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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Él se había alistado por ella. Karin le dijo que lo dejara, que se amparase en la cláusula de rescisión antes de que transcurrieran cuarenta y ocho horas. Pero al oírse a sí misma destruyendo el único intento de Mark para adquirir autoestima, se echó atrás. Y tal vez él tuviera razón. Quizá también ella tenía que pagar por el privilegio. Dos semanas después, estaba boca abajo dentro de su camioneta volcada, en la cuneta de una carretera helada, y su etapa de servicio patriótico había terminado.

Karin se puso en contacto con los oficiales de reclutamiento de la Guardia mientras Mark estaba ingresado todavía en el Buen Samaritano. Intentó librar a Mark por completo de su compromiso, pero todo lo que pudo conseguir fue una exención temporal por motivos médicos, sometida a revisión. Una incertidumbre más cernida sobre su cabeza. Al cabo de cierto tiempo, la idea de la seguridad le parecía un puñetazo a traición. La Guardia reclamaría a Mark, si lo consideraban apto para el servicio. Entretanto, Rupp se entrenaba por todos ellos. Duane le prestó su apoyo moral poniéndose una camiseta con la inscripción «Los marines buscan algunas mujeres buenas», junto con la imagen estampada ilustrativa.

Pero Duane sí ayudó a Rupp y Bonnie a proteger la Homestar. Karin observaba, desde tan cerca como Mark le permitía. Mark disfrutaba de la compañía, nunca se preguntaba por qué su celebración de la vuelta a casa se prolongaba durante semanas. Mientras los invitados siguieran allí y el frigorífico estuviera siempre lleno, parecía dispuesto a vivir al día y no pensar en el mañana.

Karin se mantenía al margen y apelaba al peculiar sentido del deber de Rupp.

– ¿Le vigilarás cuando fume? Lleva meses sin hacerlo. Me aterra que se olvide de lo que está haciendo e incendie la casa.

– Vamos, relájate. Salvo por unas pocas teorías extrañas, Mark ha vuelto a la normalidad.

Ella no podía discutir. Ya no sabía qué significaba la normalidad.

– ¿Puedes tener cuidado con la cerveza por lo menos?

– ¿Esto? Este líquido no puede hacer daño a nadie. Es bajo en hidratos de carbono.

De noche, cuando iba en coche a la casa de su hermano, las luces siempre estaban encendidas. Eso significaba ruidosos festivales cinematográficos de artes marciales seguidos de orgías de videojuegos que se prolongaban durante toda la noche. Ahora ella los toleraba. Incluso el demencial juego NASCAR no podía ser peor que la terapia cognitiva para hacer que Mark volviera a la vida. La pantalla era ahora el único lugar donde él podía ser feliz. Pero el juego también lo enloquecía. Antes del accidente, sus pulgares habían sido más rápidos que sus ojos. Ahora recordaba todo lo que en otro tiempo podía hacer, pero no la manera de hacerlo, y eso le enfurecía. En esas ocasiones ella agradecía la presencia de Rupp y Cain. Nadie más podía protegerla de los arranques de ira de su hermano. Ahora que había sanado físicamente, podría destrozarla sin percatarse siquiera. Ella era un agente del gobierno, un robot. Podría decapitarla en un instante en busca de los cables. Un solo acceso de furia confusa, y su vida habría terminado.

Cain y Rupp contenían la ira de Mark. Habían aprendido a tratarlo: dejaban que estallara, y entonces volvían a poner el mando del juego en sus manos. Esto se había convertido en un hábito que formaba parte de la fiesta.

El Día de la Independencia todos se reunieron para contemplar los fuegos artificiales. Los chicos empezaron temprano: llenaron de cerveza helada un barril de petróleo y asaron sobre la fogata encendida en un hoyo un cuarto de ternera. Cuando llegó Karin, estaban escuchando al Coro del Tabernáculo Mormón que cantaba letras patrióticas sobre la base musical de marchas de Sousa. Las ondas sonoras la golpearon cuando bajó del coche una vez aparcado. Duane estaba tratando de domeñar una máquina de hacer helado, razonando con el rebelde mecanismo. Mark se reía de él, con más naturalidad de la que había mostrado al reírse desde el accidente.

– Tu máquina tiene diarrea.

– Esta cabrona no va a poder conmigo. Y luego arreglaré la platina. Enséñame una máquina que no pueda reparar. Creo que es un problema de polaridad. ¿Estás familiarizado con esa clase de problemas?

El espectáculo divertía tanto a Mark que ni siquiera protestó al ver a Karin.

– ¡Mira quién ha venido! Está bien… también tú eres una ciudadana. Un bonito detalle, por cierto. El Cuatro de Julio siempre ha sido la fiesta favorita de mi hermana. Dediquémosle esta a ella, dondequiera que esté. A ella y a todos los norteamericanos desaparecidos.

Ella no había tenido nada bueno que decir acerca de la festividad desde los diez años. Pero tal vez él se refiriese a aquella Karin infantil. Aquellos dos niños, los ojos centelleantes, llenos de temor y emoción cuando su padre hacía detonar los fuegos de artificio ilegales en la zona norte de la finca.

– Tiene que estar en el extranjero -dijo Mark con el semblante ensombrecido-. En el extranjero o en la cárcel. Si estuviera en Estados Unidos, habría tenido noticias de ella. Precisamente hoy… Creedme, tal vez haya cosas de su vida que yo desconocía.

Bonnie acudió nada más salir del trabajo en la Arcada de River Road, todavía con el sombrero de pionera y un vestido de algodón que le llegaba a los tobillos. Estaba a punto de entrar en el baño y cambiarse de ropa cuando Mark la detuvo.

– ¡Eh! ¿Por qué no te quedas así? Me gustas vestida de esta manera. -Señaló el corpiño de algodón estampado-. Ya nadie se viste así. Lo echo de menos.

Ella parecía un diorama de museo capaz de reír.

– ¿Qué quiere decir eso de que lo echas de menos?

– Ya sabes: los viejos tiempos, las cosas típicas de Norteamérica. Tiene su encanto. Me relaja.

A pesar de las obscenidades de que era objeto por parte de Rupp y Cain, Bonnie siguió con el disfraz y en la cocina se reunió con Karin, que llevaba pantalones cortos y el ombligo al aire, para preparar el improvisado festín. tejanos, camuflaje para cazar patos, camisetas con inscripciones y un falso sombrero de algodón estampado: dos siglos y cuarto de la historia de Norteamérica.

– ¿Dónde está tu amigo? -le preguntó Bonnie a Karin.

– ¿Qué amigo? -inquirió Mark desde el patio.

Karin sintió deseos de retorcer el cuello que emergía del algodón estampado con volantes.

– Está en casa. Es… -Movió la mano, señalando vagamente el sistema estereofónico, las masas corales de las marchas de Sousa-. Detesta los destiles militares. No soporta las explosiones.

– ¿Qué amigo? -Mark, al otro lado de la ventana, aplicó la cara a la tela metálica del mosquitero-. ¿De quién estáis hablando?

– ¿Te estás tirando a alguien? -le preguntó Rupp, con cortés interés.

Duane saboreó la inusual sensación de la primicia.

– No es nada nuevo, Gus. Se ha arrejuntado con Riegel. ¿En qué país habéis vivido, tíos?

– ¿Danny Riegel? ¿El chico de los pájaros? ¿Otra vez? -Rupp brindó por Karin con una lata de cerveza-. Eso no tiene precio. ¿Por qué no lo vi venir? Quiero decir, ¿vuelta a lo mismo? La migración anual.

Duane se rió disimuladamente.

– Ese tío salvará al planeta algún día.

– Más de lo que tú harás en toda tu vida por salvarlo -le reprendió Bonnie.

Karin observó a Mark a través del mosquitero de la cocina. Había vuelto a sentarse en el patio y se aplicaba un cubito de hielo a la frente. Trataba de ubicar el nombre, encajando el largo pasado en los cinco segundos de fugaz presente en que ahora habitaba. Alguien pretendía ser su hermana y vivía con un muchacho que, en otra vida, había sido su compañero inseparable y que también había estado liado con su verdadera hermana. Era imposible conjuntarlo. ¿Cuántas vidas tenía que explicarse uno en esta vida?

Durante la comida, los muchachos decidieron dónde atacaría primero Estados Unidos. Duane y Mark propusieron varios países, y Tommy calculó el grado de dificultad con que se invadiría cada uno de ellos. Bonnie -un daguerrotipo coloreado con un bistec de doscientos gramos en un plato de papel en equilibrio sobre una rodilla- escuchaba, como si fuese un discurso que tuviera que memorizar para su trabajo en la Arcada.

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