El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Bobby corrió por el fondo del cráter sembrado de diamantes dando patadas a los bichos mientras avanzaba. Se dijo que sus ojos le habían engañado y que su mente le había jugado una mala pasada, que Frank no podía haberse «teletransportado» fuera de allí sin contar con él. Pero cuando llegó al lugar en donde Frank había estado sólo encontró un par de huellas en el polvoriento suelo.
Una sombra le cubrió y cuando miró hacia arriba vio que la extraña aeronave se colocaba silenciosamente, como un dirigible, sobre el cráter y se detenía justamente encima de él, todavía a unos ciento cincuenta metros sobre su cabeza. No era nada parecido a las naves de las películas, ni de apariencia orgánica, ni una araña voladora. Tenía forma romboidal, una longitud de ciento cincuenta metros por lo menos y tal vez un diámetro de sesenta metros. ¡Inmensa! En los extremos, los costados y la parte superior, sobresalían centenares si no millares de pinchos metálicos negros, grandes como agujas de iglesia que la asemejaban un poco a un erizo mecánico en una postura defensiva permanente. La cara inferior, la que Bobby podía ver mejor, era lisa, negra y anodina, y carecía no sólo de los sólidos pinchos sino también de distintivos como sensores remotos, portillas, respiraderos y otros artificios que cabría esperar.
Bobby no sabía si la nueva posición de la nave era pura coincidencia o si se le sometía a observación. Caso de que le vigilaran no quería ni pensar en la naturaleza de las criaturas que pudieran estar atisbándole, ni deseaba considerar cuáles podrían ser sus intenciones. Por cada película que presentaba a un adorable alienígena capaz de transformar una bicicleta de niño en un vehículo volador, había otras diez en las que los alienígenas eran voraces carnívoros con unos modales tan malignos que harían recapacitar a un camarero neoyorquino antes de comportarse con rudeza; Bobby estaba seguro de que se trataba de lo segundo. Hollywood tenía razón. Allí fuera había un universo hostil, y tratar con sus semejantes ya le asustaba lo suyo; no necesitaba establecer contacto con una raza insólita que quizás hubiese concebido nuevas e incontables crueldades.
Además, su capacidad para el terror había sobrepasado ya todo límite; no podía soportar más. Le habían abandonado en un mundo distante donde el aire, según empezaba a sospechar, podría contener sólo el oxígeno suficiente y los gases requeridos para mantenerle vivo por algún tiempo; insectos tan grandes como ratones reptaban a su alrededor, y era muy probable que un insecto muerto mucho más pequeño se hubiese fundido con el tejido de uno de sus órganos internos; por añadidura, un psicópata, un gigante rubio con poderes sobrenaturales y cierta afición a la sangre le seguía la pista… y había miles de millones de probabilidades contra una de que viera otra vez a Julie, la besara, la tocara o admirara su sonrisa.
Una serie de vibraciones tremendas surgió de la nave y sacudieron el suelo, alrededor de Bobby. Los dientes le castañetearon y casi cayó.
Buscó un escondite. En el cráter no había nada que le permitiera ocultarse y en el llano nada a donde ir corriendo.
Las vibraciones cesaron.
No obstante la profunda sombra proyectada por la nave, Bobby pudo ver una horda de insectos idénticos comenzando a surgir de los orificios en las paredes del cráter, uno tras otro.
Aunque no se viera ninguna abertura en el vientre de la nave, una veintena de láseres, amarillos y blancos, azules y rojos, empezaron a explorar el suelo del cráter. Cada rayo tenía el diámetro de un dólar y se movía con independencia de los demás. A semejanza de reflectores, todos barrieron repetidas veces el cráter, unas veces con movimientos paralelos entre sí, y otras cruzándose unos con otros, en un despliegue que desorientó aún más a Bobby y le dio la sensación de haber sido sorprendido en el centro de unos silenciosos fuegos artificiales.
Recordó lo que le habían dicho Manfred y Gavenal sobre los adornos escarlatas en el borde del caparazón del bicho, y observó que los láseres blancos enfocaban sólo a los insectos y escudriñaban las marcas de alrededor de cada caparazón. Vio que un rayo blanco se detenía sobre el cuerpo roto de uno de los bichos que él había maltratado y, poco después, un rayo rojo se le unía para examinar los despojos. Luego, el rayo rojo saltó a Bobby, y dos o tres rayos de diferentes colores hicieron lo mismo.
Ahora, el fondo del cráter era un bullir continuo de insectos, tantos que Bobby no podía ver el suelo grisáceo ni la capa de diamantes expulsados sobre la que se movían. Se dijo que aquellos animales no eran bichos de verdad sino sólo máquinas biológicas concebidas por la misma raza que había construido la nave que fluctuaba sobre su cabeza. Pero eso no era un gran consuelo porque todos seguían pareciendo más bichos que máquinas.
Algunos de ellos reptaron por sus zapatos, pero ninguno intentó subir por sus piernas; él lo agradeció porque estaba seguro de que enloquecería si intentasen semejante cosa.
Se llevó la mano como visera a los ojos para evitar el deslumbramiento por los láseres que lo enfocaban. A pocos pasos vio relucir algo bajo los rayos exploradores: una sección curva de lo que parecía un tubo de acero, enterrada en el suelo polvoriento, sobresalía bastante pero la ocultaban los bichos que se deslizaban y bullían a su alrededor. No obstante, Bobby supo a primera vista lo que era, y sintió un desánimo horrible. Avanzó arrastrando los pies para no pisar a ningún insecto porque tal vez el castigo impuesto por los alienígenas a quienes destruyeran su propiedad fuera la incineración instantánea. Cuando logró alcanzar el reluciente metal curvado, lo asió y lo arrancó sin esfuerzo del mullido suelo. Era la barandilla que faltaba en la cama del hospital.
– ¿Cuánto tiempo ha pasado? -preguntó Julie.
– Veintiún minutos -respondió Clint.
Ambos estaban cerca de la butaca que ocupara Frank y sobre la que se inclinara Bobby.
Lee Chen había abandonado el sofá para que pudiera tenderse Jackie Jaxx. El ilusionista hipnotizador se había puesto un paño húmedo sobre la frente. Cada dos minutos clamaba que él no podía hacer desaparecer a la gente, aunque nadie le hubiese hecho responsable de lo sucedido a Frank y Bobby.
Lee Chen fue a buscar una botella de whisky, vasos y hielo al bar de la oficina y llenó seis vasos para las personas de la habitación y otros dos para Frank y Bobby.
– Si ahora no necesitáis un trago para calmar los nervios -dijo-, lo necesitaréis para celebrarlo cuando ambos regresen sanos y salvos. -Él había bebido ya su vaso de whisky. El vaso que llenaba ahora era su segundo trago. La primera vez en su vida que necesitaba ingerir licor.
– ¿Cuánto tiempo ahora? -preguntó Julie.
– Veintidós minutos -respondió Clint.
«Y yo sigo cuerda -pensó, admirada, ella-. Bobby, maldito seas, vuelve a mí. No me dejes sola para siempre. ¿Cómo voy a bailar sola? ¿Cómo voy a vivir sola? ¿Cómo voy a vivir?»
Bobby dejó caer la barandilla y los láseres se extinguieron dejándole a la sombra de la espinosa nave que parecía más oscura que antes de que aparecieran los rayos. Cuando miró hacia arriba vio lo que sucedería a continuación: otra luz surgía de la cara inferior del aparato, demasiado pálida para hacerle contraer los ojos. Ésta abarcó, exactamente, el diámetro del cráter. Bajo aquel extraño resplandor nacarado los insectos empezaron a elevarse del suelo como si fueran ingrávidos. Al principio, sólo diez o veinte flotaron hacia arriba pero luego veinte más, y después cien se elevaron con tanta lentitud y facilidad como pelusas, girando sobre sí mismos sin mover sus patas de tarántula, la horripilante luz estaba ausente de sus ojos como si la hubiesen apagado con un interruptor. Al cabo de un minuto o dos, el suelo del cráter quedó despejado de insectos y la horda continuó ascendiendo sin esfuerzo en aquel silencio sepulcral que acompañaba todas las maniobras de la nave, exceptuando las vibraciones básicas que habían hecho salir de sus agujeros a los insectos mineros.