El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
Esta vez no se materializaron con el equilibrio y la estabilidad de su llegada al estudio del anciano o a la verja herrumbrosa de la destartalada casa, sino con la desmaña de su intrusión en aquel apartamento de San Diego. Bobby dio unos pasos vacilantes cuesta arriba, sujeto todavía por la presa firme de Frank como si les hubiesen esposado, y ambos cayeron de rodillas sobre una hierba mullida.
Bobby intentaba desembarazarse de Frank con movimientos frenéticos, pero él le aferraba con fuerza casi sobrehumana mientras señalaba una tumba, a pocos metros de ellos. Bobby miró alrededor y vio que estaban solos en un cementerio donde varias palmeras se alzaban siniestras en la luz grisácea del crepúsculo.
– Era nuestro vecino -dijo Frank.
Incapaz de hablar mientras recobraba el aliento e intentaba librarse de la presa férrea de Frank, Bobby leyó el nombre, NORBERT JAMES KOLREEN, en la lápida de granito.
– Ella lo hizo matar -dijo Frank-, Hizo que su precioso Candy lo matara porque creía que había sido maleducado con ella. ¡Maleducado con ella! ¡Esa perra medio loca!
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
El estudio lleno de libros. Ellos dentro y ahora el anciano mirándolos desde la puerta.
Bobby se sentía como si hubiese estado en tina intrincada montaña rusa durante horas, dando vueltas de campana a gran velocidad, una vez y otra, hasta no estar ya seguro de saber si estaba moviéndose de verdad… o si permanecía inmóvil mientras el resto del mundo giraba a su alrededor.
– No debería haber venido aquí, Doctor Fogarty -dijo, preocupado, Frank. La sangre le goteaba de la mano herida manchando el dibujo verde pálido de la alfombra china-. Candy podría haberme visto en la casa e intentar seguirme. No quiero conducirle hasta usted.
– Escuche, Frank… -empezó Fogarty.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
Ahora se hallaban en el patio trasero de la ruinosa casa, a nueve o diez metros de unas escaleras y un porche tan desmoronadizo como la fachada principal. En las ventanas del primer piso brillaba la luz.
– Quiero irme -dijo Frank-; quiero salir de aquí.
Bobby esperó el «teletransporte» inmediato y se aprestó para afrontarlo, pero no ocurrió nada.
– Quiero salir de aquí -repitió Frank. Y cuando no hubo salto de un lugar a otro, maldijo desesperado.
Repentinamente, la puerta de la cocina se abrió y apareció una mujer. Se detuvo en el umbral y los miró con fijeza. La luz crepuscular, purpúrea y menguante la iluminaba apenas, y la luz de la cocina la perfilaba, pero sin revelar ningún detalle de sus rasgos. Bobby no pudo saber si se debió a un efecto engañoso o de la extraña iluminación o a una revelación precisa de sus formas, pero cuando la mujer se perfiló con claridad, ofreció un cuadro sobremanera erótico: grácil y esbelta como una sílfide y, no obstante, de una feminidad exuberante, un fantasma nebuloso que parecía estar poco vestido o desnudo y provocaba el deseo sin emitir el menor ruido. En esa mujer había una lubricidad enorme que la equiparaba a cualquiera de las sirenas que indujeran a los marinos a lanzar sus naves contra los erizados escollos.
– Mi hermana Violet -dijo Frank con evidente temor y repugnancia.
Bobby percibió movimiento alrededor de los pies de ella, un bullir de sombras que se deslizaron por los escalones al césped. Entonces descubrió que eran gatos, con ojos iridiscentes entre las penumbras. Se agarró a Frank con tanta tenacidad como éste a él, pues ahora temía soltarle tanto como había temido antes permanecer apresado.
– Salgamos de aquí, Frank.
– No puedo. He perdido el control sobre esto, sobre mí mismo.
Había una o dos docena de gatos, o todavía más. Cuando salieron del porche para diseminarse por los primeros metros de hierba mal cuidada estaban silenciosos, luego lanzaron maullidos simultáneos como si fueran una sola criatura. Su lamento de furia y hambre curó al instante las náuseas de Bobby, le revolvió el estómago pero, esta vez, de terror.
– ¡Frank!
Deseó haber cogido la pistolera en la oficina. Su arma había quedado sobre la mesa de Julie, sin ninguna utilidad para él, pero cuando vio los colmillos desnudos de la horda invasora, pensó que el revólver no los detendría, al menos no en número suficiente.
El más próximo de los gatos… saltó…
Julie se quedó de pie junto a la butaca de su despacho, que había sido trasladada hasta el centro de la habitación para la sesión de terapia hipnótica. No podía apartarse del asiento porque allí había visto por última vez a Bobby y donde se había sentido más cerca de él.
– ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Clint se puso a su lado y miró el reloj.
– Menos de seis minutos.
Entretanto, Jackie Jaxx estaba en el baño mojándose la cara con agua fría. Todavía inmóvil en el sofá con un puñado de impresos, Lee Chan parecía más intranquilo de lo que había estado seis minutos antes. Su calma Zen se había quebrantado. Sostenía los papeles con ambas manos como si temiera que también se esfumaran; sus ojos continuaban abiertos de par en par tal como estaban cuando Bobby y Frank desaparecieron.
Julie se sentía delirante de temor pero tomó la determinación de no perder el dominio de sí misma. Aunque parecía que no podía hacer nada para ayudar a Bobby, podía presentarse una oportunidad para la acción cuando menos lo esperara, y quiso estar tranquila y presta.
– Hal dijo que anoche Frank regresó la primera vez unos dieciocho minutos después de haber desaparecido.
Clint asintió.
– Entonces, nos quedan todavía doce minutos.
– Pero después de su segunda desaparición tardó horas en regresar.
– Escucha -dijo Clint-, aunque no reaparezcan aquí dentro de doce minutos, o una hora o tres horas, ello no significa que le haya ocurrido algo horrible a Bobby. No tiene por qué ser igual cada vez.
– Lo sé. Lo que más me preocupa de esto es… esa maldita barandilla de la cama.
Clint no hizo comentarios.
Incapaz de atemperar su voz, Julie dijo:
– Frank no la trajo consigo. ¿Qué pasó con ella?
– Él traerá a Bobby -respondió Clint-. No permitirá que Bobby se quede ahí fuera… dondequiera que haya ido.
Ella deseó poder sentirse tan confiada.
Oscuridad.
Luciérnagas.
Velocidad.
La lluvia caía en cálidos torrentes, como si Bobby y Frank se hubiesen materializado bajo una cascada. Les empapó la ropa en un instante. No soplaba el menor viento; la tremenda ferocidad del diluvio parecía haber ahogado el viento como si éste fuera una hoguera; el aire era vapor saturado de humedad. Habían viajado alrededor del globo lo bastante lejos como para dejar atrás el crepúsculo; el sol estaba fuera, en algún lugar detrás de las nubes de un gris acerado.
Esta vez, ambos estaban de costado frente a frente como los dedos que hubieran estado forcejeando y hubiesen caído de sus taburetes al suelo del bar, para seguir con las manos entrelazadas en una lucha aparente. Sin embargo, no estaban en ningún bar sino rodeados de un lujurioso follaje tropicaclass="underline" heléchos, plantas de un verde oscuro con hojas de aspecto elástico y profundamente hendidas; vides suculentas de hojas tan pulposas como caramelos de goma y frutos del tono de la carne de una mandarina.
Bobby se apartó de Frank y esta vez su cliente le dejó hacerlo sin forcejear. Se puso de pie y se abrió paso entre la flora resbaladiza y esponjosa.
No sabía adonde iba ni le importaba. Sólo quería dejar cierto espacio entre él y Frank, distanciarse del peligro que éste representaba ahora para él. Se sentía abrumado por lo ocurrido, cargado de nuevas experiencias sobre las que necesitaba reflexionar para adaptarse a ellas.
Apenas hubo dado unos doce pasos salió de la maleza tropical a una extensión oscura de terreno cuya naturaleza se le antojó indefinible. La lluvia caía en rugientes cascadas plateadas que reducían la visibilidad y por añadidura, le echaba el pelo sobre los ojos, lo cual no era, precisamente, una ayuda. Bobby supuso que las personas sentadas tras las ventanas en habitaciones secas y confortables podrían incluso encontrar una gran belleza en la tormenta, pero allí había demasiada lluvia para eso, una verdadera inundación; golpeaba la tierra y el verde entre rugidos cacofónicos que amenazaban con ensordecerle. Aparte de agotarle, la lluvia le causó una cólera irracional, como si no le martillearan sus gotas sino grandes escupitajos flemosos, y como si sus rugidos fuesen las voces combinadas de millares de mirones, bombardeándole con insultos y otras intemperancias. Avanzó a trompicones por un suelo particularmente pulpáceo, no fangoso sino pulpáceo, en busca de alguien a quien culpar por la lluvia, a quien poder gritar, sacudir y hasta golpear. Sin embargo, seis u ocho pasos más allá vio las rompientes rodando hacia la costa en un tumulto de blanca espuma y supo que estaba pisando una playa de arena negra. Ese descubrimiento le dejó helado.