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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Agitó la pistola y advirtió que una sonrisa se extendía por el rostro tumefacto del detective.

– ¿No era de pega? -preguntó mientras avanzaba lentamente hacia ella subiéndose la cremallera del pantalón.

Kimmie se volvió hacia la figura de madera que estaba en el suelo y disparó. Era asombroso lo poco que sonó el tiro cuando la bala se le incrustó en la espalda.

Incluso para Aalbæk.

Retrocedió, pero ella volvió a hacerle señas para que se acercase al balcón.

– ¿Qué pretendes? -preguntó una vez fuera con un tono grave muy distinto al anterior y las manos aferradas a la barandilla.

Kimmie miró hacia abajo. La oscuridad se abría a sus pies como un pozo sin fondo capaz de engullirlo todo. El detective, consciente de ello, se echó a temblar.

– Cuéntamelo todo -le ordenó ella; después retrocedió hasta quedar a cubierto entre las sombras de la pared.

Él hizo lo que le decía. Despacio, pero desde el principio. Las documentadas observaciones de un profesional. Llegados a ese punto, no había nada que ocultar. Al fin y al cabo no era más que un trabajo. Ahora había más cosas en juego.

Kimmie iba viendo a sus viejos amigos a medida que Aalbæk hablaba para salvar la vida. Ditlev, Torsten, Ulrik. Dicen que los hombres poderosos se aprovechan de la impotencia de la gente. Incluida la suya propia. La historia no se cansaba de demostrarlo.

Cuando al tipo que tenía delante no le quedó nada más que añadir, le dijo fríamente:

– Tienes dos posibilidades. Salta o disparo. Son cinco pisos, saltando tienes la oportunidad de sobrevivir. Por los arbustos, ya sabes. ¿No es por eso por lo que los plantan tan cerca de las casas?

Él negó moviendo la cabeza de un lado a otro. Si había algo imposible, era eso. Había tenido que pasar tanto… Esas cosas no ocurrían.

Se armó de valor y esbozó una sonrisa lastimosa.

– Ahí abajo no hay arbustos, solo césped y hormigón.

– ¿Esperas que me apiade de ti? ¿Es que te apiadaste tú de Tine?

Él no dijo nada. Permaneció callado como un muerto con la frente surcada de arrugas y trató de convencerse de que no hablaba en serio. Acababan de hacer el amor. O algo parecido.

– Salta o te pego un tiro en el vientre. A eso no sobrevivirás, te lo aseguro.

Dio un paso hacia ella y observó con gesto de terror cómo bajaba la pistola y doblaba el dedo.

De no haber sido por el alcohol que le corría pesadamente por las venas, todo habría acabado con un disparo, pero, en un alarde de temeridad, se aferró a la barandilla y saltó por encima, y habría logrado descolgarse hasta el piso de abajo si Kimmie no le hubiese machacado las falanges con la culata hasta hacerlas crujir.

Solo se oyó un ruido sordo cuando aterrizó en el suelo. Ni siquiera un grito.

Luego Kimmie se volvió, regresó al salón y lanzó una ojeada hacia la maltrecha figura de madera que sonreía sobre la alfombra. Le devolvió la sonrisa, se agachó a recoger el casquillo y se lo guardó en el bolso.

Al cerrar la puerta a su espalda estaba satisfecha. Había pasado una hora limpiando a conciencia los vasos, la botella y un sinfín de cosas más. La figura de madera la había dejado colocada junto al radiador con una bonita tela alrededor.

Como un chef listo para recibir a los siguientes invitados del establecimiento.

30

Del salón salían chasquidos, estruendo y un jaleo de mil demonios, como si todos los elefantes del mundo hubiesen arremetido en estampida contra los más que gastados muebles de Ikea del subcomisario.

Vamos, que Jesper daba otra fiesta.

Carl se restregó las sienes y se preparó para soltarle una perorata.

Cuando al fin abrió la puerta en medio de un escándalo ensordecedor, se encontró con la luz de un televisor parpadeante y con Morten y Jesper, cada uno en una punta del sofá.

– ¿Qué cojones está pasando aquí? -exclamó despistado por la omnipresencia del ruido y el vacío de la habitación.

– Surround sound -lo informó Morten con cierto orgullo tras bajar el volumen al máximo, con el mando a distancia.

Jesper señaló hacia la hilera de altavoces ocultos tras los sillones y la estantería con una mirada que quería decir: Flipante, ¿eh?

Adiós a la paz en el hogar de la familia Mørck.

Le pasaron una Tuborg templadorra e intentaron alisarle las arrugas del ceño explicándole que el equipo era un regalo de los padres de un amigo de Morten, que no conseguían hacerse con él.

Sabias personas.

Llegados a ese punto, cedió al impulso de pasar al contrataque.

– ¡Tengo algo que comunicarte, Morten! Hardy me ha preguntado si te gustaría cuidar de él aquí, en casa. Cobrando, claro. Pondremos su cama ahí mismo, donde está ese altavoz de graves tan guay que habéis traído. Lo instalaremos detrás de la cama, así la bolsa de orina puede ir encima.

Bebió un sorbito, deseoso de comprobar los efectos de la noticia una vez digerida por sus lentos cerebros de los sábados.

– ¿Cobrando? -repitió su inquilino.

– ¿Y tiene que venir precisamente aquí? -protestó Jesper con una mueca de disgusto-. Bueno, a mí me la trae floja. Si no me dan un piso subvencionado en Gammel Amtsvej, cualquier día me voy a vivir con mamá a la cabaña.

Tendría que verlo con sus propios ojos para creérselo.

– ¿Cuánto crees que puede ser? -continuó Morten.

Esta vez sí que se le puso la cabeza como un bombo.

Al cabo de dos horas y media despertó con los ojos clavados en un despertador que decía «SUNDAY 01:39:09» y la mente repleta de pendientes de plata y amatista y nombres como Kyle Basset, Kåre Bruno y Klavs Jeppesen.

En el cuarto de Jesper había resucitado el Nueva York del gangsta rap y Carl se sentía como si hubiese inhalado una sobredosis de alguna mutación del virus de la gripe. Las mucosas secas, las cuencas de los ojos que parecía que iban a romperse y una agotadora pesadez por el cuerpo y las extremidades.

Pasó largo rato echado luchando consigo mismo antes de decidirse a sacar las piernas de la cama y considerar la posibilidad de darse una ducha humeante que achicharrara a unos cuantos bichos infectos.

Descartada la idea, encendió la radio despertador y oyó la noticia de que había aparecido otra mujer apaleada y medio muerta en un contenedor de basura. Esta vez en Store Søndervoldstræde, pero en circunstancias idénticas al caso de Store Kannikestræde.

Curiosa la coincidencia, dos nombres compuestos que empiezan por «Store» y terminan en «stræde», se dijo mientras trataba de recordar si había más calles por el estilo en el distrito del Departamento A.

Por eso le pilló despierto la llamada de Lars Bjørn.

– No sería mala idea que te vistieras y vinieras a Rødovre a reunirte conmigo -le sugirió.

Carl estaba a punto de darle una respuesta demoledora, por ejemplo que Rødovre no era su zona, y hablarle de los contagios y las enfermedades infecciosas cuando Bjørn le cerró la boca con la noticia de que habían encontrado el cadáver del detective Finn Aalbæk en el césped cinco pisos por debajo de su balcón.

– La cabeza está intacta, pero el cuerpo le ha encogido por lo menos medio metro. Debe de haber aterrizado de pie. Tiene la columna vertebral incrustada en el cráneo -fue su pintoresca descripción de la escena.

Inopinadamente, funcionó contra la jaqueca. Al menos se le olvidó.

Carl encontró a Lars Bjørn delante de la fachada del edificio. El inmenso grafiti que asomaba tras él, «Kill your Mother and fuck your fucking dog!», no le daba precisamente un aire más alegre.

Todo en Bjørn decía que no pintaba nada al oeste de Valby Bakke, y que si estaba allí solo era para expiar su culpa.

– ¿Qué haces aquí, Lars? -preguntó el subcomisario mirando hacia las ventanas iluminadas de unos edificios que había tras unos árboles casi desnudos a menos de cien metros de distancia. Era el instituto de Rødovre del que prácticamente acababa de salir. La fiesta de antiguos alumnos se estaba alargando.

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