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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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– John… Ayer te hablé de una mujer en Kemp Town a la que había que visitar. No lo he visto en la lista… ¿Cómo se llamaba…? Katherine Jennings. ¿Algún seguimiento?

De repente, Morley se ruborizó.

– Vaya, Dios mío, lo siento, jefe. No he hecho nada. Entró el incidente de Gemma Buxton y… Lo siento… Le di prioridad máxima. Lo pondré en la planificación y enviaré a alguien esta misma mañana.

– Bien -dijo Curry, luego volvió a consultar la hora. Mierda. Eran casi las 9.05. Se levantó de un salto-. Nos vemos luego.

– Pásalo bien con el director -dijo Mary con una sonrisa picara.

– Sí, tal vez hoy seas el preferido del profe -dijo Morley.

– ¿Con alguien tan desmemoriado como tú en el equipo? -replicó-. No lo creo.

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Octubre de 2007

Ricky durmió de manera irregular, dando cabezadas después de premiarse con varias pintas de cerveza en un pub abarrotado del paseo marítimo y despertándose sobresaltado cada vez que veía unas luces u oía un vehículo, o pasos, o una puerta que se cerraba. Se sentó en el asiento del copiloto para no parecer un conductor borracho si aparecía algún policía preguntón y sólo salió de la furgoneta un par de veces para orinar en un callejón.

A las seis de la mañana, todavía de noche, condujo en busca de una cafetería para desayunar y regresó a su puesto de observación al cabo de una hora.

¿Cómo demonios se había metido en esta situación?, se preguntaba una y otra vez. ¿Cómo se había dejado engañar por esa zorra? Sí, había jugado con mucha inteligencia, acercándose a él, jugando a la perfección a la putita caliente. Dejándole que le hiciera todo lo que quiso y fingiendo disfrutar. Tal vez hubiera disfrutado de verdad, pero todo el tiempo había estado sonsacándole información sutilmente. Las mujeres eran listas, sabían cómo manipular a los hombres.

Había cometido el maldito error de contárselo, porque quiso presumir. Creyó que la impresionaría.

Pero en lugar de eso, una noche que llevaba una turca de tres pares de narices, ella lo desplumó y se largó. Necesitaba recuperarlo todo desesperadamente. Sus finanzas estaban en números rojos, estaba hasta el cuello de deudas y el negocio no funcionaba. Ésta era su única oportunidad. Le había caído del cielo y ella se la había arrebatado y había huido.

Pero tenía una cosa a su favor: el mundo al que se había fugado era más pequeño de lo que ella pensaba. Cualquier persona a la que recurriera, con lo que poseía, haría preguntas. Muchas preguntas. Sospechaba que Abby ya había comenzado a averiguarlo, razón por la cual aún no se había marchado de aquí. Y ahora sus problemas se habían acentuado con la llegada de él a Brighton.

A las 9.30 un taxi local de Eastbourne paró delante de la puerta del bloque de pisos. El conductor se bajó y llamó al timbre. Un par de minutos después, Abby apareció. Sola.

Bien.

Perfecto.

Se dirigía a la primera de las tres citas que había concertado para esta mañana en las residencias. Y dejaba a mamá sola, con las instrucciones estrictas, sin duda, de no abrir la puerta a nadie excepto al cerrajero.

Observó mientras subía y el taxi arrancaba. No se movió. Sabía lo impredecibles que eran las mujeres y que podía volver perfectamente dentro de cinco minutos a buscar algo que había olvidado. Disponía de mucho tiempo. Abby estaría fuera una hora y media como mínimo, y probablemente tres o más. Sólo debía tener un poquito más de paciencia para asegurarse de que no hubiera moros en la costa.

Luego, no todo iría rápido.

83

Octubre de 2007

Glenn Branson llamó al timbre y retrocedió un par de pasos para que la cámara de seguridad pudiera echarle un buen vistazo. La verja de hierro forjado se movió bruscamente un par de veces y luego comenzó a abrirse despacio. El sargento volvió a entrar en el coche, cruzó dos pilares de ladrillo imponentes y siguió hasta el camino de entrada circular, los neumáticos crujiendo sobre la gravilla. Se detuvo detrás de un Mercedes deportivo y un Clase S plateados, aparcados uno junto al otro.

– Está bien este sitio, ¿no te parece? -comentó-. Mercedes a juego para él y para ella y todo eso.

Bella Moy asintió, empezaba a recuperar el color. La manera de conducir de Glenn la aterrorizaba. Le caía bien y no quería ofenderle, pero si hubiera podido coger el autobús para volver al despacho, o caminar descalza sobre carbón caliente, lo habría hecho.

La casa palaciega era en parte de estilo georgiano de imitación y en parte templo griego, con un pórtico de columnas que ocupaba toda la fachada. Ari se moriría por un lugar así, pensó Glenn. Era curioso, porque cuando se casaron no parecía en absoluto que le interesara el dinero. Todo eso cambió más o menos cuando Sammy, que ahora tenía ocho años, empezó a ir al colegio. Sin duda la culpa la tenía conversar con otras madres, ver sus coches elegantes, ir a sus casas ostentosas.

Pero residencias como ésta también le fascinaban a él. A Glenn le parecía que las casas tenían aura. Había muchas otras en esta zona, y en otras partes de la ciudad, igual de grandes y chic, pero daban la impresión de estar habitadas por gente normal y decente. Sólo de vez en cuando se veía un lugar como aquél, que por algún motivo parecía demasiado ostentoso y emitía señales, queriendo o sin querer, de que no había sido adquirido con dinero honrado.

– ¿Te gustaría vivir aquí, Bella? -preguntó.

– Podría acostumbrarme. -La mujer sonrió, luego pareció un poco nostálgica.

Él la miró de reojo. Era una mujer mona, de rostro alegre debajo de la cabellera castaña y no llevaba anillo en el dedo anular. Siempre vestía con poca gracia, como si no le interesara sacarse el mejor partido, y él se moría por hacerle un cambio de imagen. Hoy llevaba una blusa blanca debajo de un sencillo jersey de pico azul marino, pantalones de lana negros, zapatos negros y robustos y un abrigo corto verde de lana gruesa.

Nunca hablaba de su vida privada y Glenn se preguntaba a menudo quién la esperaba cuando llegaba a casa. ¿Un hombre, una mujer, compañeros de piso? Uno de sus colegas había dicho en una ocasión que Bella cuidaba de su madre anciana, pero ella nunca había mencionado nada al respecto.

– No recuerdo dónde vives -le dijo mientras bajaban del coche. Una ráfaga de viento levantó los faldones de su abrigo beige.

– En Hangleton -contestó ella.

– Eso.

Encajaba, en cierto modo. Hangleton era un barrio residencial, plácido y agradable, situado al este de la ciudad, dividido por una autopista y un campo de golf. Tenía muchas casitas y bungalows y jardines bien cuidados. Era exactamente la clase de zona tranquila y segura en la que podría vivir una mujer con su madre anciana. De repente, vio en su mente la imagen de una Bella triste en casa, cuidando de una señora enferma y frágil, masticando Maltesers como sustitutivo de cualquier otro tipo de vida. Como una mascota encerrada y compungida.

Volvió a llamar al timbre y los recibió una criada filipina que los condujo por un invernadero de cítricos de techo alto, con vistas a terrazas de céspedes, una piscina infinita y una cancha de tenis.

Les señaló unos sillones dispuestos en torno a una mesita de café de mármol y les ofreció bebidas. Entonces entraron Stephen y Sue Klinger.

Stephen era un hombre alto, delgado y de aspecto bastante frío y unos cuarenta y muchos años. Tenía el pelo ondulado y canoso peinado severamente hacia atrás y las mejillas cubiertas de venas violetas. Llevaba un traje de raya diplomática y mocasines caros y miró su reloj justo después de estrechar la mano a Branson.

– Me temo que debo irme dentro de diez minutos -dijo con voz dura y anodina, muy distinta a la del Stephen Klinger al que habían interrogado ayer en su despacho después de un almuerzo muy pesado, evidentemente.

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