El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
– ¡Frank! -gritó. Y cuando se volvió para mirar el camino por donde había venido vio que Frank le seguía a pocos pasos con la espalda encorvada como si fuera un anciano incapaz de soportar el ímpetu de la lluvia o como si la excesiva humedad le hubiese reblandecido la espina dorsal-. Maldita sea, Frank, ¿dónde estamos?
Frank se detuvo, enderezó un poco la espalda e irguiendo la cabeza le dirigió una mirada estúpida.
– ¿Qué?
Alzando aún más la voz para hacerse oír por encima del tumulto, Bobby repitió:
– ¿En dónde estamos?
Señalando a la izquierda de Bobby, Frank indicó una estructura enigmática, anegada en lluvia, que se alzaba cual antiquísimo altar de una religión muerta hacía mucho, quizá a treinta metros en la playa negra.
– ¡Caseta de socorristas! -Luego, señaló en dirección contraria hacia un gran edificio de madera, bastante más alejado pero menos misterioso porque su tamaño lo hacía fácil de ver-. Restaurante. Uno de los más populares de la isla.
– ¿Qué isla?
– La isla grande.
– ¿Qué isla grande?
– Hawai. Estamos en la playa de Punaluu.
– Aquí es adonde se suponía que Clint me llevaría -dijo Bobby. Se rió. Pero fue una risa tan extraña y salvaje que él mismo se asustó. De modo, que se calló.
Frank dijo:
– La casa que compré y abandoné está allí detrás. -Y señaló en la dirección por donde habían venido-. Da a un campo de golf. Me encantaba el lugar. Allí fui feliz durante ocho meses. Luego él me encontró. Necesitamos largarnos de aquí, Bobby.
Frank dio unos pasos hacia Bobby, fuera de la zona pulpácea, para pasar a la zona de la playa en que la arena era más compacta.
– Detente ahí -ordenó Bobby cuando Frank llegó a unos dos metros de él-. No te acerques más.
– Escucha, Bobby, tenemos que irnos ahora mismo. Me es imposible hacer el «teletransporte» cuando lo deseo. Eso sucede de improviso, pero por lo menos debemos abandonar esta parte de la isla. Él sabe que yo viví aquí. Está familiarizado con esta comarca. Y tal vez nos haya seguido.
La cólera desatada en Bobby no se enfriaba con la lluvia; todavía era más virulenta.
– ¡Bastardo embustero!
– Es la verdad -dijo Frank a todas luces sorprendido por la vehemencia de Bobby. Ahora ambos estaban ya lo bastante cerca uno de otro para conversar sin gritar, pero Frank siguió hablando más alto que de costumbre para hacerse oír por encima del estrepitoso diluvio-. Candy llegó aquí detrás de mí, y tenía un aspecto más horrible que nunca, más maligno. Irrumpió en mi casa con un bebé, un niño de sólo unos meses que había secuestrado en alguna parte, probablemente después de matar a sus padres. Mordió la garganta de aquella pobre criatura, Bobby, luego se rió y me ofreció su sangre para burlarse de mí. Porque él bebe sangre ¿sabes? Ella le enseñó a beber sangre y él disfruta ahora haciéndolo. Como no quise acompañarle arrojó al bebé a un lado y vino a por mí… pero yo… viajé.
– No quise decir que mintieras acerca de él. -Una ola rompió más cerca que las otras y bañó los pies de Bobby dejando unos efímeros arabescos de espuma, como encaje, sobre la arena negra-. Quiero decir que nos mentiste acerca de tu amnesia. Recuerdas todo. Sabes exactamente quién eres.
– No, no. -Frank movió la cabeza y negó con las manos-. Yo no lo sabía. Estaba en blanco. Y quizá lo esté otra vez cuando cese de viajar y me asiente en alguna parte.
– ¡Especie de mierda mentirosa! -gritó Bobby.
Y, agachándose, cogió un puñado de arena húmeda y con furia ciega se lo lanzó a Frank, luego otros dos, y dos más. Entonces comprendió que se estaba comportando como un niño que coge una rabieta.
Frank retrocedió ante la arena húmeda, pero esperó pacientemente a que pasara el arrebato de Bobby.
– Esta no es tu forma de actuar -dijo, cuando Bobby se cansó al fin.
– ¡Al diablo contigo!
– Tu furor es desmedido, no responde a lo que imaginas que te he hecho.
Bobby sabía que era cierto. Después de limpiarse las manos en la camisa e intentar recobrar el aliento, comenzó a comprender que no le enfurecía Frank sino lo que Frank representaba para él. Caos. El «teletransporte» era un viaje por la casa de los espantos en donde ni los monstruos ni los peligros eran ilusorios, en donde las constantes amenazas de muerte eran serias, en donde lo de arriba estaba abajo y lo de dentro fuera. Caos. Ambos habían cabalgado a lomos de un toro llamado Caos y él había quedado aplanado, horrorizado.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Frank.
Bobby asintió.
Aquí había algo más que miedo. En un estrato más profundo que el intelecto o incluso el instinto, quizá tan profundo como el alma misma, Bobby se había ofendido por ese caos. Hasta ahora, él no había percibido lo mucho que necesitaba la estabilidad y el orden. Siempre se había visto a sí mismo como un espíritu libre que medraba con el cambio y lo imprevisto. Pero ahora veía que aquello tenía unos límites y que tras la actitud desenfadada que afectaba a veces, latía el corazón de un tradicionalista amante de la estabilidad. De pronto comprendió que su pasión por la música swing tenía unas raíces de las que no se había apercibido nunca: los elegantes y complejos ritmos y las melodías de las grandes orquestas de jazz atraían al buscador secreto del orden que anidaba en su corazón. No era extraño que le gustasen los dibujos animados de Disney en donde el pato Donald solía correr alocado y Mickey solía enzarzarse con Pluto pero, en última instancia, triunfaba el orden. No estaba hecho para él ese universo caótico de los Looney Tunes de Warner Brothers en donde la razón y la lógica tenían raras veces más de una victoria pasajera.
– Lo siento, Frank -dijo, al fin-. Concédeme un segundo. Seguramente éste no es el lugar indicado para eso, pero estoy teniendo una epifanía.
– Escúchame, Bobby, por favor, estoy diciéndote la verdad. Evidentemente, puedo recordar todo cuando viajo. El mismo hecho de viajar derriba el muro que bloquea mi memoria, pero apenas me detengo el muro se alza de nuevo. Eso es parte de la degeneración que estoy padeciendo, creo yo. O tal vez sea sólo la necesidad apremiante de olvidar lo que me ha sucedido en el pasado, lo que me está sucediendo ahora y lo que, tan cierto como que hay infierno, me sucederá en los días por venir.
Aunque no soplaba el menor viento, las rompientes se fueron haciendo más grandes y profundizaron en la playa. El agua rodeó las pantorrillas de Bobby y, al retroceder éste, los pies se le hundieron en la arena volcánica.
Esforzándose por explicarse, Frank dijo:
– Fíjate, viajar no resulta tan fácil para mí como lo es para Candy. Él puede controlar su marcha hacia el punto de destino y el momento adecuado. Él puede viajar con sólo decidir hacerlo, le basta el deseo de ir a algún sitio, como sugeriste que podría hacer yo. Pero no puedo. Mi talento para el «teletransporte» no tiene nada de talento, es más bien una maldición. -Su voz empezó a temblar-. Hace sólo siete años que me enteré de esa facultad mía, el día en que murió esa perra. Todos cuantos procedemos de su seno estamos malditos, no podemos escapar a ello. Pensé poder escapar de alguna manera matándola, pero eso no me liberó.