El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Tras los acontecimientos de aquella última hora, Bobby había creído que nada podría sorprenderle, pero la confesión de Frank le dejó atónito. Aquel hombre patético y rechoncho, de mirada triste y facciones cómicas parecía un matricida muy improbable.
– ¿Mataste a tu propia madre?
– No te preocupes por ella. No tenemos tiempo para ella. -Dicho esto, Frank miró hacia la maleza de donde había venido y luego a ambos lados de la playa, pero los dos siguieron solos bajo el aguacero-. Si la hubieses conocido, habrías sufrido bajo su mano -dijo, con voz temblorosa de cólera-. Si hubieses conocido las atrocidades de que ella era capaz, también habrías cogido un hacha y la habrías destruido.
– ¿Cogiste un hacha y le diste cuarenta golpes a tu madre?
Una vez más, Bobby emitió aquel sonido disparatado, aquella risa tan húmeda como la lluvia pero no tan cálida, y una vez más se asustó de sí mismo.
– Descubrí que podía «teletransportarme» cuando Candy me acorraló en una esquina y se dispuso a matarme por haberla matado. Sólo así puedo viajar… cuando se trata de la supervivencia.
– Nadie te estaba amenazando anoche, en el hospital.
– Bueno, fíjate, cuando empiezo a viajar mientras duermo, tal vez crea que intento escapar de Candy en una pesadilla, y eso activa el «teletransporte». Viajar siempre me despierta pero entonces no puedo detenerme, voy saltando de un lugar a otro, unas veces deteniéndome unos segundos, otras una hora o más, y eso queda al margen de mi control, voy saltando de acá para allá como si estuviera dentro de un maldito billar automático cósmico, lo cual me agota. Me está matando. Tú mismo puedes ver cómo me está matando.
La persistencia de Frank y el estruendo entumecedor e incesante de la lluvia aplacaron la furia de Bobby. Frank todavía le atemorizaba por representar un potencial para el caos, pero el enfado se le pasó.
– Hace años -continuó Frank-, los sueños empezaron a hacerme viajar quizás una vez al mes, pero la frecuencia aumentó de forma gradual, y en estas últimas semanas sucede casi cada vez que me echo a dormir. Y ahora, cuando reaparezcamos en tu oficina o dondequiera que el episodio culmine, tú recordarás hasta el último detalle de lo que nos ha ocurrido pero yo no. Y no sólo porque quiera olvidar sino también porque lo que sospechabas es cierto: no siempre me reconstituyo sin cometer errores.
– Tu confusión mental, la pérdida de facultades intelectuales y tu amnesia… son síntomas de esos errores.
– Exacto. Cada vez que viajo, estoy seguro, hay una reconstrucción defectuosa, nada dramático en ninguno de los viajes, pero los efectos van en aumento… acelerado. Tarde o temprano la situación será crítica y, una de dos, o moriré o experimentaré algún esotérico derretimiento biológico. El recurrir a ti fue inútil, por muy experto que seas en tu profesión, porque nadie puede ayudarme. ¡Nadie!
Bobby, que había llegado ya a aquella conclusión, sintió, no obstante, curiosidad.
– ¿Qué hay acerca de tu familia, Frank? Tu hermano tiene poder para desintegrar los coches, para hacer añicos las farolas y puede «teletransportarse». ¿Y qué es ese asunto de los gatos?
– Mis hermanas, las mellizas, tienen ese don con los animales.
– ¿Y cómo es que todos vosotros poseéis esas… facultades? ¿Quiénes fueron tu madre y tu padre?
– Ahora no tenemos tiempo para eso, Bobby. Más tarde. Intentaré explicártelo más tarde. -Frank le tendió la mano herida que había cesado de sangrar-. Puedo salir disparado de aquí en cualquier momento y, si es así, tú quedarás desamparado.
– No, gracias -dijo Bobby, rechazando la mano de su cliente-. Llámame carcamal cagón si quieres, pero prefiero un avión. -Se tanteó el bolsillo trasero del pantalón-. Llevo encima mi cartera, tarjetas de crédito. Mañana mismo puedo regresar a Orange County sin necesidad de exponerme a llegar allí con mi oreja izquierda ocupando el lugar de mi nariz.
– Pero, probablemente, Candy nos seguirá, Bobby. Si estás aquí cuando aparezca, te matará.
Bobby se volvió hacia la derecha y empezó a caminar hacia el distante restaurante.
– No temo a nadie llamado Candy.
– Pues deberías temerlo -dijo Frank, cogiendo su brazo para detenerlo.
Soltándose con violencia, como si el contacto con su cliente equivaliera a contraer la peste bubónica, Bobby preguntó:
– Y, en definitiva, ¿cómo podría seguirnos él?
Cuando Frank escrutó otra vez la playa, inquieto, Bobby pensó que tal vez a causa de la estruendosa lluvia y de los estampidos concomitantes de las rompientes, podían no haber oído los sonidos aflautados indicadores de la llegada inminente de Candy.
– Algunas veces -dijo Frank-, cuando él toca algo que tú has tocado poco antes, ve tu imagen en su pensamiento y algunas veces puede ver adonde has ido después de haber soltado el objeto, y entonces puede seguirte.
– Pero yo no he tocado nada de la casa.
– Has estado de pie sobre el césped del patio trasero.
– ¿Y qué?
– Si encuentra el lugar donde la hierba está pisoteada, si encuentra el lugar donde nos detuvimos, pondrá los dedos sobre la hierba y nos verá, verá este lugar y vendrá a por nosotros.
– Por amor de Dios, Frank, haces parecer sobrenatural a ese tipo.
– Y es lo más próximo a eso.
Bobby estuvo a punto de decir que se arriesgaría con el hermano Candy cualesquiera fuesen sus poderes deíficos. Pero, entonces, recordó lo que le habían contado los Phan sobre los bárbaros asesinatos de la familia Farris. También recordó a la familia Román, sus cuerpos socarrados para encubrir las rasgaduras sangrantes que habían dejado los dientes de Candy en sus gargantas. Rememoró lo que le dijera Frank sobre la sangre fresca de un bebé vivo que le había ofrecido Candy, puntualizado por el terror indescriptible en los ojos de Frank al decirlo, y pensó en el inexplicable sueño profético que había tenido sobre la «cosa malévola». Por fin, dijo:
– Vale, está bien, si él aparece y si puedes salir de aquí antes de que nos mate a los dos, será mejor que te acompañe; te cogeré de la mano pero sólo si caminamos hasta el restaurante, pedimos un taxi y nos ponemos en marcha hacia el aeropuerto. -Cogió a regañadientes la mano de Frank-. Tan pronto como salgamos de esta zona, la soltaré.
– Conforme -dijo Frank-. Me parece bien.
Entre guiños ante los embates de la lluvia, ambos se encaminaron hacia el restaurante. Su estructura, que se alzaba quizás a ochenta metros de allí, parecía estar hecha de madera grisácea deteriorada por la intemperie y mucho cristal. Bobby creyó ver algunas luces tenues, pero no estaba seguro pues los grandes ventanales estaban pintados, sin duda, y la poca luz que se filtrase por allí quedaría casi oculta tras los velos de lluvia.
Cada tres o cuatro olas, una mucho mayor que las precedentes profundizaba mucho más en la playa y golpeaba alrededor de sus piernas con la fuerza suficiente para hacerles perder el equilibrio. Ambos caminaron hacia la parte superior de la playa, lejos de las rompientes, pero allí la arena era más blanda, se les metió en los zapatos e hizo más trabajoso su avance.
Bobby pensó en Lisa, la rubia recepcionista de los laboratorios Palomar. Se la imaginó andando por la playa, dándose un paseo absurdamente romántico bajo la tibia lluvia con cualquier tipo que la hubiese traído a la isla; imaginó su expresión cuando le viera deambulando por la playa cogido de la mano de otro hombre y engañando a Clint,
Esta vez su risa no tuvo nada de asustada.