Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Renna se adelantó para cabalgar junto a Kiel, lo que provocó algunos murmullos entre las otras mujeres. Baltha lo desaprobaba abiertamente.
—No es cosa de hombres cabalgar así —dijo, viendo desde detrás cómo lo hacía Renna, las piernas a horcajadas de su montura—. Es obsceno.
—Parece que sabe lo que se hace —dijo Thalla—. Pero me da escalofríos. Incluso ahora que tiene una silla normal. No comprendo cómo no se hace daño.
Baltha escupió en el suelo.
—No se debería permitir a los hombres hacer ciertas cosas.
—Cierto —añadió una de las fornidas mujeres del sur—. Los caballos están hechos para las mujeres. Está claro por la diferencia de constitución entre nosotras y los hombres. Lysos así lo ha querido.
Maia sacudió la cabeza, sin saber qué pensar. Más tarde, cuando por casualidad acabó cabalgando junto a la montura de Renna, el hombre se volvió y le dijo en voz baja:
—La verdad es que estos animales no son muy diferentes a los que conocí en la Tierra. Un poquito más gruesos, y con estas extrañas franjas. Creo que tienen el cráneo más grande, pero me resulta difícil recordarlo.
Maia parpadeó, sorprendida.
—¿Tú eres… de la Tierra? ¿La auténtica…?
Él asintió, con una expresión de tristeza en el rostro.
—Lejana y olvidada. Sé que creías que tal vez fuera de Florentina o de algún otro sistema cercano. Me temo que no hubo tanta suerte.
»Pero lo que quería decir es que tus amigas se equivocan. La mitad de los mundos del Phylum Homínido. tienen caballos de diferentes clases, algunos mucho más extraños que éstos. Las mujeres cabalgan más a menudo que los hombres, es cierto. ¡Pero ésta es la primera vez que oigo decir que la constitución de los varones no es apta para hacerlo! —Se echó a reír—. Ahora que lo mencionáis, supongo que parece extraño que no nos hagamos daño.
—¿Lo has oído todo.? —preguntó Maia. En ese momento, él cabalgaba muy por delante del resto.
Renna se cubrió una oreja.
—La atmósfera es aquí mucho más densa que en mi mundo de nacimiento, con diferencia. Transmite mejor el sonido. Puedo oír susurros a cierta distancia, aunque esto también significa que sufro dolores de cabeza cuando la gente grita. No se lo dirás a nadie, ¿verdad?
Le hizo un guiño por segunda vez esa noche, y la sensación de extrañeza de Maia se evaporó. En un instante fue sólo otro marinero amistoso e inofensivo, de permiso tras un largo viaje. Su tono confidencial era natural, una expresión de confianza basada en el hecho de que se habían conocido y compartido secretos antes.
Maia contempló la bóveda estrellada.
—Señálame la Tierra —pidió.
Alzándose sobre los estribos, Renna escrutó el cielo. Por fin, volvió a sentarse.
—Lo siento. Si aún estamos despiertos al amanecer, podré encontrar el Trífido. El Sol está cerca de su apéndice izquierdo. Naturalmente, la mayoría de las estrellas más cercanas del Phylum están ocultas bajo la nebulosa del Ceño de Dios, lo que vosotras llamáis la Garra, justo al este del Trífido.
—Para llevar aquí menos de un año, sabes mucho de nuestro cielo.
Renna exhaló un suspiro. Su expresión se hizo más grave.
—Tenéis unos años muy largos en Stratos.
Maia notó que tal vez sería mejor abstenerse por el momento de hacer más preguntas. El rostro de Renna, que parecía joven a primera vista, era ahora un rostro preocupado y cansado. Es mayor de lo que parece, advirtió. ¿Qué edad hay que tener para viajar tan lejos como él lo ha hecho? Aunque tengan congeladores en las naves estelares y se muevan casi a la velocidad de la luz.
No podía echar toda la culpa de su ignorancia a la educación selectiva de Lamatia. Siempre le había parecido que aquellos temas tenían muy poca relación con los asuntos que esperaba que le concernieran. No por primera vez, Maia se preguntó: ¿Por qué abandonamos prácticamente el espacio? ¿Lo planeó Lysos de esa forma? ¿Quizá para asegurarse de que nadie volviera a encontrarnos?
Si así era, la impresión sufrida por las sabias, consejeras y sacerdotisas de Caria City tenía que haber sido todavía peor cuando la Nave Visitante entró en órbita el invierno anterior. Debían de haberse visto sumidas en un caos total.
¡De esto estaba hablando la vieja cacatúa en la tele de Lanargh!, comprendió Maia. Renna ya debía de haber sido secuestrado entonces. Lo que intentaban hacer era encontrarlo sin alertar al público.
Maia supo en qué pensaría Leie en aquel momento. ¡En la recompensa!
Probablemente, eso buscaban Thalla, Kiel y las demás. Naturalmente. Thalla le había mentido en los pasillos del santuario. No habían acudido a por ella, después de todo. O al menos no sólo a por ella. Su principal objetivo había sido Renna todo el tiempo, lo que explicaba la silla para cabalgar de lado. ¿Por qué si no llevar una cosa así todo el camino, a menos que fuera para recoger a un hombre?
Pero no se lo reprochaba. Maia estaba acostumbrada a no ser importante. El hecho de que se hubieran molestado en llevarla consigo era suficiente para que les estuviera agradecida. Y el intento de Thalla por mentir había sido amable.
La llanura abierta terminó bruscamente cuando llegaron a un terreno de cañadas rotas similar al que Maia recordaba, donde el Clan Lerner cavaba sus minas y escupía residuos de sus fundiciones. Suponía que ahora se encontraban mucho más lejos, al noreste, pero los contornos eran similares: cañones erosionados que cruzaban la pradera como cicatrices de una antigua batalla. Con cuidado, el grupo se internó en el primer grupo de estrechas cañadas, pasando junto a los nidos cuyas colonias hicieron ruidos amenazantes para expulsar a los humanos y los caballos. Los trinos y graznidos se volvieron triunfales cuando sus esfuerzos parecieron dar fruto y la amenaza pasó.
Baltha se encargó de guiarlos por el retorcido laberinto; en algunos puntos, sólo los sesenta grados superiores del cielo eran visibles, lo que las obligó a reducir el ritmo incluso después de encender dos lámparas de aceite.
Hicieron un alto junto a un borboteante arroyuelo y todo el mundo desmontó. Algunas lo hicieron con torpeza, pero ninguna con más torpeza que el hombre, que silbó y se frotó las piernas, intentando caminar para desentumecerse. De hecho, sólo la vergüenza impidió a Maia comportarse como él. En cambio, se desperezó disimuladamente detrás de su caballo. Las líderes se reunieron cerca, alrededor de una lámpara.
—Éste debe de ser el lugar —dijo Kiel, señalando un mapa trazado sobre piel de cordero, mucho más resistente que el papel. Baltha sacudió la cabeza.
—Hay otro arroyo a un kilómetro más o menos. Yo os diré dónde.
—¿Estás segura? No querríamos perder…
—No lo haremos —cortó la alta rubia—. Ahora montemos. Estamos perdiendo el tiempo.
Maia vio a Thalla y Kiel mirarse con expresión dubitativa en cuanto Baltha se marchó.
—Ahora conoce el lugar como si fuera la palma de su propia mano —murmuró Thalla—. ¿Cómo es posible? Por aquí sólo crecen Perkinitas.
Maia hizo un signo de precaución a su amiga.
—Una cosa está clara. No es una maldita Perkinita.
Thalla se encogió de hombros mientras Kiel enrollaba el mapa.
—Las hay peores —dijo entre dientes. Cuando las dos pasaron ante Maia, Thalla le dio un golpecito en la cabeza. El gesto habría parecido condescendiente si no hubiera habido en él algo similar al afecto.
Con el júbilo de la huida convirtiéndose poco a poco en fatiga física, Maia comprendió: Aquí hay en juego más de lo que yo pensaba. Será mejor que empiece a prestar más atención.