Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
– Lo siento -dijo Troutt-. ¿Quién es usted?
– El conserje.
– Me temo que he venido por otro asunto -dijo Troutt-. Pero estaré encantado de intentar ayudarle si me cuenta el problema.
– Es muy sencillo -dijo el técnico joven-. Alguien ha manipulado el mecanismo del ascensor. Lo han estropeado. Saboteado. Y la alarma y el teléfono del ascensor… Los cables están cortados.
Ahora Troutt le prestó toda su atención. El agente sacó su libreta.
– ¿Podría darme más detalles?
– Puedo enseñárselo, maldita sea. ¿Cómo anda de conocimientos técnicos?
Troutt se encogió de hombros.
– Póngame a prueba.
– Tengo que llevarle a la sala de máquinas para enseñárselo.
– De acuerdo. Pero primero tengo que hablar con este caballero un momento.
El técnico asintió.
– Voy a mover la furgoneta. Los guardias de aquí son como la Gestapo.
Mientras se alejaba, Troutt se dirigió al conserje.
– Tiene una inquilina en el piso 82, Katherine Jennings.
– Es nueva. Sólo lleva unas semanas. Contrato corto.
– ¿Puede contarme algo sobre ella?
– No hablo mucho con ella, menos domingo, cuando se quedó encerrada en ascensor. Tiene mucho dinero, lo sé por alquiler.
– ¿Quién cree que destrozó el ascensor? ¿Unos gamberros? ¿O tiene algo que ver con ella?
El conserje se encogió de hombros.
– Creo que ése no quiere reconocer que hay problema mecánico. ¿Quizá protege a él o empresa?
Troutt asintió, pero no entró en ese juego. Se formaría su propia opinión al respecto después de visitar la sala de máquinas con el técnico.
– Entonces, ¿no sabe cómo se gana la vida?
El conserje negó con la cabeza.
– ¿Está casada? ¿Tiene hijos?
– Vive sola.
– ¿Tiene idea de sus movimientos?
– Yo estoy otro lado de edificio, no veo a inquilinos de esta ala si no tienen problemas. ¿Tiene problemas con policía?
– No, no es nada de eso. -Sonrió al hombre para tranquilizarlo-. Debería presentarme, soy el agente Troutt. Soy uno de los policías de barrio. -Sacó una tarjeta.
El conserje la cogió y la miró con recelo, como si fuera de un vendedor de ventanas dobles.
– Espero que venga por aquí viernes y sábados noche, tarde. Viernes pasado noche unos cabrones incendiaron cubo de basura -refunfuñó.
– Sí, bueno, justamente de eso trata esta iniciativa -dijo el joven agente con seriedad. -Creeré cuando veo.
85
Octubre de 2007
– Eh, viejo, ¿ya has despegado?
Grace, en calcetines en la terminal sur del aeropuerto de Gatwick, vio aparecer sus zapatos en la cinta al otro lado del escáner. Con el móvil pegado a la oreja, contestó:
– De momento, sólo mis malditos zapatos. Me cabrea, todo esto -explicó-. Cada vez que vuelas tienes que quitarte más ropa, joder. ¡Sólo porque un lunático intentó prender fuego a sus cordones hará como cinco años! Y tengo que facturar la bolsa, porque es demasiado grande según la nueva normativa, lo que significa que voy a tener que esperar a que salga. ¡Vaya pérdida de tiempo!
– O sea que has tenido mala noche, ¿no?
Grace sonrió al recordar la noche tan dulce que había pasado con Cleo.
– En realidad, no. Ha sido mucho mejor que la noche anterior. No he tenido que aguantar la mierda de un tipejo triste contándome sus penas.
– ¿Y el perro no volvió a vomitarte encima? -contestó el sargento, haciendo caso omiso a la indirecta.
Grace, que se había puesto traje porque quería tener un aspecto formal cuando llegara a Nueva York, se esforzó por atarse el zapato derecho mientras sujetaba el teléfono pegado a la oreja. Dejó de intentarlo de pie y se sentó.
– No, sólo dejó una caca en el suelo.
– ¿Estás bien, tío? Tu voz suena apagada.
– Estoy bien, intento ponerme los zapatos. ¿Llamas por algo importante o sólo es una charla para socializar?
– ¿Qué sabes sobre sellos? -preguntó Branson.
– ¿De primera o segunda clase?
– Muy gracioso.
– Sé un poquito sobre los British Colonials -dijo Grace- Mi padre los coleccionaba, sobres de primer día. Solía comprarme cuando era pequeño. No valían nada. Mi madre me pidió que llevara toda la colección a una tienda filatélica cuando murió, no me dieron ni dos duros por ellos. Si estás pensando en tener un hobby, prueba a coleccionar mariposas… O ¿qué me dices de observar trenes?
– ¡Sí, sí! ¿Has terminado?
Grace gruñó.
– Escucha, Bella y yo acabamos de estar con los Klinger, ¿vale? Ese dinero, todas esas transacciones que hizo Lorraine Wilson, los tres millones y pico de libras, ¿sabes? Creo que es posible que comprara sellos.
– ¿En serio?
De repente, Grace dejó de atarse el zapato y se concentró. Pensaba en la conversación que había mantenido con Terry Biglow el martes.
– Sí. Stephen Klinger me ha dicho que es un mundillo pequeño, el comercio de sellos caros. Que todo el mundo se conoce y eso.
– ¿Te ha dado una lista de comerciantes de la ciudad?
– Algunos nombres, sí.
– Escucha, Glenn: cuando das con un grupo muy reducido, la gente intenta cerrar filas, para protegerse tanto a sí misma como a cualquier persona sobre la que den información. Así que ve y destrózales, ¿entendido?
– Ajá.
– Di que se trata de una investigación de asesinato, y que si retienen cualquier información podríamos acabar acusándoles de encubrimiento. Déjaselo bien claro.
– Sí, jefe. Que tengas un vuelo agradable. Saluda a la Gran Manzana de mi parte. Diviértete.
– Te mandaré una postal.
– No olvides el sello.
86
Octubre de 2007
Bella llamó por radio a uno de los miembros de la Operación Dingo al centro de investigaciones y le pidió que recopilara una lista completa de todas las tiendas de sellos del área de Brighton y Hove. Luego, con Glenn al volante otra vez, se dirigieron a Queens Road a ver al comerciante que había mencionado Stephen Klinger.
Justo pasada la estación, Hawkes parecía uno de esos lugares que llevaban toda la vida allí. Tenía ese tipo de escaparates que no cambiaban nunca, sino al que iba añadiéndose algo de vez en cuando. Estaba lleno de cajas con colecciones de monedas, medallas, sobres de primer día en sobres de plástico y postales antiguas.
Corrieron dentro, para protegerse de la llovizna que arreciaba, y vieron a dos mujeres de unos treinta años que podrían ser hermanas, las dos de pelo claro y guapas, muy lejos de la imagen que Branson tenía en mente de un comerciante de sellos. Había imaginado que la filatelia era un territorio de hombres bastante raritos.
Las mujeres estaban sumidas en una conversación y no prestaron atención a los policías, como si estuvieran acostumbradas a los curiosos que les hacían perder el tiempo. Glenn y Bella recorrieron la tienda, esperando educadamente a que terminaran. Dentro, el local aún estaba más abarrotado. Gran parte del suelo estaba ocupado por mesas de caballetes en las que había cajas de cartón llenas de postales antiguas picantes y viejas escenas de Brighton.
Las mujeres dejaron de hablar de repente y se volvieron para mirarles. Branson sacó su placa.
– Soy el sargento Branson del Departamento de Investigación Criminal de Sussex y ella es mi compañera, la sargento Moy. Nos gustaría hablar un momento con el propietario. ¿Es una de ustedes?
– Sí -dijo la que parecía mayor, con voz agradable, pero ligeramente reservada-. Soy Jacqueline Hawkes. ¿De qué se trata?
– ¿Le dicen algo los nombres de Ronnie y Lorraine Wilson?
Pareció sorprendida y lanzó una mirada a la otra mujer.
– ¿Ronnie Wilson? Mamá solía comerciar con él hace unos años. Le recuerdo bien. Entraba y salía a menudo, para regatear. Murió, ¿verdad? En el 11-S, creo recordar.