Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Ya verás lo que te ha traído mamá, mi vida.
Sacó a la diminuta personita de entre las telas y se quedó contemplándola con la mayor de las ternuras. Era un milagro de Dios, con sus deditos en las manos y en los pies, con sus uñitas.
Luego abrió un paquete y sostuvo el contenido por encima del cuerpo disecado.
– Fíjate, Mille. ¿Has visto alguna vez algo parecido? Es justo lo que nos hace falta un día como hoy.
Le rozó una manita con el dedo.
– ¿Qué? ¿Está calentita mamá? -preguntó-. Sí, mamá está calentita.
Rompió a reír.
– Siempre le pasa cuando está tensa, ya lo sabes.
Miró por la ventana. Era el último día de septiembre, igual que cuando se fue a vivir con Bjarne doce años atrás. Solo que aquel día no llovía.
Hasta donde ella recordaba.
Después de violarla la dejaron tirada en la mesita del sofá y se sentaron en corro en el suelo a esnifar cocaína hasta que perdieron el norte. En medio de las risas locas del resto del grupo, Kristian le propinó un par de fuertes azotes en los muslos desnudos. Presumiblemente a modo de reconciliación.
– Venga, Kimmie -le gritó Bjarne-. No te hagas la remilgada, que somos nosotros.
– Esto se acabó -contestó ella entre dientes-. Se acabó.
Se daba cuenta de que no la creían, de que dependía demasiado de ellos, de que no tardaría en volver a las andadas. Pero no quería. Jamás. En Suiza se las había arreglado sin ellos y volvería a hacerlo.
Le costó un poco levantarse. Le ardía la entrepierna. Tenía distendidas las articulaciones de la cadera, le dolía la nuca y le pesaba la humillación.
La sensación se repitió con creces cuando Kassandra la recibió en la casa de Ordrup con un tono de desprecio y las siguientes palabras:
– ¿Pero es que no puedes hacer nada bien en este mundo, Kimmie?
Al día siguiente descubrió que Torsten Florin había adquirido su lugar de trabajo, Nautilus Trading A/S, y la había dejado en la calle. Uno de los empleados, que antes era amigo suyo, le entregó un cheque y le comunicó que, sintiéndolo mucho, tenía que marcharse. El propio Torsten Florin se había ocupado de la reestructuración del personal, de modo que si tenía alguna queja tendría que presentársela directamente a él.
Cuando fue al banco a ingresar el cheque se enteró de que Bjarne había vaciado la cuenta y la había cancelado.
Jamás se liberaría de sus tentáculos. Ese era el plan.
Pasó los siguientes meses encerrada en su habitación de la casa de Ordrup. Bajaba a la cocina por las noches a buscar comida y dormía durante el día, acurrucada y con su osito de peluche bien estrujado en la mano. Kassandra solía ir a su puerta a chillarle con su voz estridente, pero Kimmie se había vuelto sorda para el mundo.
Porque Kimmie no le debía nada a nadie y, además, Kimmie estaba embarazada.
– No sabes lo contenta que me puse cuando descubrí que iba a tenerte -le dijo al fardo con una sonrisa-. Enseguida supe que ibas a ser una niña y cómo ibas a llamarte. Mille, ese era tu nombre. ¿No es extraño y gracioso?
La movió un poco y volvió a envolver el cuerpo en la tela.
– Me moría de ganas de que nacieras y viviéramos como el resto del mundo las dos juntas. Tu madre conseguiría un trabajo en cuanto nacieras y al salir iría a recogerte a la guardería y estaría siempre contigo.
Sacó un bolso grande, lo dejó sobre la cama y metió una de las almohadas del hotel. Parecía un lugar de lo más calentito y seguro.
– Sí, tú y yo íbamos a vivir solas en casa y Kassandra tendría que marcharse.
Kristian Wolf empezó a llamarla pocas semanas antes de casarse. La idea de atarse lo desesperaba tanto como sus repetidas negativas.
Era un verano gris, pero lleno de alegría, y Kimmie empezaba a retomar las riendas de su vida. Dejó atrás las cosas tan terribles que había hecho. Ahora era responsable de un nuevo ser.
El pasado estaba muerto.
Solo cuando un buen día se encontró a Ditlev Pram y a Torstein Florin esperándola en la sala de estar de Kassandra se dio cuenta de que era completamente imposible. Nada más ver sus miradas expectantes recordó lo peligrosos que podían llegar a ser.
– Han venido a verte tus viejos amigos -gorjeó su madrastra enfundada en un vestido de verano casi transparente.
Cuando la expulsaron de sus dominios, My room, protestó un poco, pero lo que estaba a punto de ocurrir no era apto para sus oídos.
– Ignoro a qué habéis venido, pero quiero que os marchéis -empezó Kimmie, a sabiendas de que sus palabras no eran más que los prolegómenos de una negociación para determinar quién seguiría en pie y quién no al término de la reunión.
– Estás demasiado metida en todo esto, Kimmie -arguyó Torsten-, no podemos permitir que te retires. Quién sabe lo que se te podría ocurrir.
Ella sacudió la cabeza de un lado a otro.
– ¿A qué os referís? ¿Pensáis que voy a suicidarme dejando un montón de cartas horribles?
Ditlev asintió.
– Por ejemplo. Y se nos ocurren varias posibilidades más.
– ¿Como qué?
– ¿Qué mas da? -replicó Torsten Florin mientras se acercaba.
Si volvían a tocarla, les rompería la cabeza con uno de los jarrones chinos que había en cada esquina; pesaban lo suyo.
– La cuestión es que cuando estás con nosotros sabemos dónde te tenemos. Reconócelo, Kimmie, tú tampoco puedes evitarlo -prosiguió.
Ella esbozó una sonrisa irónica.
– A lo mejor es tuyo, Torsten. O tuyo, Ditlev.
No debería haberlo dicho, pero solo por ver sus rostros petrificados había valido la pena.
– ¿Por qué iba a irme con vosotros?
Se puso una mano en la tripa.
– ¿Creéis que sería bueno para el bebé? Yo creo que no.
Sabía lo que tenían en mente cuando se miraron. Los dos tenían hijos y los dos tenían varios divorcios y escándalos a sus espaldas. Uno más o menos no iba a ser el fin del mundo. Lo que les molestaba era su rebeldía.
– Tienes que deshacerte de ese crío -dijo Ditlev con una dureza inesperada.
Deshacerse de él, decía. Esas pocas palabras bastaron para hacerle comprender que su bebé estaba en peligro.
Extendió una mano hacia ellos para marcar las distancias.
– Si queréis que no os pase nada, dejadme en paz, ¿entendido? Completamente en paz.
Vio con satisfacción que su cambio de humor les hacía entornar los ojos.
– De lo contrario os diré que existe una caja que puede destrozaros la vida. Esa caja es mi seguro de vida. Que no os quepa la menor duda de que si me ocurre algo saldrá a la luz.
No era cierto. En efecto, tenía la caja escondida, pero no entraba en sus planes enseñársela a nadie. No eran más que sus trofeos, un pequeño recuerdo de cada una de las vidas que habían segado. Como las cabelleras de los indios. Como las orejas de los toreros. Como los corazones de las víctimas de los incas.
– ¿Qué caja es esa? -la interrogó Torsten al tiempo que su cara de zorro se llenaba de arrugas.
– He ido recogiendo cosas de cada escena del crimen. El contenido de esa caja permitiría descubrir todo lo que hemos hecho, y si nos tocáis a mí o a mi bebé moriréis entre rejas, os lo juro.
Era evidente, Ditlev había mordido el anzuelo. Torsten, en cambio, parecía más escéptico.
– A ver, di una cosa -dijo.
– Uno de los pendientes de la mujer de Langeland. La goma de Kåre Bruno. ¿Os acordáis de que Kristian lo agarró y lo tiró? Pues entonces a lo mejor recordáis también que después estuvo riéndose a la puerta de la piscina con la goma en la mano. No creo que se ría tanto cuando se entere de que tengo esa misma goma y dos tarjetas del Trivial de Rørvig, ¿no os parece?
Torsten Florin apartó la mirada como si quisiera asegurarse de que no había nadie escuchando al otro lado de la puerta.
– No, Kimmie, tienes razón. Yo tampoco creo que se ría.