Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
– Sí -contestó con decisión.
– ¿Puede contarnos por qué se puso en contacto con usted?
– Bueno, supongo que ahora ya no importa, también murió hace tiempo. Pero me hizo prometer que no diría nada, ¿sabe?
Recordando las instrucciones que le había dado Grace, Branson le explicó la situación al hombre con la máxima discreción.
– Estamos investigando un asesinato, señor Hegarty. Necesitamos tener toda la información que pueda facilitarnos.
Hegarty pareció horrorizado.
– ¿Un asesinato? No tenía ni idea. Vaya por Dios. ¿Quién…? ¿Quién es la víctima?
– Me temo que de momento no puedo revelárselo.
– No, claro, por supuesto -dijo Hegarty. Se había quedado blanco-. A ver, déjenme queme organice.-Se quedó un momento pensando-. La cuestión es que vino a verme, supongo que sería hacia febrero o marzo de 2002, o tal vez abril, puedo consultarlo en mis archivos. Me dijo que su marido había dejado muchísimas deudas al morir y que le habían quitado todo el dinero que tenía y embargado la casa. Me pareció un poco cruel, francamente, perseguir de esa forma a una viuda. -Los miró como buscando apoyo, pero no obtuvo ninguna reacción-. Me dijo que acababa de descubrir que cobraría un dinero del seguro de vida y le asustaba que sus acreedores también se quedaran con él. Al parecer, figuraba como cofirmante en varias garantías personales. Así que quería convertirlo en sellos, porque pensó que serían más fáciles de esconder, y tenía razón. Creo que lo sabía por su marido.
– ¿De cuánto dinero estamos hablando? -preguntó Bella.
– Bueno, la primera partida fue de un millón y medio de libras, más o menos. Y luego recibió la misma cantidad, o un poco más incluso, unos meses después, del fondo de compensación del 11-S, según me explicó.
Branson se alegró de que las cantidades coincidieran con su información. Sugería que Hegarty decía la verdad.
– ¿Y le pidió que lo convirtiera todo en sellos? -le preguntó.
– Suena más fácil de lo que fue -dijo-. Ese tipo de gasto llama la atención, ¿saben? Así que le serví de pantalla para realizar las compras. Repartí el dinero por el mundo de los sellos, dije que estaba comprando para un coleccionista anónimo. No es inusual. De unos años para acá los chinos se han vuelto locos por los sellos de calidad; lo único malo es que algunos comerciantes les cuelan basura. -Levantó un dedo aleccionador-. Incluso algunos de los comerciantes más respetados.
– ¿Podría proporcionarnos una lista de todos los sellos que le vendió a la señora Wilson? -preguntó Bella.
– Empezaría después del partido de tenis. Podría tenerlo esta tarde sobre la hora del té. ¿Les parece bien?
– Perfecto -dijo Branson.
– Y lo que nos sería sumamente útil -añadió Bella- es que pudiera darnos una lista de todas las personas que dispusieran del dinero para comprarlos más adelante, cuando la señora Wilson necesitara dinero en efectivo.
– Puedo darles los nombres de los comerciantes -dijo-. Y de algunos coleccionistas privados como yo. No somos tantos como antes. Me temo que bastantes de mis viejos amigos de este mundo ya han muerto.
– ¿Conoce algún comerciante o coleccionista en Australia? -preguntó Bella.
– ¿En Australia? -Frunció el ceño-. Sí, espere un momento. Por supuesto, había alguien a quien Ronnie conocía de Brighton que emigró allí, hará algunos años, a mediados de los noventa. Se llamaba Skeggs, Chad Skeggs. Siempre ha comerciado a lo grande. Dirige un servicio de venta por correo desde Melbourne. Me manda un catálogo de vez en cuando.
– ¿Alguna vez le ha comprado algo? -preguntó Glenn.
Hegarty negó con la cabeza.
– No, no es de fiar. Una vez me timó. Le compré unos sellos australianos anteriores a 1913, creo recordar, pero no estaban ni mucho menos en el estado que me dijo por teléfono. Cuando me quejé, me dijo que lo demandara. -Hegarty levantó las manos, desesperado-. No merecía la pena por lo que había pagado y él lo sabía. Unas dos mil libras, las costas legales habrían ascendido a más. Me asombra que el tipo siga en el negocio.
– ¿Se le ocurre alguien más en Australia? -preguntó Bella.
– Les diré qué voy a hacer, les daré una lista completa esta tarde. ¿Quieren volver sobre las cuatro?
– Estupendo, gracias, señor -dijo Branson.
Mientras se levantaban, Hegarty se inclinó hacia delante para hablarles con complicidad, como para que sólo le escucharan ellos.
– Supongo que no podrán ayudarme -dijo-. Hará un par de días me pilló uno de sus radares, en Old Shoreham Road. No podrían hablar con alguien, ¿verdad?
Branson lo miró, estupefacto.
– Me temo que no, señor.
– Ah, bueno, no se preocupe. Era por preguntar, nada más.
Les ofreció una sonrisa arrepentida.
87
Octubre de 2007
Abby iba en el asiento trasero del taxi, releyendo un mensaje nuevo que acababa de recibir. Le levantó el ánimo y la hizo sonreír. «Recuerda… Trabaja como si no necesitaras el dinero. Ama como si nunca te hubieran hecho daño. Baila como si nadie te mirara.»
El conductor también le levantó el ánimo. Antes era boxeador, le contó. Nunca llegó a profesional, pero ahora entrenaba un poco para fomentar el deporte entre los jóvenes. Tenía la cara aplastada típica de los boxeadores, pensó ella, como si se hubiera dado un golpe contra una pared de hormigón en algún momento de su vida, en plena cara, a ciento sesenta kilómetros por hora. Mientras volvían de la tercera residencia que había visitado aquella mañana, el taxista le contó que su anciana madre tenía problemas de salud, pero que no podía permitirse uno de estos centros.
A Abby no se le ocurrió ninguna cita para responder el mensaje, así que simplemente escribió: «¡Pronto! Estoy impaciente. Te echo muuuucho de menos. Besos!».
Pasaban unos minutos de la una de la tarde cuando se detuvieron delante del bloque de pisos de su madre. Abby miró a su alrededor para comprobar si veía a Ricky, pero parecía que no había moros en la costa. Le pidió al conductor que esperara y no parara el taxímetro. Los dos primeros lugares que había visto esta mañana eran horribles, pero el tercero estaba bien y, lo que era más importante, parecía seguro. Lo mejor de todo era que disponía de plazas libres. Abby decidió que iba a llevar a su madre allí ahora mismo.
Lo único que tenía que hacer era meter algunas cosas en una bolsa. Sabía que su madre era muy lenta, pero ya se encargaría ella y la haría salir deprisa. A su madre tal vez no le gustara, pero tendría que aguantarse unas semanas. Al menos allí estaría segura. Abby no podía confiar indefinidamente en los servicios de su nueva cuidadora, la temible Doris, cuyo apellido ni siquiera conocía.
Con su madre a salvo, podría poner en acción el plan que había estado ideando durante las últimas horas. La primera parte consistía en alejarse de allí tanto como fuera posible. La segunda era encontrar a una persona de quien pudiera fiarse. Pero tendría que confiar en ella a ciegas.
¿En cuántos desconocidos podía confiar para que le guardaran todo lo que tenía en el mundo y no se largaran como había hecho ella?
El taxista parecía buena gente. Tenía la sensación de que podría confiar en él si era necesario. Pero ¿podría mantener a raya a Ricky él solo, o necesitaría a un par de personas? Esto significaba que estaría depositando su confianza en alguien a quien conocía desde hacía treinta minutos y en otras personas a las que no había visto nunca. Era un riesgo demasiado grande después de todo lo que había pasado para llegar hasta aquí.
En estos momentos, sin embargo, no contaba con muchas más opciones. Había pagado por adelantado tres meses del alquiler del piso y sólo había transcurrido uno, y se había comido gran parte de sus reservas de efectivo. Y el mes por adelantado de la habitación de su madre en la residencia Bexhill Lawns que había desembolsado esta mañana no ayudaba. Le quedaba crédito suficiente en la tarjeta para arreglárselas durante un par de meses, si se alojaba en un hotel barato. Después, tendría que echar mano a sus recursos. Y para hacerlo, debía eludir a Ricky.