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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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La derribó ciego de ira. Kimmie había aprendido que quien pisotea la sexualidad de un hombre se gana un enemigo de por vida, y era verdad. Sus miradas famélicas, sus serviles esfuerzos por llevarla a la cama y el haberse mostrado franco y vulnerable tenían un precio y él se lo iba a cobrar.

La arrojó contra el radiador y las láminas atravesaron el colchón del pelo y se le hundieron en el cuero cabelludo. Levantó una figura de madera que había en el suelo y se la estrelló en la cadera. La aferró por los hombros y la retorció boca abajo. Le aplastó el torso contra el suelo y le dobló el brazo con el que sostenía la pistola, pero ella no la soltó.

Le taladró el antebrazo con los dedos. Para Kimmie el dolor no era nada nuevo, hacía falta algo más para obligarla a chillar.

– ¿Te crees que vas a venir aquí a ponerme cachondo? Tú a mí no me la das -exclamó mientras le daba puñetazos en el costado. Después consiguió mandar la pistola a un rincón y agarrarla por debajo del vestido hasta hacer que cedieran las medias y las bragas.

– Me cago en todo, guarra, ¡si no tienes la regla! -gritó.

Después la asió con fuerza, le dio la vuelta y la golpeó en la cara.

Se miraron a los ojos mientras la aprisionaba con las rodillas y le daba puñetazos al azar. Los muslos que se tensaron sobre ella enfundados en unos pantalones de tergal eran fibrosos. Las venas que le latían en los antebrazos estaban llenas de sangre.

La golpeó hasta que sus paradas defensivas empezaron a decaer y toda resistencia parecía inútil.

– ¿Has acabado ya, guarra? -le gritó mostrándole un puño preparado a repetir el castigo-. ¿O quieres acabar como tu amiguita?

¿Que si había acabado?

Acabaría cuando ya no respirase, antes no.

Lo sabía mejor que nadie.

Kristian era quien mejor la conocía. Solo él percibía el vuelco que le daba el estómago a causa de la emoción, la sensación química de estar flotando mientras su vientre enviaba señales de deseo a todas sus células.

Y cuando veían La naranja mecánica a oscuras, él le enseñaba hasta dónde podía llevar el deseo.

Kristian Wolf era el experto. Ya había estado con chicas, conocía la contraseña que conducía a sus más íntimos pensamientos y sabía cómo hacer girar la llave de sus cinturones de castidad. Y ella se encontraba de repente en medio del grupo con las miradas voluptuosas de todos ellos clavadas en su cuerpo desnudo a la luz parpadeante de las terroríficas imágenes que iban apareciendo en la pantalla. Les enseñó, a ella y a los demás, que se podía disfrutar de varias cosas a la vez. Que violencia y deseo iban de la mano.

Sin Kristian, nunca habría aprendido a usar su cuerpo como reclamo solo por el placer de la caza. Lo que él no había calculado era que Kimmie también iba a aprender a tener el control de cuanto la rodeaba por primera vez en su vida. Tal vez al principio no, pero después sí.

Cuando regresó de Suiza, dominaba aquel arte a la perfección.

Se acostaba con unos y con otros. Los enamoraba y luego rompía con ellos. Así pasaba las noches.

Durante el día todo era rutina. El frío glacial de su madrastra, los animales de Nautilus Trading, el contacto con los clientes y los fines de semana con la banda. Las agresiones esporádicas.

Hasta que Bjarne se acercó a ella y despertó unos sentimientos nuevos. Le dijo que tenía un concepto muy malo de sí misma, que podía hacerle ser mejor a él y a otras personas, que no tenía culpa alguna de lo que había hecho, que su padre era un cabrón y que tuviera cuidado con Kristian, que el pasado estaba muerto.

Tras cerciorarse de la resignación de su víctima, Aalbæk pasó a manosearse torpemente los pantalones. Kimmie esbozó una leve sonrisa. Quizá él pensara que así era como le gustaba, que todo había salido según sus planes, que era más retorcida de lo que había supuesto, que los mamporros formaban parte del ritual.

Pero Kimmie sonrió porque sabía que estaba vendido. Sonrió al ver que la sacaba. Sonrió cuando la sintió contra sus muslos desnudos y notó que no estaba lo bastante dura.

– Túmbate un momento y si quieres, lo hacemos -le susurró mirándolo a los ojos-. La pistola era un juguete, solo pretendía asustarte. Pero tú ya lo sabías, ¿a que sí?

Separó un poco los labios para hacer que parecieran más carnosos.

– Creo que te voy a encantar -dijo mientras se restregaba contra él.

– Yo también -contestó el detective al tiempo que le echaba una mirada sesgada al canalillo.

– Qué fuerte eres. Qué hombre.

Al acercarle los hombros con zalamería notó que él aflojaba las piernas para permitirle sacar el brazo. Ella le condujo la mano a su entrepierna y Aalbæk la liberó del todo para que pudiera cogerle la polla con la otra mano.

– No vas a contarles nada de esto a Pram y a los demás, ¿verdad? -le preguntó mientras se lo trabajaba hasta hacerle jadear.

Si había algo que no pensaba comunicarles en su informe era esto.

Era mejor no provocarlos. Había tenido ocasión de comprobarlo en carne propia.

Kimmie y Bjarne llevaban viviendo juntos medio año cuando Kristian decidió que no estaba dispuesto a consentirlo.

Un día, Kimmie se dio cuenta de que él había reunido a la banda para llevar a cabo otra de sus agresiones, que tuvo un desenlace insólito. Kristian perdió el control y al intentar recuperarlo volvió a los demás contra ella.

Ditlev, Kristian, Torsten, Ulrik y Bjarne. Uno para todos y todos para uno.

Esas eran las cosas que recordaba con toda claridad cuando Aalbæk, a horcajadas sobre ella, no pudo esperar más y decidió tomarla, por las buenas o por las malas.

Kimmie lo odiaba y lo adoraba al mismo tiempo. Nada daba más energía que el odio; nada aclaraba tanto las cosas como la sed de venganza.

Retrocedió con todas sus fuerzas hacia la pared y, apoyada en la durísima figura de madera con que la había golpeado, volvió a coger su miembro flácido. Eso bastó para hacerlo titubear. Bastó para que le permitiera frotárselo y acariciárselo hasta dejarlo al borde de las lágrimas.

Cuando se corrió en sus muslos, aún no había soltado todo el aire que aguantaba en los pulmones. Era un hombre que había vivido una noche de sorpresas, un hombre que había conocido tiempos mejores y que ya había olvidado la diferencia que puede llegar a haber entre una paja solitaria y la proximidad de una mujer. Estaba irremisiblemente perdido. Tenía la piel empapada, pero los ojos secos clavados en un punto del techo que se negaba a explicarle cómo era posible que se le hubiese podido escurrir de entre las manos y ahora estuviera allí, despatarrada, apuntándole con la pistola hacia el vientre que aún tenía palpitante.

– Saborea bien la sensación porque va a ser la última vez, hijo de puta.

Cuando se levantó, su esperma le chorreaba por la pierna y se sentía sucia y despreciable.

Exactamente igual que cuando la traicionaban las personas en quienes confiaba.

Como los golpes de su padre cuando no se comportaba correctamente. Como los sorprendentes insultos y bofetones de su madrastra cuando hablaba con entusiasmo de alguien. Igual que los dedos ásperos de una madre desvaída y borracha que no sabía hacia dónde ni por qué pegar. Empleaba palabras como corrección, discreción y urbanidad, palabras de las que una niña aprendió su importancia antes que su significado.

Luego estaba lo que le habían hecho Kristian, Torsten y los demás. Las personas en las que más confiaba en este mundo.

Sí, sabía lo que era sentirse sucia y le gustaba. La vida la había hecho dependiente. Era la única forma de seguir adelante. Solo así podía actuar.

– Levántate -le ordenó. Luego abrió la puerta del balcón.

Era una noche serena y húmeda. Los gritos en lenguas ininteligibles que salían de los adosados vecinos se cernían sobre el paisaje de hormigón como un eco vibrante.

– Levántate.

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