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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Kristian fue a su casa una noche que Kassandra había bebido mucho y se había caído redonda hacía ya rato.

De pie junto a la cama de Kimmie, se dirigió a ella tan despacio y subrayando tanto cada palabra que se le quedaron grabadas para siempre.

– Dime dónde está la caja o te mato aquí mismo.

Le dio una paliza tan brutal que al final casi no podía mover los brazos. La golpeó en el vientre y en el pecho hasta que le crujieron los huesos, pero ella no reveló el paradero de la caja.

Finalmente se marchó extenuado por completo y convencido de que su misión había terminado y aquella caja no era más que una invención.

Cuando Kimmie recuperó el sentido llamó ella misma a la ambulancia.

33

Despertó con el estómago vacío y sin apetito. Era domingo por la tarde y seguía en el hotel. Una hora de sueños la había dejado con la promesa de que todo acabaría formando parte de una unidad superior. ¿Qué más alimento que ese necesitaba?

Se volvió hacia el bolso con el fardo que tenía en la cama junto a ella.

– Hoy voy a hacerte un regalo, mi Mille, he estado pensándolo. Voy a darte lo mejor que he tenido en toda mi vida, mi osito -dijo-. Mamá lo ha pensado mucho y ha llegado el gran día. ¿Estás contenta?

Sintió que las voces estaban al acecho, aguardando a que se mostrara débil, pero al meter la mano en el bolso y tocar el fardo la embargó una sensación cálida.

– Sí, ahora estoy tranquila, mi vida. Hoy nada puede hacernos daño.

Cuando la ingresaron con una fuerte hemorragia en el abdomen, el personal del hospital de Bispebjerg le preguntó una y otra vez qué le había sucedido. Uno de los médicos sugirió incluso que llamaran a la policía, pero ella los convenció para que no lo hicieran. Los tranquilizó asegurándoles que los golpes que le cubrían todo el cuerpo eran el resultado de una caída desde el peldaño más alto de una larguísima y empinada escalera. Nadie había atentado contra su vida, se lo garantizaba. Vivía sola con su madrastra. Era una mala caída, nada más.

En los días que siguieron, las enfermeras le hicieron recuperar la fe en que el bebé se salvaría, pero cuando le transmitieron los saludos de sus antiguos compañeros de internado supo que tenía que andarse con mucho cuidado.

Al cuarto día recibió la visita de Bjarne. No era casual que lo hubieran escogido como recadero. Por una parte, él no era un personaje conocido como los demás, y por otra, se le daba como a nadie reducir la conversación a lo más básico y dejarse de retóricas y mentiras.

– Me dicen que tienes pruebas contra nosotros, Kimmie, ¿es eso cierto?

Ella no contestó. Se limitó a contemplar los pomposos y destartalados edificios que se veían por la ventana.

– Kristian te pide disculpas por lo que te hizo y pregunta si quieres que te trasladen a una clínica privada. El bebé está bien, ¿no?

Ella se lo quedó mirando hecha una furia y eso bastó para obligarlo a bajar la mirada. Sabía que no tenía ningún derecho a hacerle preguntas.

– Dile a Kristian que ha sido la última vez que me toca o que tiene algo que ver conmigo, ¿entendido?

– Kimmie, ya lo conoces, no es tan fácil librarse de él. Dice que no le has contado nada de nosotros a ningún abogado, y dice también que ha cambiado de opinión y ahora sí se cree que tienes la caja con pruebas en contra nuestra, que eso es muy propio de ti. Sí, me lo dijo muerto de risa.

Bjarne se lanzó a un malogrado intento de imitar la risa de Kristian, pero a ella la dejó fría. Kristian nunca se reía de algo que supusiera una amenaza para él.

– Y se pregunta también con quién se supone que te has confabulado si no tienes abogado. Kimmie, aparte de nosotros no tienes amigos, lo sabemos todos.

Le acarició el brazo, pero ella lo apartó bruscamente.

– Yo creo que deberías decirnos dónde tienes esa caja. ¿Está en la casa?

Kimmie se volvió de golpe hacia él.

– ¿Me tomas por idiota?

Estaba claro que Bjarne había picado.

– Dile a Kristian -continuó- que si me deja tranquila, por mí podéis seguir haciendo lo que os dé la gana. Estoy embarazada, Bjarne, ¿aún no os habéis enterado? Si las cosas que hay en esa caja salieran a la luz, mi bebé y yo también saldríamos malparados, ¿no? La caja solo es para un caso de emergencia.

Era lo último que debería haber dicho.

Un caso de emergencia. Si Kristian podía sentirse amenazado por algo, era por eso.

Tras la visita de Bjarne no volvió a dormir por las noches. Velaba en la oscuridad con una mano en la tripa y la otra muy cerca del llamador.

La noche del 2 de agosto entró vestido con una bata blanca.

Kimmie apenas se había adormilado un segundo cuando sintió su mano en la boca y su rodilla contra el pecho. Se lo dijo sin rodeos.

– ¿Quién sabe dónde te meterás cuando te den el alta? Te tenemos vigilada, pero vete tú a saber. Dime dónde está esa caja y te dejo en paz.

Ella no contestó.

La golpeó con fuerza en el vientre y, en vista de que seguía muda, siguió pegándole una y otra vez hasta que comenzaron las contracciones y empezó a patalear dando fuertes sacudidas a la cama.

La habría matado si la silla que estaba junto a la cama no se hubiera caído al suelo resonando en la silenciosa habitación con un gran estruendo, si las luces de una ambulancia que entraba en el hospital no hubiesen iluminado el cuarto dejándolo desnudo en su miserable ferocidad, si ella no hubiera echado la cabeza hacia atrás y hubiese entrado en estado de shock.

Si no hubiera estado firmemente convencido de que se estaba muriendo.

No pagó la cuenta del hotel. Dejó allí la maleta y solo se llevó el bolso con el pequeño fardo y un par de cosas más y recorrió los pocos pasos que la separaban de la estación central. Eran casi las dos de la tarde. Iría a buscar el osito para Mille, tal como le había prometido, y después acabaría el trabajo que había comenzado.

Era una luminosa tarde de otoño y el cercanías iba atestado de niños joviales acompañados de sus cuidadores. Tal vez volvieran de visitar algún museo, tal vez se dispusieran a pasar unas horas en el bosque. Quizá regresaran por la noche junto a sus padres con las mejillas encendidas y el recuerdo de las hojas multicolores y los rebaños de ciervos de Eremitagesletten grabado en la memoria.

Cuando Mille y ella se reunieran para siempre sería aún más hermoso. En la infinita belleza del Reino de los Cielos. Al volver a encontrarse romperían a reír.

Por toda la eternidad, así sería.

Asintió con la mirada extraviada por encima del cuartel de Svanemølle en dirección al hospital de Bispebjerg.

Doce años atrás se había levantado de su cama y había tomado entre sus brazos a la pequeña que yacía bajo una tela sobre una mesa de metal a los pies de la cama. La habían dejado sola por un instante. La paciente de la habitación de al lado se había puesto de parto y surgieron complicaciones.

Se levantó, se vistió y envolvió a su bebé en la tela. Una hora después de que su padre la humillara en el Hotel D’Angleterre hizo el mismo recorrido hasta Ordrup que estaba recorriendo ahora.

En aquella ocasión sabía que no podría quedarse allí. Sabía que la banda del internado iría tras ella y que la próxima vez las cosas acabarían muy mal.

Pero también sabía que necesitaba ayuda desesperadamente porque seguía perdiendo sangre y los dolores que sentía en el vientre le parecían irreales y terroríficos.

Por eso tenía que pedirle más dinero a Kassandra, tenía que conseguir que le diera lo que necesitaba.

Dos mil míseras coronas le puso su madrastra en la mano con gesto furioso. Sus dos mil más las diez mil de su padre, eso era todo lo que Kassandra y Willy K. Lassen, su supuesto padre, pudieron proporcionarle. Y no era ni mucho menos suficiente.

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