Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Volviéndose hacia el otro lado, Maia vio dos mantas vacías. La más cercana seguía estando levemente cálida al contacto. La marcha de aquella persona era lo que probablemente habría interrumpido su sueño, sacándola de la pesadilla y apartándola del recuerdo de Leie.
Oh, sí. Renna. El Exterior había sido una agradable fuente de calor en el frío anterior al amanecer, cuando se desplomaron agotados tras su dura cabalgada. Ver su bolsa azul y el tablero del Juego de la Vida la tranquilizó, pues indicaban que no se había marchado para siempre.
La rubia grande, Baltha, había estado durmiendo un poco más allá. Maia se recostó, y contempló el cielo. ¿Por qué querrían los dos levantarse al mismo tiempo? ¿Importaba? No le sería difícil volver a conciliar el sueño… y esperaba que no fuera una pesadilla…
Un leve sonido (guijarros rodando por una pendiente) acabó de despejarla e hizo que tomara una decisión mientras se incorporaba. Tras ponerse los zapatos, Maia se arrastró para apartarse de la forma inmóvil de Thalla antes de levantarse y dirigirse hacia la fuente del ruido, en algún lugar corriente arriba, donde los acantilados se habían desmoronado para dar paso a un terreno en pendiente. Un destello de movimiento atrajo su atención cuando rodeaba la loma más cercana. Se encaminó en esa dirección y pronto estuvo escalando peñascos, pulidos y congelados por las sucesivas inundaciones del verano.
El cañón, al ensancharse, protegía menos del frío. Maia exhaló vaho y los dedos se le entumecieron cuando se agarró a las rocas cubiertas de escarcha. Un aroma vagamente familiar le abrió las aletas de la nariz y la arrastró a revivir los inviernos en la Casa Lamatia, cuando Leie abría como solía los postigos de par en par las mañanas de invierno, se golpeaba el pecho e inhalaba el aire helado mientras Maia se quejaba y se acurrucaba entre las mantas. El recuerdo provocó en ella una sonrisa leve y triste mientras escalaba.
Maia se detuvo, prestó atención. Hubo un roce, una piedra cayendo pendiente abajo un poco más adelante, a su derecha. El camino parecía peligroso. Se detuvo, dividida entre la curiosidad y la creciente urgencia de su vejiga repleta. Ahora que estaba completamente despierta, parecía un poco absurdo seguir a personas que estaban haciendo sin duda lo que ella misma debería hacer tras encontrar el lugar adecuado. Vamos a ocuparnos del asunto, ¿eh? Empezó a buscar a su alrededor un hueco convenientemente resguardado del viento.
El primer lugar donde lo intentó ya tenía un ocupante. O varios. Un chirrido siseante hizo que Maia se apartara atemorizada de un salto mientras un arco iris viviente se agitaba ante ella. Se alejó apresuradamente del hueco donde una madre zim—rozadora cuidaba a sus pequeños: un puñado de diminutas bolsas de gas que se inflaban y desinflaban rápidamente, silbando en imitación de su beligerante progenitora. Primos pequeños de los flotadores—zoor, los rozadores tenían mucho peor temperamento, y unas púas venenosas que espantaban a los pájaros descendientes de la Tierra que buscaban su tierna carne. Las espinas causaban feroces erupciones alérgicas al humano que tenía la desgracia de rozar una. Maia retrocedió, sin dejar de observar aquellas formas engañosamente diáfanas. Una vez estuvo a salvo fuera de vista, se dio la vuelta y corrió por el estrecho sendero.
Fue entonces cuando, al rodear un recodo, vio a alguien delante.
Baltha.
La mujer alta estaba agachada, mirando por entre unos peñascos algo situado pendiente abajo, fuera del campo de visión de Maia. En el suelo, junto a la var, había una pequeña pala de campamento y una caja de madera cerrada, lo bastante pequeña para guardarla en una mano. Mientras miraba fijamente hacia delante, Baltha extendió la mano para acariciar una roca cercana, luego se llevó los dedos a la cara, y olisqueó.
Maia parpadeó. Por supuesto. Observó las rocas cercanas y vio, entre pequeños montones de nieve normal, vetas que brillaban con un destello diamantino. Escarcha de gloria. Es invierno, claro. El efecto de las estaciones era mayor sobre los altos vientos estratosféricos que sobre la enorme masa de mar y tierra y aire de debajo. Variedades de turbulencias desconocidas en otros mundos reciclaban vapor de agua a través de flujos iónicos hasta que formaban un hielo adenoide. Ocasionalmente, los cristales llegaban al suelo antes del amanecer en suaves neblinas; esas neblinas eran la única manifestación del invierno, así como las deslumbrantes auroras de la Estrella Wengel lo eran del verano. Maia extendió la mano hacia la escarcha de gloria más cercana. La estática atrajo las brillantes pseudogemas a sus dedos, que notaron las cosquillas a pesar del entumecimiento de la mañana. Luces púrpuras y doradas chisporrotearon bajo innumerables facetas mientras las volvía hacia la luz. Un vapor de sublimación se alzó visiblemente desde los puntos de contacto.
En inviernos anteriores, cada vez que aparecía gloria en su alféizar, Maia y Leie solían reírse y trataban de inhalar o de saborear la fina nieve luminiscente. La primera vez la atrevida fue ella, no su hermana.
—Dicen que es sólo para las adultas —dijo Leie nerviosamente, repitiendo como un loro las lecciones de las madres. Naturalmente, eso sólo lo hacía más excitante.
Los efectos fueron decepcionantes. Aparte de una sensación burbujeante que hacía cosquillas en la nariz, las gemelas nunca notaron nada anormal o provocativo.
Pero ahora soy mayor, reflexionó Maia, viendo cómo el calor de su cuerpo convertía el fino polvillo en vapor. Había algo levemente distinto en el aroma aquella vez. Al menos, podía jurar…
Un sonido la hizo agacharse en busca de resguardo. Era un silbido grave. Un hombre (Renna, claro) se acercaba. Pronto pudo verlo, emergiendo de uno de los incontables afluentes que alimentaban el río durante la estación de las lluvias. También él llevaba una pala de campamento y un puñado de hojas takawq, lo que dejaba claro el motivo de su excursión.
¿Por qué se ha alejado tanto del campamento, entonces?, se preguntó Maia. ¿Tan tímido es?
¿Y por qué le está espiando Baltha?
Tal vez la alta var temía que el Exterior escapara e intentase contactar con las fuerzas de Caria City que habían visto la noche anterior. Si era así, Baltha debía de sentirse aliviada al ver a Renna pasar de largo silbando extrañas melodías, de regreso al campamento. No te preocupes, tu recompensa está a salvo, pensó Maia, disponiéndose a marcharse sin ser vista. Tenía perfecto derecho a estar allí, pero no conseguiría nada enfrentándose a la otra mujer, o siendo capturada espiando ella también.
Pero para sorpresa de Maia, la alta rubia no se volvió para seguir a Renna colina abajo sino que, en cambio, en cuanto el hombre desapareció de la vista, Baltha cogió su caja y su pala y se acercó al lugar de donde venía Renna. Poseída por la curiosidad, Maia se arrastró hacia delante para usar el mismo macizo rocoso que había servido como parapeto a Baltha.
La fornida mujer se dirigió hacia un hueco situado unos veinte metros al este, justo sobre la línea del agua. Entonces utilizó la pala para cavar en un montón de terreno recién removido y empezó a llenar la cajita. ¿Qué demonios de caos atip está haciendo?, se preguntó Maia.
—¡Eh, todo el mundo!
El grito, procedente del campamento, hizo que Maia casi se saliera de su piel.
—¡Baltha! ¡Maia! ¡El desayuno!
Era sólo Thalla, que llamaba alegremente desde el campamento. Otra madrugadora maldita de Lysos. Maia retrocedió antes de que Baltha pudiera verla. Acordándose de dar un amplio rodeo para evitar la madre rozadora, empezó a bajar por la erosionada pendiente.