Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
Carl buscó con la mirada un banco donde dar un merecidísimo descanso a su cerebro abotagado y a sus piernas.
– Yo le indico el camino, voy en la misma dirección que usted. Ya he visto lo mal que lo ha pasado en el avión -se ofreció un alma caritativa en un danés de pura cepa.
Al mirar a un lado se encontró con un individuo de indudable procedencia asiática.
– Me llamo Vincent -se presentó; y echó a andar con su equipaje de mano rodando tras de sí.
Esa no era exactamente su idea de un apacible domingo cuando se desplomó en su edredón apenas diez horas antes.
Tras un fugaz traqueteo semiinconsciente en el metro, al emerger de los laberínticos pasillos de la estación de Callao contempló pasmado el iceberg de edificios monumentales de la Gran Vía. Colosos neoimpresionistas, de corte funcionalista y clasicistas, si tocaba describirlos. Jamás había visto nada igual. Ruido, olores, calor y un auténtico hervidero de gente con mucha prisa. Solo encontró una persona con la que solidarizarse, un mendigo desdentado que se había sentado en el suelo con un sinfín de tapaderas de plástico de colores destinadas a diferentes donaciones. Había monedas y billetes en todas ellas. De todas las nacionalidades. No acababa de entender lo que ponía, pero sí la ironía que acechaba en los ojos chispeantes del mendigo. Tú eliges, decía su mirada. ¿Una donación para birra, para vino, para aguardiente o para tabaco? Tú eliges.
Los viandantes sonreían al pasar y uno sacó una cámara y le preguntó si podía hacerle una foto. El mendigo soltó una carcajada desdentada y le mostró un letrero.
«Fotos, 280 euros», se leía.
Funcionó. No solo con los circunstantes, también con los petrificados músculos de la risa de Carl. Su risotada fue una agradable sorpresa cuya nota predominante era la ironía. El mendigo le puso en la mano nada menos que una tarjeta de visita; tenía hasta página web, www. lazybeggars. com. Meneando la cabeza entre risas, el policía se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta a pesar de que la gente que pedía en la calle no solía despertar sus simpatías.
En ese instante regresó a la realidad, ardiendo en deseos de machacar a cierta empleada del Departamento Q.
Allí estaba, a tomar viento en un país desconocido, atiborrado de pastillas que le dejaban el cerebro en punto muerto, con todos los miembros doloridos por la reacción de su sistema inmune y el bolsillo más vacío que vacío. Se había pasado la vida oyendo historias de turistas descuidados con la sonrisa en los labios y ahora le ocurría a él, un subcomisario de policía que veía peligros e individuos de dudosa catadura por todas partes. ¿Cómo podía ser tan imbécil? Y encima, en domingo.
Statu quo: adiós cartera. Ni siquiera pelusillas. Veinte minutos como sardinas en lata en un vagón de metro atestado tenían su precio. Adiós tarjeta de crédito, adiós pasaporte provisional, adiós carné de conducir, adiós relucientes billetes de cincuenta, adiós billetes de metro, adiós lista de teléfonos, adiós seguro de viaje, adiós pasaje de avión.
No se podía caer más bajo.
Le sirvieron un café en un despachito de KB Construcciones, S. A. y lo dejaron amodorrado frente a un montón de ventanas polvorientas. Quince minutos antes lo había detenido en el vestíbulo el portero de Gran Vía 31, que, en vista de que no podía presentar identificación alguna, se negó a verificar su cita durante un buen rato. Hablaba como una metralleta y no paraba de soltar palabras incomprensibles. Al final Carl optó por escupirle a la cara unas diez veces su mejor trabalenguas en danés.
Funcionó.
– Kyle Basset -oyó que decía una voz a varios kilómetros de allí sacándolo de su modorra.
Le dolían tanto el cuerpo y la cabeza que abrió los ojos con cautela, temiendo haber ido a parar al purgatorio.
Una vez ante los blancos y gigantescos ventanales del despacho de Basset le sirvieron otro café y, con la mente más o menos despejada, observó un rostro de treinta y tantos años que sabía perfectamente lo que representaba. Riqueza, poder y un ego desmesurado.
– Su empleada me ha puesto al corriente de la situación -dijo Basset-. Están investigando una serie de asesinatos que podrían estar relacionados con las personas que me agredieron en el internado en su momento. ¿Me equivoco?
Hablaba danés con acento. Carl echó un vistazo a su alrededor. Era un despacho inmenso. Abajo, en la Gran Vía, la gente salía en tropel de tiendas como Sfera y Lefties. En medio de aquel entorno era casi un milagro que Basset aún entendiera una sola palabra en su idioma.
– Podría tratarse de una serie de asesinatos, todavía no lo sabemos.
Carl se bebió el café de un trago. Muy cargado; no era precisamente lo mejor para sus intestinos en ebullición.
– Me dice sin más rodeos que lo agredieron. Entonces, ¿por qué no dio señales de vida cuando se abrió el proceso contra ellos?
Su anfitrión se echó a reír.
– Ya me quejé en su momento ante la autoridad competente.
– ¿Que era…?
– Mi padre. Compañero de internado del padre de Kimmie.
– Ya veo. ¿Y consiguió algo?
Se encogió de hombros y abrió una pitillera labrada en plata. De modo que seguían existiendo objetos así. Le ofreció un cigarrillo a Carl.
– ¿Cuánto tiempo tiene?
– Mi vuelo sale a las 16:20.
Consultó el reloj.
– Vaya, no es mucho. Imagino que cogerá un taxi.
El policía aspiró el humo y lo retuvo. Mucho mejor, joder.
– Tengo un pequeño problema -admitió sin orgullo.
Puso a Basset al tanto de su situación. Un carterista en el metro. Sin dinero, sin pasaporte y sin billete de vuelta.
Kyle Basset pulsó el botón del interfono. Sus órdenes no sonaron muy amables, parecían más bien de las que se dan a la gente que se desprecia.
– Le haré un resumen -dijo.
Contempló el edificio blanco que había enfrente. Tal vez hubiera reminiscencias de dolor en su mirada, era difícil saberlo en medio de su dureza.
– Mi padre y el de Kimmie decidieron darle su merecido a su debido tiempo. Podía esperar. A mí no me pareció mal. Conocía a su padre, Willy K. Lassen; bueno, lo sigo conociendo. Tiene un piso en Mónaco a dos minutos del mío y es un hombre que no hace concesiones. Alguien a quien no conviene desafiar, me atrevería a decir. Al menos antes. Ahora está muy enfermo, le queda demasiado.
Sonrió al decirlo. Extraña reacción.
Carl apretó los labios. De modo que el padre de Kimmie estaba enfermo de veras, tal como le había dicho a Tine. Los años le habían enseñado que la realidad y la ficción tenían la costumbre de enredarse.
– ¿Por qué Kimmie? -preguntó-. Habla solo de ella. ¿No intervinieron también los demás? ¿Ulrik Dybbøl Jensen, Bjarne Thøgersen, Kristian Wolf, Ditlev Pram y Torsten Florin? ¿No estaban todos juntos?
Basset entrelazó las manos con el cigarro humeante colgándole de los labios.
– No creerá que me escogieron conscientemente.
– No lo sé. No conozco el episodio con gran detalle.
– Pues entonces se lo digo yo. Estoy convencido de que me dieron aquella paliza por casualidad, igual de casualidad que lo que pasó después.
Se llevó una mano al pecho y se echó un poco hacia delante.
– Tres costillas rotas. El resto se había desprendido de la clavícula. Estuve varios días meando sangre. Podían haberme matado. Eso también fue casualidad, se lo aseguro.
– Ajá; lo que no entiendo es adónde quiere ir a parar. Eso no explica por qué solo quiso vengarse de Kimmie Lassen.
– ¿Sabe una cosa, Mørck? El día que esos cabrones me atacaron aprendí algo. En realidad, les estoy muy agradecido.
La siguiente frase la acompañó de un golpe en la mesa a cada palabra.
– Aprendí que cuando se presenta la ocasión hay que aprovecharla. Tanto si es casual como si no. Sin importar si es justo o si los demás son culpables o inocentes. Es el abecé del mundo de los negocios, ¿sabe? Afila tus armas y no dejes de usarlas. Aprovecha. Mi arma en este caso fue que teníamos influencia sobre el padre de Kimmie.