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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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Había estado en Nueva York en varias ocasiones anteriormente. Había ido un par de veces con Sandy -una para comprar regalos de Navidad y otra por su quinto aniversario de bodas-, pero el resto de las veces había ido por trabajo y siempre disfrutaba visitando la ciudad. Tenía ganas especialmente de ver a los dos amigos policías que tenía allí, Dennis Baker y Pat Lynch.

Los había conocido hacía poco más de seis años cuando, siendo él inspector, había ido a Nueva York por una investigación de asesinato. Fue dos meses antes del 11-S. Dennis y Pat eran entonces agentes de la policía de Nueva York. Trabajaban en la comisaría de Brooklyn y fueron de los primeros en llegar al escenario del 11-S. Dudaba que hubiera dos hombres más capacitados que ellos en todo Nueva York para ayudarle a averiguar la verdad sobre si Ronnie Wilson había fallecido o no ese espantoso día.

Cleo no puso problemas, fue todo dulzura y suavidad, «ven cuando puedas», le dijo. Y tenía un premio muy, muy, muy sexy aguardándole, le aseguró. Como sabía por experiencias pasadas lo buenos que eran sus premios sexys, decidió que merecía la pena la factura del tinte que le costaría la sesión de adiestramiento canino y vómitos del pequeño Humphrey.

Centró su atención primero en sus e-mails. Contestó un par que eran urgentes y decidió dejar el resto para el viaje en avión de mañana por la mañana.

Luego, justo cuando comenzaba con el papeleo, llamaron a la puerta y, sin esperar respuesta, Cassian Pewe entró con cara de disgusto. Se plantó delante de la mesa de Grace; llevaba la chaqueta del traje colgada del hombro, el botón superior de la camisa desabrochado y la corbata cara aflojada.

– Roy, disculpa, perdona que entre así, pero estoy bastante dolido.

Grace levantó un dedo, terminó de leer un memorándum y luego le miró.

– ¿Dolido? Lo siento. ¿Por qué?

– Acabo de oír que vas a mandar al sargento Potting y al agente Nicholl a Melbourne mañana. ¿Es cierto?

– Sí, absolutamente cierto.

Pewe se dio unos golpecitos con el dedo en el pecho.

– ¿Y yo qué? Lo he empezado yo. Tendría que ser uno de los que va, ¿no te parece?

– Lo siento… ¿Qué quiere decir que lo has empezado tú? Creía que lo único que habías hecho era atender una llamada de la Interpol.

– Roy -dijo con un tono de súplica que sugería que Grace era su mejor amigo de toda la vida-, ha sido gracias a mi iniciativa por lo que todo ha avanzado tan deprisa.

Grace asintió, irritado por la actitud del hombre y la interrupción.

– Sí, y te lo agradezco. Pero debes entender que aquí en Sussex trabajamos en equipo, Cassian. Tú estás al frente de los casos sin resolver… Yo llevo una investigación candente. La información que me has proporcionado puede sernos de gran ayuda y he tomado nota de tu rapidez.

«Ahora lárgate de aquí y déjame seguir trabajando», quiso decirle, pero se calló.

– Te lo agradezco. Sólo creo que debería ser uno de los miembros del equipo que va a Australia.

– Eres más útil aquí -dijo Grace-. Es mi decisión.

Pewe lo miró y, en un ataque de despecho repentino, espetó:

– Creo que puedes acabar lamentándolo, Roy.

Luego salió furioso del despacho de Grace.

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Octubre de 2007

El martes por la tarde, a las ocho, Ricky estaba sentado a oscuras en su furgoneta, ocupando de nuevo la misma posición estratégica en la calle perpendicular al piso de la madre de Abby donde había esperado anteriormente. Desde aquí podía vigilar tanto la entrada delantera como la calle que tendría que utilizar si intentaba escabullirse por la salida de incendios de detrás.

El frío comenzaba a calar con fuerza en sus huesos. Sólo quería recuperarlo todo, perder de vista a Abby y largarse de este país de mala muerte, gélido y húmedo e instalarse en un lugar soleado.

Apenas había visto un alma en las tres últimas horas. Eastbourne tenía fama de ser una ciudad de jubilados donde la edad media era muerto o casi muerto. Hoy parecía que todo el mundo estaba muerto. La luz de las farolas invadía las aceras vacías. «Qué desperdicio, joder -pensó-. Alguien debería hablarle a esta gente de la huella de carbono.»

Abby estaba dentro, calentita junto a su madre. Presentía que esta noche iba a quedarse con ella, pero no se atrevía a dejar su puesto e ir a buscar un pub para tomar una copa, o tres, hasta estar segura.

Un par de horas antes había captado la señal del móvil nuevo de Abby cuando llamó al móvil nuevo de su madre para probar el tono y el volumen y para que su teléfono quedara grabado. Ahora, gracias a esa llamada, había podido registrar los números de ambas.

Cuando probaron el aparato, Ricky oyó un televisor de fondo. Parecía que ponían un culebrón, una escena de un hombre y una mujer discutiendo en un coche. Así que la zorra y su madre estaban cómodamente instaladas delante de la tele, en un piso calentito, cargando dos móviles nuevos que habían comprado con el dinero de él.

El Intercept pitó afanosamente. Abby estaba llamando a residencias de ancianos para encontrar algún lugar donde llevar a su madre durante cuatro semanas, hasta que quedara disponible una habitación en el sitio que había elegido.

Estaba interrogándoles sobre los cuidados, los médicos, los horarios de las comidas, los ingredientes de los platos, el ejercicio, sobre si había piscina, sauna, si estaban cerca de una carretera principal o en un lugar tranquilo, con jardines sin barreras arquitectónicas, ¿había baños privados? Su lista era interminable. Minuciosa. Como había aprendido, muy a su pesar, era una zorra minuciosa.

¿Y de quién era el dinero que iba a pagar todo aquello?

Escuchó a Abby mientras concertaba citas para ir a ver tres sitios por la mañana. Supuso que no se llevaría a su madre. Que no habría olvidado que tenía que pasar el cerrajero.

Cuando acabara con ella, no sería una residencia lo que iba a necesitar. Sería un velatorio.

81

Octubre de 2007

A las 8.20 de la mañana siguiente, el inspector Stephen Curry, acompañado por el sargento Ian Brown, entró en la pequeña sala de reuniones del bloque de detención situado detrás de Sussex House. En la mano llevaba las notas informativas del día, que consistían en un resumen completo de todos los delitos prioritarios que habían tenido lugar en el distrito durante las últimas veinticuatro horas.

A ellos se unió el sargento Morley y el segundo sargento del primer turno, una agente bajita y fornida llamada Mary Gregson que llevaba el pelo muy corto y salvaje y mostraba un entusiasmo aún más salvaje por su trabajo.

Se pusieron manos a la obra de inmediato. Curry comenzó repasando todos los incidentes más graves: un episodio racista horrible, en el que un estudiante musulmán había recibido una paliza delante de un local de comida para llevar que abría toda la noche en Park Road, Coidean, mientras regresaba a la universidad; un accidente de tráfico mortal entre un motociclista y un peatón en Lewes Road; un atraco con violencia en Broadway en Whitehawk; y un joven que había recibido una paliza en Preston Park en un incidente homófobo.

Los revisó todos exhaustivamente, analizando las áreas que suponían una amenaza, asegurándose, en su jerga, de «no cometer ninguna cagada» que el comisario pudiera echarle en cara en la reunión de las 9.30.

Después pasaron a las denuncias actuales de personas desaparecidas en el distrito y acordaron las líneas de investigación. Mary aportó los detalles sobre una fianza que tenían que cargar hoy y recordó a Curry que tenía una reunión a las once con un abogado de la fiscalía para hablar sobre un sospechoso al que habían detenido acusado de realizar una serie de tirones de bolsos ocurridos durante los turnos anteriores.

Entonces, de repente, el inspector recordó algo más.

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