El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Luego, un trino aflautado rompió el silencio.
– ¡Frank! -gritó, tranquilizado, Bobby. Y al volverse, una ráfaga de viento apestoso lo zarandeó.
Mientras el trino frío y hueco levantaba ecos otra vez en el cráter, hubo un cambio sutil en el matiz de la luz que surgía de la nave. Ahora, los millares de diamantes rojos se elevaron del suelo ceniciento y siguieron a los insectos hacia arriba, despidiendo destellos acá y acullá; había tantos que Bobby creyó hallarse bajo una lluvia de sangre.
Otro remolino de aire maloliente levantó una polvareda cenicienta, reduciendo la visibilidad, y Bobby se volvió en todas direcciones esperando ansiosamente la llegada de Frank. Entonces, pensó que tal vez no fuera Frank sino el hermano.
El trino se dejó oír por tercera vez y la ventolera subsiguiente arrastró consigo el polvo, lo que le permitió ver que Frank se hallaba a tres metros escasos de él.
– ¡Gracias a Dios!
Cuando Bobby se adelantaba, la luz nacarada sufrió un segundo cambio sutil. Apenas alargó la mano a Frank, sintió que se hacía ingrávido. Miró hacia abajo y vio que sus pies se elevaban del suelo del cráter.
Frank le cogió la mano extendida y se la apretó.
Bobby no se había sentido nunca mejor que al notar el firme apretón de Frank. Entonces, se dio cuenta de que Frank se había elevado también del suelo. Obedeciendo a una fuerza de atracción ambos ascendieron en la estela de los insectos y los diamantes, hacia el vientre de la nave alienígena, hacia sólo Dios sabía qué pesadilla.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
Se encontraron de nuevo en la playa de Punaluu, con una lluvia más torrencial que antes.
– ¿Dónde estaba ese último lugar? -preguntó Bobby, asiendo todavía a su cliente.
– No lo sé -respondió Frank-. Me asusta no poco, ¡es tan extraño…! Pero a veces me parece sentirme atraído hacia allí.
Bobby aborreció a Frank por haberle llevado allí, y le adoró por haber vuelto en su busca. Cuando gritó por encima de la lluvia no había adoración ni odio en su voz, sólo histeria o algo parecido.
– Pensé que podías viajar tan sólo a lugares en donde ya hubieras estado.
– No, forzosamente. De cualquier modo, he estado antes allí.
– Pero, ¿cómo fuiste allí la primera vez? Es un mundo distinto, no puede haberte sido familiar, ¿me equivoco, Frank?
– No lo sé. No entiendo nada de esto, Bobby.
Aunque estaba frente a Frank, Bobby tardó un rato en percibir lo mucho que se había deteriorado el aspecto de su cliente desde que ambos fueran «teletransportados» cuando estaban en las oficinas de Dakota amp; Dakota: el diluvio le había calado otra vez hasta los tuétanos dejando su ropa en un estado lastimoso; pero no era sólo la lluvia lo que le hacía parecer desaliñado, abatido y enfermo. Los ojos se le habían hundido aún más, la cara alrededor de ellos estaba amoratada como si le hubiesen pintado dos redondeles con betún negro y tenía un color amarillento, como si hubiese contraído ictericia. La piel estaba lívida, de un gris mortecino, y los labios, azules como si le fallara el sistema circulatorio. Sintiéndose culpable por haberle gritado, Bobby le puso la mano libre en el hombro y le dijo que lo sentía, que todo iba bien, que los dos seguían luchando en el mismo bando de aquella guerra y que todo tendría un final feliz… siempre que Frank no los llevara otra vez al cráter.
Frank dijo:
– A veces creo estar en contacto con las mentes de esas gentes…, quienesquiera que sean las criaturas de la nave.
Ahora, se apoyaron uno contra otro, frente contra frente, buscando ayuda mutua en su agotamiento.
– Quizá yo tenga otro don que me sea desconocido, pues en toda mi vida no había percibido mi facultad para el «teletransporte» hasta que Candy me acorraló en un rincón e intentó matarme. Quizá tenga algo de telepatía. Quizá la longitud de onda de mis funciones telepáticas sea la misma que la de las actividades cerebrales de esa raza. Quizá yo los sienta aunque se encuentren a miles de millones de años luz. Quizá sea ésa la razón de que experimente cierta atracción hacia ellos.
Apartándose unos centímetros de Frank, Bobby miró largamente sus ojos entristecidos. Luego, sonrió y, pellizcándole la mejilla, dijo:
– Escucha, diablo, has cavilado ya lo tuyo sobre eso, ¿verdad? Has hecho trabajar a la vieja calabaza, ¿eh?
Frank sonrió.
Bobby rió.
Por fin, los dos rieron juntos, sosteniéndose uno a otro, y su risa era en parte sana, para aliviar la tensión, pero en parte traducía las carcajadas enloquecidas que habían perturbado poco antes a Bobby.
Agarrándose a su cliente, le dijo:
– Mira, Frank, tu vida es caótica, vives en el caos y no puedes continuar así. Esto va a destruirte.
– Lo sé.
– Has de buscar algún medio para poner término a esto.
– No hay medio alguno.
– Has de intentarlo, compadre, has de intentarlo. Ningún ser humano podría soportar esto. Yo no podría vivir así ni un día, ¡y tú lo has hecho durante siete años!
– No. La mayor parte de ese tiempo no ha sido tan mala. Se ha acelerado últimamente, hace pocos meses.
– Hace pocos meses… -repitió, caviloso, Bobby-. ¡Qué diablos! Si no damos esquinazo a tu hermano, y volvemos a la oficina y salimos de este carrusel en los próximos minutos, juro por Dios que voy a estallar. Escucha, Frank, yo necesito orden, orden y estabilidad, ambiente familiar. Necesito saber que lo que haga hoy será decisivo para determinar dónde estoy, quién soy y qué tengo para demostrarlo mañana. Una grata progresión ordenada, Frank, causa y efecto, lógica y razón.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
– ¿Cuánto?
– Veintisiete… casi veintiocho minutos.
– ¿Dónde diablos estarán?
– Óyeme, Julie -dijo Clint-. Deberías sentarte. Estás temblando como una hoja y no tienes buen color.
– Me encuentro muy bien.
Lee Chen le alargó un vaso de whisky.
– Toma un trago.
– No.
– Te aliviaría -dijo Clint.
Ella le arrebató el vaso a Lee, lo vació de un par de tragos y se lo puso otra vez en la mano.
– Iré a por otro -dijo él.
– Gracias.
Desde el sofá, Jackie Jaxx dijo:
– Escuchad, ¿va a denunciarme alguien por esto?
Julie se dijo que el hipnotizador había cesado de gustarle. Le aborrecía tanto como le había aborrecido cuando le conocieron en Las Vegas y aceptaron su caso. Quería partirle el cráneo, aunque sabía que ese impulso era irracional, que el hombre no había causado la desaparición de Bobby… ¡Así y todo, quería partírselo! Era el lado impulsivo de su personalidad, el lado volcánico del que no se sentía orgullosa. Pero no siempre podía controlarlo porque era parte de su estructuración genética o bien, como sospechaba Bobby, una propensión a la respuesta violenta que se había iniciado durante su niñez, el día en que un psicópata drogado mató brutalmente a su madre. De una u otra forma, ella sabía que Bobby rechazaba a veces ese lado oscuro de su naturaleza por mucho que amara todo lo demás. Por eso, hizo un trato con Bobby y con Dios: «Escúchame, Bobby, dondequiera que estés, y Tú también, Señor, escúchame: si esto acaba bien, si puedo tener otra vez conmigo a mi Bobby, prometo no ser así nunca más, no querer partirle el cráneo a Jackie ni a nadie, pasaré una nueva página, juro que lo haré, sólo haz que Bobby vuelva sano y salvo a mí».
Ambos aparecieron otra vez en una playa, pero ésta tenía una arena blanca algo fosforescente en la naciente oscuridad. La playa desaparecía en ambas direcciones bajo una niebla bastante densa. No llovía, y el aire no era tan tibio como el de Punaluu.
Bobby tembló con el aire fresco y húmedo.