Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– ¿Se te ocurre quién ha podido obligarlo a tirarse? -le preguntó Antonsen cuando colgó.
Hizo un gesto negativo. Que quién podía haber sido, le preguntaba. Seguramente alguien a quien Aalbæk le había jodido la existencia al meter las narices en su vida, alguien que quizá pensara que sabía demasiado. Pero también podría tratarse de la banda. Ocurrírsele, se le ocurrían montones de posibilidades, solo que ninguna de ellas era una prueba que pudiera pregonarse a los cuatro vientos.
– ¿Habéis registrado su despacho? -preguntó-. Su cartera de clientes, su agenda de reuniones, los mensajes del contestador, el correo electrónico…
– Hemos mandado gente para allá y dicen que no es más que un viejo cuartucho vacío con un buzón.
Carl echó un vistazo a su alrededor con el ceño fruncido. Después se acercó al escritorio que había junto a la pared del fondo, se agenció una de las tarjetas de visita de Aalbæk que había bajo la carpeta y marcó el número de la agencia.
No habían pasado ni tres segundos cuando empezó a sonar un móvil en el recibidor.
– ¡Bueno! Ya sabemos dónde estaba su despacho en realidad -exclamó-. Aquí mismo.
No resultaba nada evidente. No había un solo archivador, ni una carpeta con recibos a la vista. Solo libros baratos, cachivaches dispersos y varias ristras de CD de Helmut Lotti y otros tipos de ese pelaje.
– No dejéis ni un solo centímetro sin revisar -ordenó Antonsen.
La cosa iba a llevar su tiempo.
No llevaba ni tres minutos metido en la cama con todos los síntomas de la gripe lanzándose con energías renovadas a un nuevo asalto contra su organismo, cuando Rose volvió a llamarlo. Esta vez con las cuerdas vocales a pleno rendimiento.
– Es El Pendiente, Carl. La pareja del que apareció en Lindelse Nor. Ahora podemos relacionar el que encontramos en la funda de Kimmie con las desapariciones de Langeland con total seguridad, ¿no es increíble?
Sí que lo era, pero costaba un poquito seguirle el ritmo.
– Y no solo eso, Carl. Ha llegado la respuesta a unos mensajes que mandé el sábado por la mañana. Puedes ir a hablar con Kyle Basset, ¿no es un pasote?
Carl se encogió de hombros y reptó, cansado, hacia la cabecera de la cama. ¿Kyle Basset? El chico al que habían acosado en el internado. Sí, claro; era… un pasote, eso.
– Puede recibirte a mediodía. Hemos tenido suerte, porque no suele pasar por su despacho, pero los domingos sí. Os vais a ver a las dos, así puedes tomar el vuelo de vuelta a las 16:20.
El torso se le enderezó él solito como si le hubiera saltado un resorte en la espalda.
– ¡VUELO! ¿De qué coño estás hablando, Rose?
– Sí, es en Madrid. Ya sabes que tiene la empresa en Madrid.
Carl abrió unos ojos como platos.
– ¡MADRID! Yo no pienso ir a Madrid así me maten. Vete tú, no te jode.
– Ya te he reservado los billetes, Carl. Sales con SAS a las 10:20. Nos vemos en el aeropuerto una hora y media antes. Ya te he hecho el check-in.
– No, no y no; yo no pienso ir en avión a ningún sitio.
Intentó tragar una masa viscosa que se le había quedado en la campanilla.
– ¡Ni de coña!
– ¡Guau, Carl! ¿Te da miedo volar?
Se echó a reír con una de esas risas que imposibilitaban cualquier respuesta plausible.
Vaya si le daba miedo volar. Al menos hasta donde él sabía, porque la única vez que lo había intentado -para ir a Aalborg a una fiesta-, había hecho la ida y la vuelta con tal melopea preventiva que Vigga había estado a punto de partirse la espalda arrastrándolo de un lado a otro. Al cabo de quince días, seguía agarrándose a ella en sueños. ¿A quién coño se iba a agarrar ahora?
– No tengo pasaporte y no pienso hacérmelo, Rose. Anula esos billetes.
Otra vez esa risa. Una mezcla realmente desagradable, esa combinación de dolor de cabeza, pavor y aquellos gorgoritos taladrándole los tímpanos.
– Del pasaporte ya me he encargado yo con la policía del aeropuerto -le explicó-. Puedes recogerlo mañana. Tranquilo, Carl, te daré unos Frisium. Tú lo único que tienes que hacer es presentarte en la terminal tres con hora y media de antelación. El metro te lleva directamente y no hace falta que cojas el cepillo de dientes. Pero que no se te olvide la tarjeta de crédito, ¿de acuerdo?
Luego colgó y lo dejó solo en la oscuridad. Era del todo incapaz de recordar en qué momento habían empezado a torcerse las cosas.
31
– Ten, tómate dos de estas -le dijo mientras le embuchaba dos minipastillas y le metía dos más en el bolsillo de la camisa con el osito.
Él lanzó una mirada desesperada por el vestíbulo y los mostradores en busca de un alma autoritaria que tuviera algo que censurarle. Problemas de vestuario, de carisma, lo que fuera con tal de verse libre de la abominable escalera mecánica que estaba a punto de conducirlo a la perdición.
Lo había provisto de una exhaustiva hoja de ruta impresa, la dirección del despacho de Kyle Basset, un pequeño diccionario de conversación y órdenes terminantes de no ingerir las otras dos pastillas hasta que estuviera sano y salvo en el vuelo de vuelta. Eso y un montón de cosas más. En el plazo de cuatro minutos no sería capaz de repetir ni la mitad. Pero ¿qué se podía esperar después de una noche en blanco y con aquella sensación de cagalera inminente con riesgo de explosión que iba en aumento en la región inferior de su cuerpo?
– Tal vez te amodorren un poco -le explicó para finalizar-, pero funcionan, hazme caso. Ahora no te dará miedo nada. Podría estrellarse el avión sin que te inmutaras.
Carl comprendió que lamentaba no haberse tragado ese último comentario y se sintió impelido hacia la escalera mecánica con su pasaporte provisional y su tarjeta de embarque en la mano.
A mitad de camino por la pista de despegue empezó a sudar la gota gorda, su camisa se volvió visiblemente más oscura y los pies le empezaron a resbalar en los zapatos. Aunque ya notaba los efectos de las pastillas, en aquellos momentos el corazón le latía con tal violencia que no le habría sorprendido morirse de un infarto fulminante.
– ¿Se encuentra bien? -le preguntó su compañera de asiento tendiéndole la mano.
Después le pareció que dejaba de respirar durante los primeros diez mil metros de ascensión por el éter. Lo único que notaba eran las sacudidas y unos inexplicables chasquidos y traqueteos en el fuselaje.
Abrió el aireador y volvió a cerrarlo. Echó el respaldo hacia atrás. Palpó bajo el asiento para asegurarse de que su chaleco salvavidas estaba en su sitio y rechazó los diversos ofrecimientos de la azafata cada vez que se acercaba.
Después cayó dormido como un tronco.
– Mire, ahí abajo está París -le dijo su vecina en un momento dado desde algún lugar muy, muy lejano. Nada más abrir los ojos se reencontró con la pesadilla, el cansancio, los espasmos gripales en todos los miembros y, por último, una mano que señalaba hacia la sombra de algo que, en opinión de su propietaria, eran la torre Eiffel y la Place de l’Étoile.
Asintió con la mayor indiferencia. A París podían darle por cierto sitio. Él lo único que quería era apearse.
Al darse cuenta, la mujer de al lado volvió a darle la mano. Cuando se despertó con un respingo al aterrizar en Barajas, Carl seguía estrechándola entre las suyas.
– Se ha quedado usted grogui -comentó mientras le mostraba el cartel del metro.
El subcomisario le dio unas palmaditas al pequeño talismán que llevaba en la pechera, varias más al bolsillo interior donde llevaba la cartera y se preguntó a sí mismo con fatiga si aceptarían la Visa.
– Es muy fácil -le explicó su vecina-. Se compra un billete de metro ahí y luego se baja por esas escaleras. Vaya hasta Nuevos Ministerios, haga transbordo a la línea 6 y vaya hasta Cuatro Caminos, luego tome la línea 2 hasta Ópera y después es solo una estación por la línea 5 hasta Callao. El sitio donde tiene su reunión no está ni a cien metros.