calvin Klein, y a causa de las zumbadoras moscas muy interesadas en las bocas abiertas y las fosas nasales, Bobby no se atrevió a respirar. Se asfixió, se llevó la mano libre a la boca, todavía sin respirar y temió perder el conocimiento y caer de bruces sobre el vil y humeante estercolero.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
En un lugar de quietud y silencio los rayos del sol vespertino atravesaron las ramas de mimosa y llenaron el suelo de motas doradas. Los dos aparecieron de pie en una pasarela roja oriental, sobre un estanque koi en un jardín japonés, donde los escultóricos bonsai y otras plantas delicadas estaban distribuidos artísticamente entre caminos de gravilla.
– ¡Ah, sí! -exclamó Frank con una mezcla de asombro, placer y alivio-. También viví aquí durante algún tiempo.
Estaban solos en aquel jardín. Bobby observó que Frank se materializaba siempre en lugares recogidos donde era improbable que se le viera hacerlo, o cuando se daban circunstancias determinadas, como un aguacero, que podían garantizarle que incluso un lugar público como una playa estuviera convenientemente desierto. Además de la ardua tarea de descomposición, viaje y reconstrucción, su mente era también capaz de explorar el terreno y elegir un discreto punto de llegada.
– Fui el huésped que residió más tiempo entre ellos -dijo Frank-. Es una tradicional posada japonesa, a las afueras de Kyoto.
Bobby observó que ambos estaban totalmente secos. Su ropa estaba arrugada, necesitaba un buen planchado, pero cuando Frank los había descompuesto en Hawai no había «teletransportado» las moléculas del agua que había empapado sus ropas y su pelo.
– Aquí todos fueron muy amables -continuó Frank-. Respetaron mi intimidad y, no obstante, fueron muy atentos y afables. -Se mostró soñador y fatigado, como si quisiera dar fin allí a su viaje, aunque ello significase morir a manos de su hermano.
Bobby sintió alivio al comprobar que Frank no se había traído consigo ni una partícula del cieno del callejón de Calcuta, o lo que fuera aquello. Los zapatos y los pantalones de ambos estaban limpios.
Entonces, descubrió algo en la punta de su zapato derecho. Se inclinó hacia delante para examinarlo.
Una de las cucarachas de aquel inmundo callejón formaba parte ahora del calzado de Bobby. Una de las mayores ventajas de ser profesional liberal era el verse libre de corbatas y zapatos incómodos, así que él llevaba, como siempre, unos Rockport superdeportivos, y la cucaracha no estaba sólo adherida al cuero amarillento sino que surgía de él, ¡fundida con él! El animal no pataleaba, había muerto a todas luces, pero estaba allí, o al menos parte de él; al parecer, algunos trozos se habían quedado por el camino.
– Pero hemos de seguir moviéndonos -dijo Frank, haciendo caso omiso de la cucaracha-. El intentará seguirnos. Necesitamos despistarle si…
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
Se encontraban en un lugar alto, una senda escabrosa, con un increíble panorama a sus pies.
– El monte Fuji -explicó Frank, no como si hubiese sabido adonde iban sino como si estuviera agradablemente sorprendido de hallarse allí-. Más o menos a mitad de camino hacia la cima.
A Bobby no le interesó la vista exótica ni le molestó lo helado del aire. Tan sólo le preocupó el descubrir que la cucaracha no formaba parte ya de su zapato.
– Antaño los japoneses creían que el Fuji era sagrado. Supongo que lo creen todavía, o por lo menos algunos de ellos. Y resulta fácil ver por qué. Es magnífico.
– ¿Qué ha sucedido con la cucaracha, Frank?
– ¿Qué cucaracha?
– Había una cucaracha incrustrada en el cuero de este zapato. La descubrí cuando estábamos en aquel jardín. Evidentemente, la trajiste desde aquel repugnante callejón. ¿Dónde está ahora?
– No lo sé.
– ¿No dejarías caer sus átomos a lo largo del camino?