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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Qué extraña sensación. Hacía apenas seis horas había estado allí hablando con Klavs Jeppesen y ahora, Aalbæk yacía muerto a sus pies al otro lado de la calle. ¿Qué coño estaba pasando?

Bjørn le lanzó una mirada sombría.

– Como recordarás, acaban de interponer una denuncia contra uno de los hombres de confianza de Jefatura aquí presentes por agredir brutalmente al finado, así que Marcus y yo hemos pensado que no estaría de más acercarnos por aquí a ver de qué iba todo esto. Tú no sabrás nada al respecto, ¿verdad, Carl?

Menudo tonito para una oscura y fría noche de septiembre.

– Si lo hubierais seguido, como os pedí, estaríamos un poco menos perdidos, ¿a que sí? -contestó entre dientes mientras trataba de descifrar dónde empezaba y dónde terminaba aquel bulto que se había incrustado en el césped a diez metros de distancia.

– Lo han encontrado esos descebrebrados -lo informó Bjørn señalando hacia la valla de una escuela infantil y después hacia una mezcolanza de chavales inmigrantes con pantalones de chándal de rayas y pálidas adolescentes danesas de vaqueros ultraajustados. Estaba claro que no todos lo encontraban igual de guay.

– Iban a entrar a la zona de columpios de la guardería, el colegio o lo que sea eso, coño, pero no han llegado tan lejos.

– ¿Cuándo ha sido? -le preguntó Carl al forense, que ya estaba recogiendo sus cosas para marcharse.

– Bueno, ya ha empezado a refrescar, pero estaba al abrigo del edificio, así que yo diría que hará unas dos horas o dos y media -contestó con unos ojos cansados que anhelaban su edredón y el trasero calentito de su mujer.

El subcomisario se volvió hacia Bjørn.

– Yo estaba en el instituto de enfrente a eso de las siete, para que lo sepas. Hablando con un antiguo novio de Kimmie. Es totalmente casual, pero pon en el informe que te lo he dicho yo mismo.

Bjørn sacó las manos de los bolsillos de su chaqueta de cuero y se subió las solapas.

– Vaya, ¡no me digas!

Lo miró directamente a los ojos.

– ¿Nunca has subido a su casa, Carl?

– No, te puedo asegurar que no.

– ¿Estás seguro?

Con la mano en el corazón, pensó mientras sentía el recochineo de su jaqueca desde su escondrijo.

– Con la mano en el corazón -contestó al fin a falta de algo mejor-, esto ya es demasiado. ¿Habéis subido?

– Los chicos de la policía de Glostrup están arriba.

– ¿Samir?

– Samir Ghazi, el que nos han mandado para sustituir a Bak. Es de la policía de Rørovre.

¿Samir Ghazi? En ese caso, Assad ya tenía un congénere con el que compartir su sopa de engrudo.

– ¿Habéis tropezado con alguna carta de despedida? -preguntó Carl tras estrechar una manaza áspera que cualquier policía de Selandia con años de servicio a sus espaldas identificaría como la del comisario Antonsen. Unos segundos en su tenaza y nadie volvía a ser el mismo. Algún día se decidiría a decirle que podía ahorrarse las demostraciones de fuerza.

– ¿Una carta de suicidio? No, no había nada. Y que me aspen si no había alguien echándole una mano.

– ¿Qué quieres decir?

– Que aquí dentro no hay ni una puta huella. Nada en el picaporte del balcón, nada en la primera fila de vasos del armario de la cocina, nada al borde del sofá. En cambió sí que había unas huellas bien visibles en la barandilla, seguramente de Aalbæk. Y ¿por qué agarrarse a la barandilla si había decidido saltar?

– Arrepentimiento. No sería la primera vez.

Antonsen soltó una risita. Siempre lo hacía cuando encontraba a algún investigador fuera de su jurisdicción. Una modalidad de condescendencia bastante llevadera, si no había más remedio.

– Hay sangre en la barandilla. No mucha, un ligero roce. Y me da a mí que ahora, cuando bajemos a echarle un vistazo, le vamos a encontrar marcas de golpes en las manos. Uf, esto apesta.

Acababa de enviar a un par de peritos al cuarto de baño cuando, de pronto, delante de Carl y de Bjørn apareció un tipo apuesto y moreno.

– Uno de mis mejores hombres y vais vosotros y me lo levantáis. Miradnos a los ojos y decid que estáis avergonzados.

– Samir -se presentó el recién llegado tendiéndole una manaza enorme a Bjørn. Así que no se conocían.

– Que sepáis que si no tratáis bien a Samir tendréis que véroslas conmigo -dijo Antonsen dándole una palmadita en el hombro.

– Carl Mørck -lo saludó el subcomisario, que recibió un apretón de manos que no tenía nada que envidiar al que acababa de darle el comisario.

– Sí, es él -asintió Antonsen ante la mirada inquisitiva de Samir-. El tío que resolvió el caso de Merete Lyngaard y que, por lo que cuentan, le soltó un par de galletas a Aalbæk.

Se echó a reír. Al parecer, Finn Aalbæk tampoco había sido precisamente popular en la zona oeste.

– Estas astillas de la alfombra -apuntó uno de los peritos mientras señalaba hacia unos chirimbolillos diminutos que había delante de la puerta del balcón- no deben de llevar ahí demasiado tiempo. Están encima de toda la porquería.

Ataviado con su mono blanco, Carl se arrodilló a estudiarlos más de cerca. Una raza curiosa, esos de la científica. Pero competente, había que reconocérselo.

– ¿Podrían ser de un bate o algo así? -quiso saber Samir.

El subcomisario echó un vistazo por la estancia y no encontró nada digno de atención aparte de la gruesa figura de madera que había junto al balcón con una tela atada a la cintura. Un Oliver Hardy muy bien tallado, con su bombín y todo. Su compañero Stan estaba arrinconado con un aire mucho menos activo. Era extraño.

Carl se agachó a quitarle la tela y echó la estatuilla un poco hacia delante. Prometedor, muy prometedor.

– Ya le daréis vosotros la vuelta, pero me parece que esta figurita no anda muy bien de la espalda, que digamos.

Todos se arremolinaron a su alrededor y empezaron a analizar las dimensiones del orificio y la masa de la madera incrustada.

– Un calibre relativamente pequeño. El proyectil no ha llegado a atravesarla, continúa ahí dentro -dijo Antonsen ante la mirada aprobadora de los peritos.

Carl estaba de acuerdo. Seguramente un 22. Pequeño, pero letal, si era lo que se pretendía.

– ¿Han oído algo los vecinos? Me refiero a gritos o disparos -preguntó olisqueando el agujero.

Gestos de negación.

Le extrañaba y no le extrañaba. El edificio estaba en pésimo estado y prácticamente abandonado; quedarían poco más de un par de vecinos por piso. Seguramente no habría nadie ni debajo ni encima. Aquel caserón rojo tenía los días contados. Poco importaría que se viniera abajo con la próxima tormenta.

– Huele a reciente -comentó al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás-. Disparada a un par de metros de distancia, ¿no os parece? Y esta noche.

– Desde luego -dijo el perito.

Carl se asomó al balcón y miró hacia abajo. Joder con la caidita.

Contempló el mar de luces de los edificios bajos del otro lado. Había rostros en todas las ventanas. No tenían problemas de curiosidad ni en una noche tan negra como aquella.

De repente su móvil empezó a sonar.

La persona que llamaba no se presentó, pero no era necesario.

– No te lo vas a creer, Carl -dijo Rose-, pero los del turno de noche de Svendborg han encontrado el pendiente. El tipo que hacía la guardia sabía exactamente dónde estaba. ¿No es increíble?

Consultó su reloj. Lo más increíble de todo era que ella creyese que él estaba para ese tipo de noticias a esas horas de la noche.

– No estarías durmiendo, ¿no? -le preguntó; y sin esperar respuesta, continuó-: Salgo hacia Jefatura ahora mismo. Van a mandar una foto.

– ¿Y no puedes esperar a que amanezca, o al lunes?

Otra vez aquellos martillazos en la cabeza.

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