Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
Agradeció a Dios la suerte de no haberlos transferido todavía a su recién adquirida caja de seguridad.
Debería haberse dado cuenta, por todo lo que sabía de Ricky, de que era un genio de la electrónica. Una noche se jactó de tener trabajando para él a la mitad de los recepcionistas de los mejores hoteles de Melbourne y Sydney. Le pasaban las llaves de plástico de las habitaciones de los clientes al término de su estancia. Esas llaves contenían los detalles de sus tarjetas de crédito y las direcciones de sus casas. Le contó que tenía una persona que le compraba la información de buena gana y la estafa o, mejor dicho, el «servicio de datos», como le gustaba denominarlo a él, le reportaba mucho más dinero que su negocio legal.
Abrió la puerta y recorrió el pasillo hasta el piso de su madre. La había llamado dos veces para comprobar que estuviera bien. La primera, en torno a las diez y media, su madre le dijo que el cerrajero había telefoneado para decir que llegaría a las once. Y la segunda vez, hacía media hora, le dijo que el hombre ya estaba allí.
Abby se quedó abatida al descubrir que todavía podía abrir la puerta con su llave. Y lo más preocupante era que no había rastro alguno de que hubiera pasado por allí ningún cerrajero. Llamó a su madre angustiada, luego cruzó el pasillo y entró en el salón.
Asombrada, vio que habían quitado la alfombra. La alfombra roja que recordaba de su infancia, de donde ayer limpió el arroz con leche, había desaparecido; lo único que quedaba eran unos parches de fieltro gastado sobre las tablas rugosas y desnudas del suelo.
Por un momento, todo su mundo se tambaleó mientras intentaba establecer una conexión entre el cambio de la cerradura y la necesitad de quitar una alfombra. Algo iba mal.
– ¡Mamá! ¡¡¡Mamá!!! -gritó, por si su madre estaba en la cocina, o en el baño, o en el dormitorio.
¿Dónde estaba Doris? ¿Acaso no había prometido que se quedaría toda la mañana aquí con ella?
Pasó corriendo por todas las habitaciones, cada vez más aterrada. Luego salió del piso como una exhalación, subió las escaleras de dos en dos y llamó al timbre del apartamento de Doris. Después golpeó la puerta con el puño.
Al cabo de lo que pareció una eternidad, oyó el repiqueteo familiar de la cadena de seguridad y, como antes, la puerta se abrió unos centímetros. Doris, con sus enormes gafas negras, miró con cautela, luego le ofreció una sonrisa acogedora y abrió más la puerta.
– ¡Hola, querida!
Abby se sintió aliviada al instante por la alegría del saludo y por un momento tuvo la seguridad de que Doris iba a decirle que su madre había subido aquí, a su piso.
– Hola, sólo me preguntaba si sabía qué está pasando abajo.
– ¿Con el cerrajero?
Así que el hombre había ido.
– Sí.
– Bueno, está haciendo el trabajo, querida. Parece un joven encantador. ¿Ocurre algo?
– ¿Ha comprobado su identificación, como le dije?
– Sí, querida, tenía una tarjeta de la empresa. Me he llevado la lupa para estar segura de poder leerla. Cerrajería Eastbourne, ¿verdad?
En ese momento, el teléfono de Abby comenzó a sonar. Miró la pantalla y vio que era el número nuevo de su madre. Volvió a mirar a Doris.
– De acuerdo, gracias.
Doris levantó un dedo.
– Se me quema algo en el horno, querida. Vuelve a subir si me necesitas.
Abby contestó la llamada mientras Doris cerraba la puerta.
Oyó la voz de su madre, pero sonaba temblorosa y extraña y entrecortada, como si leyera un guion.
– Abby -le dijo-. Ricky quiere hablar contigo. Voy a pasártelo. Por favor, haz exactamente lo que te diga.
Entonces la llamada murió.
Abby volvió a telefonear frenéticamente. Le saltó el buzón de voz. Luego, casi al instante, recibió otra llamada. En la pantalla apareció: «Número privado».
Era Ricky.
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Octubre de 2007
– ¿Dónde está mi madre? -gritó Abby al teléfono antes de que él tuviera ocasión de hablar-. ¿Dónde está, cabrón?
¿DÓNDE ESTÁ?
Detrás de ella se abrió una puerta y un anciano miró fuera, luego volvió a cerrarla con fuerza.
Consternada a posteriori por haber sido tan estúpida como para dejar a su madre con aquella anciana, Abby corrió hacia la intimidad relativa del hueco de la escalera.
– Quiero hablar con ella ahora. ¿Dónde está?
– Tu madre está bien, Abby -contestó él-. Está muy cómoda enrolladita en la alfombrita, por si te preguntabas dónde había ido a parar.
Con el teléfono pegado a la oreja, bajó las escaleras, entró en el piso de su madre y cerró la puerta. Siguió caminando hasta el salón, mirando el suelo desnudo que se vislumbraba a través del fieltro. Las lágrimas rodaban por su cara. Estaba temblando, comenzaba a sentirse desconectada, los primeros síntomas de que iba a tener un ataque de pánico.
– Voy a llamar a la policía, Ricky -le dijo-. Ya no me importa nada. ¿De acuerdo? Voy a llamar a la policía ahora mismo.
– Creo que no, Abby -dijo con tranquilidad-. Creo que eres demasiado lista para hacer eso. ¿Qué vas a decirles? «¿Le robé a este hombre todo lo que tenía y ahora me ha encontrado y se ha llevado a mi madre de rehén?» Tienes que ser capaz de explicar las cosas, Abby. Hoy en día, en el mundo occidental, con todas las regulaciones de blanqueo de dinero, hay que ser capaz de aportar una explicación para todas las posesiones y cantidades de dinero importantes. ¿Cómo podrás explicar lo que tienes, con tu sueldo de camarera en un bar de Melbourne?
– Ya no me importa, Ricky. ¿De acuerdo? -Volvió a gritar al teléfono.
Hubo un silencio breve.
– Oh, creo que sí te importa -dijo él entonces-. No me hiciste lo que me hiciste por un impulso repentino. Lo planeasteis a conciencia, tú y Dave, ¿verdad? ¿Hubo alguna postura que no te dijera para follar conmigo, o acaso sólo fui yo el que acabó jodido?
– Esto no tiene nada que ver con mi madre. Tráela de vuelta. Tráela aquí y hablaremos.
– No, tráeme tú todo lo que me quitaste y entonces hablaremos.
El ataque de pánico estaba empeorando. Engullía grandes bocanadas de aire. Le ardía la cabeza. Se sentía como medio flotando fuera de su ser, como si su cuerpo fuera a derrumbarse sobre ella. Se tambaleó, se dio un golpe con el sofá, se agarró desesperadamente a uno de los brazos, luego se balanceó y se sentó atolondrada.
– Voy a colgar -dijo con la voz entrecortada-, y voy a llamar a la policía.
Pero justo cuando pronunciaba las palabras notó que parte de su convicción anterior desaparecía de su voz y que él también lo notaba.
– ¿Sí? Y luego ¿qué?
– No me importa. ¡No me importa una mierda! -Y lo repitió varias veces, como una niña con un berrinche, cada vez más fuerte-: ¡No me importa una mierda!
– Pues debería. Porque van a encontrarse con una enferma crónica que se ha suicidado y a su hija ladrona contando un cuento chino sobre el hombre a quien robó. Y el hombre que la metió en todo esto no se encuentra precisamente en situación de subirse a un estrado para respaldar su historia. Así que piensa en cómo vas a salir de ésta, zorra listilla. Ahora dejaré que te tranquilices y le prepararé una buena taza de té a tu mami. Luego volveré a llamarte.
– No… Espera… -gritó.
Pero Ricky colgó.
Luego, de repente, se acordó de que el taxi estaba esperando fuera, con el taxímetro en marcha.
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Octubre de 2007