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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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– Sí -dijo Bella, que no quería revelar más información.

– ¿Era un comerciante importante? ¿De alto nivel? -preguntó Branson-. Ya sabe, de sellos muy raros.

Ella negó con la cabeza.

– Con nosotros no. Nosotros no comerciamos demasiado en el mercado de sellos caros, no disponemos de ese tipo de material. En realidad, sólo somos una tienda normal.

– ¿Hasta qué valores comercian?

– Cosas pequeñas, en su mayoría. No manejamos sellos con un valor superior a unos cientos de libras. A menos que venga alguien con una ganga evidente, entonces tal vez subamos un poco.

– ¿Alguna vez vino Lorraine Wilson? -preguntó.

Jacqueline se quedó pensando un momento, luego asintió.

– Sí, sí que vino, no recuerdo exactamente cuándo. No mucho después de que él muriera, creo que sería. Tenía algunos sellos de su marido que quería vender. Se los compramos, no fue una gran cantidad, sólo unos cientos de libras; hablo de memoria.

– ¿Alguna vez le habló de comerciar con cantidades mucho mayores? ¿Gastar una suma importante de dinero?

– ¿De qué suma importante de dinero estamos hablando?

– Cientos de miles.

Ella negó con la cabeza.

– Nunca.

– Si alguien viniera a verla para que le comprara algo, varios cientos de miles de libras en sellos, digamos, ¿qué haría usted?

– Le dirigiría a una casa de subastas de Londres o a un comerciante especializado ¡y esperaría que fuera lo bastante decente como para darme una pequeña comisión!

– ¿A quién le enviaría en esta zona?

Ella se encogió de hombros.

– Sólo hay una persona en Brighton que comercie a ese nivel. Se llama Hugo Hegarty. Ya debe de tener sus añitos, pero sé que todavía comercia.

– ¿Tiene su dirección?

– Sí. Se la buscaré.

Dyke Road, que describía una curva perfecta hasta Dyke Road Avenue, se extendía como una espina dorsal desde cerca del centro de la ciudad hasta donde empezaban los Downs, y servía de frontera entre Brighton y Hove. Aparte de un par de secciones en las que estaba flanqueada de tiendas, oficinas y restaurantes, la mayor parte de la calle era residencial, con casas que se volvían progresivamente más chic a medida que se alejaban del centro de la ciudad.

Para alivio de Bella, el tráfico era denso, lo que obligó a Glenn a conducir a paso de tortuga. Leyendo los números de las casas, dijo:

– Ya estamos, a la izquierda.

Había un camino de entrada que parecía un símbolo de estatus casi obligatorio en este barrio. Pero, a diferencia de la residencia de los Klinger, no había verja eléctrica, sólo una de madera que no parecía haberse cerrado en años. La entrada estaba atestada de coches, así que Branson aparcó fuera, subiendo dos ruedas a la acera, consciente de que obstruía el carril bici pero incapaz de hacer mucho más.

Entraron en la finca, rozando un BMW descapotable antiguo, un Saab más viejo incluso, un Aston Martin DB7 gris y mugriento y dos Volkswagen Golf. Se preguntó si Hegarty también comerciaba con coches además de sellos.

Se resguardaron en el porche y llamaron al timbre. Cuando se abrió la imponente puerta de roble, Glenn Branson reaccionó con retraso. El hombre que les atendió era clavado a uno de sus actores preferidos de todos los tiempos, Richard Harris.

Se quedó tan pasmado que por un momento no le salieron las palabras mientras buscaba su placa.

El hombre tenía uno de esos rostros curtidos a los que Glenn le costaba poner edad. Podía estar entre los sesenta y cinco y los setenta y muchos. Su pelo, más cerca del blanco que del gris, era largo y lo llevaba bastante despeinado, y vestía un jersey de criquet encima de una camisa de sport y pantalones de chándal.

– Somos el sargento Branson y la sargento Moy del Departamento de Investigación Criminal de Sussex -dijo Glenn-. Nos gustaría hablar con el señor Hegarty ¿Es usted?

– Depende de a qué señor Hegarty estén buscando -dijo el hombre con una sonrisa claramente evasiva-. ¿A uno de mis hijos o a mí?

– Al señor Hugo Hegarty -dijo Bella.

– Soy yo. -Miró su reloj-. Dentro de veinte minutos tengo que ir a jugar al tenis.

– Sólo serán unos minutos, señor -dijo ella-. Queremos hablar con usted sobre alguien con quien creemos que comerciaba hace unos años, Ronnie Wilson.

Hegarty entrecerró los ojos y de repente pareció muy preocupado.

– Ronnie. ¡Dios bendito! ¿Saben que murió?

Hugo Hegarty dudó antes de retroceder unos pasos y decir, en un tono un poco más afable:

– ¿Quieren pasar? Hace un día horrible.

Entraron en un pasillo largo, de paredes de roble y con óleos espléndidos colgados. Luego siguieron a Hegarty hasta un estudio con paneles parecidos y un sofá capitoné de piel color carmesí y un sillón reclinable a juego. Las ventanas de cristales emplomados tenían vistas a una piscina, un césped amplio ribeteado con arbustos otoñales y parterres pelados, y el tejado de la casa del vecino aparecía detrás de la valla de tablones de madera. Justo en el piso de arriba se oía el rugido de un aspirador.

Era una habitación ordenada. Había estanterías cargadas con lo que parecían trofeos de golf y muchas fotografías encima del escritorio. Una era de una mujer guapa de pelo plateado, seguramente la mujer de Hegarty, y otras de dos chicos y dos chicas adolescentes y un bebé. Junto al cartapacio de la mesa descansaba una lupa enorme.

Hegarty les señaló el sofá y se sentó en la punta del sillón.

– Pobre Ronnie. Un asunto horrible, lo que pasó. Qué mala suerte estar allí ese día. -Soltó una risa nerviosa-. Bueno, ¿en qué puedo ayudarles?

Branson se fijó que en las estanterías había una hilera de catálogos de sellos Stanley Gibbons gruesos y pesados y una docena o más de otros catálogos.

– Es por una investigación que estamos llevando a cabo que tiene ciertas conexiones con el señor Wilson -contestó-. Nos han dicho que usted comercia con sellos valiosos. ¿Es correcto, señor?

Hegarty asintió, luego arrugó la cara como quitándole importancia al tema.

– Quizá ya no lo sean tanto. El mercado está muy difícil. Ahora me dedico más a los inmuebles, los valores y las acciones que a los sellos. Pero todavía manejo algunos, me gusta estar al día.

Tenía un tic en el ojo y a Branson le gustó. Richard Harris también, formaba parte de la gran magia que desprendía el actor.

– ¿Diría usted que sus negocios con el señor Wilson fueron importantes?

Hegarty se encogió de hombros.

– Bastante, pero intermitentes a lo largo de los años. No era nada fácil negociar con Ronnie, usted ya me entiende.

– ¿En qué sentido?

– Bueno, ya sabe, la procedencia de algún material era dudosa, hablando en plata. Siempre he procurado proteger mi reputación, usted ya me entiende.

Branson tomó nota.

– ¿Quiere decir que le daba la sensación de que algunos de sus tratos no eran honrados?

– Algunas de las cosas que me ofrecía no las habría comprado ni regaladas. A veces me preguntaba de dónde sacaba los sellos que me traía y si realmente había pagado lo que decía por ellos. -Se encogió de hombros-. Pero conocía bastante bien el negocio y a veces también le vendí buen material. Siempre pagaba en metálico y en el acto. Pero… -Su voz se apagó y sacudió la cabeza con desaprobación-. Para serle sincero, debo decir que no era mi cliente preferido. Yo intento cuidar a la gente con la que hago negocios. Siempre digo lo mismo: puedes comerciar con alguien un millón de veces, pero sólo puedes joderle una vez.

Glenn sonrió, pero no dijo nada más.

Bella intentó que la conversación avanzara.

– Señor Hegarty, ¿alguna vez la señora Wilson, la señora Lorraine Wilson, contactó con usted después de que Ronnie muriera?

Hegarty dudó un segundo, y sus ojos se movieron con cautela de un policía al otro, como si de repente el riesgo de hablar fuera mayor.

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