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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Cuaderno de Bitácora del Peripatético

Misión Stratos

Llegada + 40.157 Ms

Cy se quejaba de tener que utilizar códigos arcaicos para guiar mi lanzadera por el antiguo rayo de tracción para el aterrizaje. Yo estaba demasiado nervioso para ponerme en su lugar.

—¿Quién tuvo que aprender un idioma completamente nuevo? —gruñí, mientras las llamaradas blancas lamían las escotillas y una densa atmósfera aplastaba mi crisálida como una uva en un lagar—. Se supone que es un dialecto basado en el Florentiniano, pero tienen voces que nadie ha visto antes: femeninas, masculinas, neutras y clonales… con casos redundantes, declinaciones y partículas intercambiables…

Yo charlaba para no caer en el terror más absoluto. Incluso esa distracción se desvaneció cuando Cy me pidió que me callara y la dejara concentrarse en soltarme abajo de una sola pieza. Eso no me dejó otra cosa que escuchar los alaridos del caliente viento contra el casco, a centímetros de mis orejas. Los aterrizajes normales son malos. Pero nunca había oído sonidos como aquéllos. Los stratoianos respiran un aire tan denso que se puede nadar en él.

Como era verano cuando el Consejo votó por fin concederme permiso para aterrizar, las auroras me siguieron, cortinas de electricidad recubiertos de hilos electromagnéticos que fluyen de la compañera enana del sol rojo. Yo me dirigía a altitudes bajas, pero aun así, lazos de relámpagos iónicos hacían que las chispas crepitaran sobre una consola, incómodamente cerca de mi brazo.

La crisis balística pasó. Pronto la lanzadera cortó túneles a través de enormes nubes de vapor de agua, y luego giró en un arco de frenado sobre un manto de oscuros bosques y brillantes prados. Finalmente, los destellos junto a un arroyo indicaron claros signos de vida e industria. Durante casi un año terrestre, yo había contemplado aquel terreno desde el espacio, medio muerto por el tedio de la espera. Ahora me apretaba contra la ventana, absorbiendo la hermosura de Stratos… el sombrío brillo de la vegetación nativa y el verdor más luminoso de la vida derivada de la Tierra, el titilar de sus lagos multicolores, la refracción atmosférica que da a cada horizonte una sutil curvatura cóncava. Las montañas se alzaron para rodearme. Con una zambullida final que hizo que mi estómago diera vueltas, Cy fijó la lanzadera sobre veinte hectáreas de pavimento, moteado aquí y allá por parches de hierba intrusa. Para cuando la lanzadera se enfrió lo suficiente para tender una estrecha rampa, ya me estaba esperando un comité de bienvenida.

Imagino que sus túnicas bordadas habrían alcanzado precios de magnate en Pleasence, o incluso en la Tierra. Ninguna de las cinco mujeres de mediana edad sonreía. Mantuvieron la distancia mientras yo descendía, y cuando intercambiamos reverencias. Ninguna se ofreció a estrecharme la mano.

Me han dispensado acogidas más cálidas… y también mucho peores. Dos de las mujeres se identificaron como miembros del Consejo reinante. Una tercera llevaba hábitos de religiosa y alzó los brazos en lo que parecía ser una cautelosa bendición. El par restante eran decanas universitarias con las que ya había hablado por videx. La Sabia Iolanthe, que parecía a la defensiva, con sus ojos grises penetrantes y evaluadores, y la Sabia Melonni, que había parecido amistosa durante las largas negociaciones, pero que ahora se mantenía a distancia, observándome como si fuera un espécimen de una especie rara y dudosa. Una especie con fama de morder.

Durante los meses que me he pasado contemplando el planeta lleno de frustración desde la órbita, he visto cómo la mayoría de los asentamientos confían en la energía eólica, solar y animal para el transporte, siempre dentro de la línea de lo que conozco de la ideología Lyso—Herlandista. No obstante, las regiones industrializadas hacen algún uso de los vehículos de combustión. Así que me condujeron a un cómodo coche equipado con un motor de hidrógeno y oxígeno. Para mi asombro, casi todo lo demás, desde el chasis a la decoración, estaba tallado en madera fina. Más tarde comprendí que esto no era solamente un reflejo de la escasez de metales del planeta. Se trata de una especie de declaración de principios.

Me senté solo en un compartimento, aislado de las demás por un cristal. No me importó. Mis intestinos se quejaban ruidosamente del tratamiento previo al aterrizaje y, a pesar de haber pasado varios megasegundos aclimatándome a una atmósfera de Stratos simulada, mis pulmones trabajaban audiblemente en el denso aire. Un asalto de extraños olores me mantenía ocupado conteniendo estornudos, y la presión parcial del dióxido de carbono me provocaba repetidos bostezos. Debo de haber sido todo un espectáculo.

Sin embargo, nada de esto parecía importar en mi júbilo por haber aterrizado por fin. Parece un mundo y una gente sofisticada y digna, sobre todo en comparación con la que encontré en Digby, o en Cielo, dejado de la mano de Dios. Estoy seguro de que podemos llegar a un entendimiento.

Cuando nuestro vehículo llegaba a borde del campo de aterrizaje, se nos situaron escoltas delante y detrás… escuadrones perfectamente dispuestos de caballería; formaban un espectáculo espléndido con sus corazas y yelmos brillantes. La impresión de uniformidad y disciplina aumentó cuando vi que la unidad estaba compuesta enteramente por altas mujeres de una misma familia de clones de Stratos, idénticas hasta el último botón y rizo de pelo. Las soldados tenían un aspecto formidable. Mi primer contacto directo con la especialización de los clanes en acción.

Al salir de la zona de aterrizaje pasamos por el otro sector del espaciopuerto, las instalaciones de despegue, con sus rampas y raíles de impulsión para enviar cargamentos al cielo (algo que quizá deban hacer con mi propia lanzadera cuando llegue el momento de partir).

No vi ningún signo de actividad. A través de un intercomunicador, una de las eruditas me explicó que las instalaciones eran plenamente operativas.

—Cuidadosamente conservadas para su uso ocasional —dijo, agitando alegremente una mano.

No pude imaginarme qué significaba «ocasional» para aquella gente. Pero la palabra me inquietó.

14

El océano la rodeaba, amenazando con engullirla. Se aferró a una tabla rota y resbaladiza, sacudiéndose y agitándose mientras las olas contrarias luchaban por apoderarse de ella. La lluvia caía en ráfagas cegadoras, impulsada por los vientos de la galerna. En la distancia, vio un barco de vela alejarse, abriéndose paso entre las altas olas, ignorando sus llamadas, sus súplicas para que volviera.

En la cubierta del barco que se alejaba, una muchacha miraba en su dirección, ciegamente, sin ver.

La muchacha tenía su propio rostro…

El temor aumentó. Maia quiso escapar. Pero los sueños tenían su modo de atraparla haciéndola olvidar que había un mundo «real» al que huir. Hizo falta un susurro de verdadero sonido entrometiéndose en el paisaje del sueño para proporcionar algo que la hiciera volverse hacia arriba, hacia fuera, hacia el estado consciente.

Se preguntó aturdida cómo estaba allí, envuelta en una áspera manta de lana, tendida sobre el duro suelo. Las paredes de piedra del cañón se parecían a las de su celda, frías y enclaustrantes, y las nubes bajas que gravitaban en el cielo semejaban un techo gris. Se apoyó en un codo, se frotó los ojos, y contempló las ascuas de una diminuta hoguera, luego los caballos amarrados que mordisqueaban hierba junto al arroyo. Dos formas acurrucadas yacían lo bastante cerca para darle calor por un lado. Por el pelo desordenado que asomaba de las mantas, reconoció a Thalla y Kiel y se relajó un poco, recordando que se encontraba entre amigas. Maia sonrió, pensando una vez más en lo que habían hecho, al rescatarla del pozo en donde Tizbe Beller y las Jopland y las Lerner la habían encerrado.

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