El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Por un instante, Julie no comprendió lo que había hecho saltar así a Clint. Pero sí que Bobby había visto lo que les había pasado inadvertido a los demás: Frank sangraba por la mano derecha. Bobby no le había puesto la mano encima para darle consuelo; se esforzaba por que Frank soltara la presa que había hecho en el brazo de la butaca, pues al aferrarse así había roto el tapizado vinílico y se había cortado con alguna tachuela suelta.
– ¡Se aproxima! ¡He de huir! -Frank soltó la butaca, asió la mano de Bobby y se levantó arrastrándolo consigo.
Súbitamente, Julie comprendió lo que Clint temía y se levantó tan aprisa que volcó la silla.
– ¡Suéltate, Bobby!
Dominado por el pavor ante la visión de su asesino hermano, Frank lanzó un alarido. Dejando escapar un silbido como el vapor de una locomotora, se desvaneció. Y se llevó detrás a Bobby.
Capítulo 46
Luciérnagas en un vendaval.
Bobby creía flotar en el espacio porque no sabía cuál era la posición de su cuerpo, no sabía decir si estaba tendido, sentado o de pie, cabeza arriba o cabeza abajo, como ingrávido en un inmenso vacío. No tenía sentido del olfato ni del tacto. No podía oír nada. No podía sentir el calor, ni el frío, ni el peso. Lo único que conseguía ver era una infinita negrura que parecía extenderse hasta los confines del universo… y millones de minúsculas luciérnagas, efímeras como pavesas bullendo a su alrededor. En realidad, no estaba seguro de verlas pues no sabía a ciencia cierta si tenía ojos con que mirarlas; era más bien como si… las presintiera, no a través de alguno de los sentidos ordinarios sino mediante una vista interna, el ojo de la mente.
Al principio le dominó el pánico. La carencia sensorial extrema le convenció de que había quedado paralizado, sin sensación en ningún miembro ni centímetro de la piel, abatido por una brutal hemorragia cerebral, sordo, ciego y atrapado para siempre en un cerebro lesionado que había seccionado todas sus conexiones con el mundo exterior.
Luego, se dio cuenta de que se movía, a la deriva por la negrura, no como pensara antes, sino vertiginosamente proyectado a través de ella a una velocidad tremenda, espantosa. Se dio cuenta de que era arrastrado como si fuera una pelusa volando hacia una aspiradora de poder cósmico, mientras a su alrededor las luciérnagas revoloteaban y daban tumbos. Era como estar en un parque de atracciones volando tan alto y tan aprisa que sólo Dios podía haberlo designado para su propio placer, aunque trasladarse en aquella montaña rusa a través de una negrura sin límites intentando gritar no fuera nada placentero, para él.
Cuando cayó sobre el suelo del bosque, se tambaleó y casi se derrumbó sobre Frank, que estaba de pie frente a él asiéndole todavía la mano en un apretón doloroso.
Bobby buscó aire desesperadamente. El pecho le dolía; los pulmones parecían habérsele encogido. Hizo una aspiración profunda, y otra, y luego exhaló de forma explosiva.
Vio la sangre que ahora teñía las manos de ambos. Una imagen de tapizado roto pasó fugazmente por su mente. Jackie Jaxx. Bobby lo recordó.
Cuando intentó desligarse de su cliente, éste le retuvo y dijo:
– Aquí no. No, no puedo arriesgarme a eso. Demasiado peligroso. ¿Por qué estoy aquí?
Bobby inspeccionó el bosque primitivo impregnado por aroma de pinos que le rodeaba, lleno de sombras cada vez más densas a medida que el crepúsculo daba paso a la noche en el mundo. El aire era glacial y las erizadas ramas de las gigantescas coniferas se doblaban bajo el peso de la nieve, pero él no vio nada de horripilante en la escena.
Luego percibió que Frank miraba fijamente más allá de él. Se volvió para descubrir que estaban en el lindero del bosque. Un prado cubierto de nieve ascendía suave detrás de ellos. Arriba había una cabaña de troncos, no una choza rústica de un arquitecto, un retiro vacacional para alguien con una renta muy saneada. Un manto de nieve se extendía sobre el tejado principal, otro sobre el del porche, cada uno decorado con unos flecos de carámbanos que destellaban bajo los últimos rayos de un sol frío. Ninguna luz brillaba en las ventanas ni el humo surgía de ninguna de las tres chimeneas. El lugar parecía abandonado.
– Él está enterado de esto -susurró Frank, todavía aterrorizado-. Lo compré bajo un nombre falso pero él lo descubrió y vino aquí, casi me mató aquí y, seguramente, lo visita con regularidad esperando pescarme otra vez.
Bobby se sintió menos aturdido por aquel frío bajo cero que por el descubrimiento de que había sido «teletransportado» hasta aquella ladera de la sierra. Por fin, recobró la voz y dijo:
– Escucha, Frank, ¿qué significa…?
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
Golpeó el suelo rodando sobre sí mismo, topó con un velador y notó que Frank le soltaba la mano. La mesa se hizo añicos descargando un jarrón y otras piezas decorativas no menos frágiles sobre el suelo de madera dura.
Recibió un fuerte golpe en la cabeza. Cuando se puso de rodillas e intentó levantarse, se sintió demasiado mareado para hacerlo.
Mientras tanto, Frank se había levantado ya y miraba jadeante a su alrededor.
– San Diego. Este era antes mi apartamento. Pero él lo descubrió. Hube de abandonarlo a toda prisa.
Cuando Frank le tendió la mano para ayudarle a levantarse, él la tomó sin pensarlo. Era la mano sana.
– Ahora alguien vive aquí -dijo Frank-. Debe de estar fuera, trabajando. Tenemos suerte.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
Boby se encontró de pie ante una verja de hierro herrumbroso entre dos pilastras, mirando una casa de estilo Victoriano, con un tejado casi hundido, porche, balaustradas rotas y maltrechas escaleras. La acera estaba resquebrajada y los yerbajos florecían en un césped sin segar. A la luz crepuscular aquello semejaba la visión que tendría cualquier niño de una casa hechizada, aunque él sospechaba que la luz del día le daría aún peor aspecto.
Frank dijo con voz entrecortada:
– ¡Dios mío, no, aquí no!
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
Varios papeles cayeron revoloteando al suelo desde un macizo escritorio de caoba como si una corriente hubiese atravesado la habitación, aunque el aire permaneciese estático. Ahora se hallaron en un estudio lleno de libros con ventanas francesas. Un anciano se levantó de un butacón de cuero. Llevaba unos pantalones grises de franela, una camisa blanca, un cardigan azul… y una mirada de sorpresa.
– Doctor -dijo Frank. Y tendió la mano libre al estupefacto anciano.
Oscuridad.
Bobby se había figurado que todo carecía de luz y contornos, pues por el momento él no existía como entidad física; no tenía ojos, ni oídos, ni terminaciones sensitivas táctiles. Pero la comprensión no hizo disminuir su miedo.
Luciérnagas.
Los millones de minúsculos e inquietos puntos de luz eran, probablemente, las partículas atómicas que componían su carne y que eran conducidas hacia delante por el poder que emanaba la mente de Frank.
Velocidad.
Ambos estaban siendo «teletransportados» y, con toda probabilidad, el proceso era casi instantáneo, requiriendo sólo microsegundos para pasar de la disolución física a la reconstitución, aunque de un modo subjetivo fuera más largo.
Otra vez la casa desvencijada. Debía de ser la vivienda en las colinas al norte de Santa Bárbara. Ambos se hallaban en el declive que descendía desde la verja, a lo largo del seto de eugenias que rodeaba la propiedad.
Al descubrir dónde se encontraba, Frank dejó escapar un ahogado grito de terror.
Bobby temía tanto como Frank toparse con Candy, pero también tenía miedo de Frank y del «teletransporte»…