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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Media hora más tarde, llegaron a otro arroyo que corría entre las altas paredes de un cañón. Esta vez, Baltha indicó que todo el mundo guiara su montura hasta el riachuelo antes de hablar.

—Aquí nos separamos. Riss, Herri, Blene y Kau se dirigirán hacia Demeterville, dejando huellas y confundiendo la pista. Maia, tú irás con ellas. El resto seguiremos corriente arriba unos dos kilómetros antes de girar hacia el oeste, y luego hacia el sur. Nos reuniremos al suroeste de Ciudad Barro el día siete, si Lysos nos guía.

Maia miró a las desconocidas a las que tenía que acompañar, y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No —dijo con fuerza—. Quiero ir con Kiel y Thalla.

Baltha se la quedó mirando con mala cara.

—Tú irás a donde se te diga.

El pánico atenazó el pecho de Maia. Parecía una repetición de su despedida de Leie, cuando se separaron en Lanargh por última vez para subir a barcos distintos. Le abrumó la certeza de que, si las perdía de vista, nunca volvería a ver a sus amigas.

—¡No lo haré! ¡No después de esto! —Señaló con una mano en dirección a la torre prisión en la que tan recientemente había estado atrapada.

Maia se volvió hacia sus amigas en busca de apoyo, pero éstas no quisieron mirarla a los ojos.

—El grupo que vaya corriente arriba debe ser lo más pequeño posible… —trató de explicar Kiel.

Pero Maia dedujo algo más de la inquieta conducta de la mujer. Esto estaba preparado con antelación, concluyó. ¡No quieren que yo escape con su precioso alienígena! Una pesada resignación se posó sobre su corazón, abrumando incluso su ardiente resentimiento.

—Maia viene con nosotros.

Era Renna. Tras acercar su caballo al de ella, continuó:

—Vuestro plan cuenta con que nuestras perseguidoras sigan por el camino fácil tras el grupo más grande mientras los demás escapamos. Por mí, muy bien. Gracias. Pero no será tan bueno para Maia cuando las alcancen.

—La muchacha es sólo una larva —replicó Baltha—. No les preocupa. Probablemente ni siquiera la están buscando.

Renna sacudió la cabeza.

—¿Quieres arriesgar su libertad en una apuesta como ésa? Olvídalo. No dejaré que la lleven de vuelta a ese lugar.

Abrumada por la emoción, Maia fue testigo de un silencioso debate entre las mujeres. Habían considerado a Renna una simple mercancía, pero ahora él se hacía valer. Los hombres podían ocupar un peldaño bajo en la escala social de Stratos, pero de todas formas era más alto que el de la mayoría de las vars. Aún más, aquéllas puede que hubieran servido en barcos, en una u otra época. Sin duda, el hecho de que Renna tuviera una bien cultivada «voz de capitán» tuvo su importancia.

Kiel se encogió de hombros. Thalla se volvió y le sonrió a Maia.

—Por mí, muy bien. Me alegra tenerte con nosotras, virgie.

Baltha maldijo en voz baja, aceptando el cambio de opinión general de mala gana. La fornida rubia se acercó a caballo a sus amigas, que tomaban la otra ruta, y se inclinó para estrecharles el antebrazo. Del mismo modo, Thalla y Kiel abrazaron a Kau. Los grupos se separaron entonces, y Baltha dirigió con cuidado su montura hacia el centro de la corriente. Cerrando la marcha, Maia y Renna se despidieron de sus benefactoras, que ya habían empezado a subir un estrecho sendero por la pared del cañón. Una de ellas (Maia no pudo distinguir cuál) alzó una mano para decir adiós, y luego las cuatro mujeres desaparecieron tras un recodo.

—Gracias —le dijo Maia a Renna en voz baja, mientras sus monturas chapoteaban. Aún se notaba la voz pastosa por el momento de desconcierto e intranquilidad.

—Eh —dijo el hombre con una sonrisa—. Los parias tenemos que estar unidos, ¿no? Además, pareces bastante dura para tenerte cerca si nos encontramos con problemas.

Naturalmente, estaba bromeando con ella. Pero sólo en parte, advirtió Maia con cierta sorpresa. Realmente parecía contento, incluso aliviado, de que fuera con él.

Viajando en fila india, guardaron silencio y dejaron que los caballos eligieran un sendero por el irregular lecho del río. Por fortuna, estaban al socaire del viento. Pero las rocas heladas del invierno parecían sorber el calor del ambiente. Maia se metió las manos bajo los sobacos, apretando con fuerza el abrigo, exhalando un aliento que se convirtió en niebla visible.

De todas formas, era tranquilizador saber que cada minuto ponía más distancia entre ellas. El plan de huida era arriesgado, ya que contaba con el pánico y la prisa excesiva por parte de sus perseguidoras. Las verdaderas profesionales (como el clan de cazadoras Sheldon de Puerto Sanger) no se dejarían engañar por un truco tan simple. Maia no había oído que las granjeras de Valle Largo fueran famosas por su habilidad como rastreadoras, pero no dejaba de ser una suposición.

Aunque escaparan de sus perseguidoras inmediatas, seguían estando rodeadas de enemigas. Pocos lugares de Stratos eran políticamente más homogéneos que aquella colonia de extremistas, con clanes Perkinitas aliados extendiéndose hasta Grange Head. Cuando la noticia les llegara, habría partidas y grupos buscándolas por todas partes.

A Maia le pareció poder ver el panorama completo, lo desesperadas que debían estar las Perkinitas. Había muchas más cosas implicadas que su plan radical para utilizar una droga que promoviera la impregnación invernal. Los matriarcados colmenares de Valle Largo se habían enzarzado en un plan mucho más osado: secuestrar al Visitante interestelar, Renna, justo ante el Consejo de Caria City. Era una empresa arriesgada. ¿Pero qué mejor forma de reducir, tal vez de eliminar, la posibilidad de restaurar el contacto con el Phylum Homínido?

Nada volvería más locas a las Perkinitas extremistas que abrir los cielos. Naves espaciales llegando regularmente de esos viejos mundos de «celo animal y tiranía sexual». Mundos en los que la mitad de los habitantes son hombres.

La mitad.

A pesar de haber leído aquellas fantasiosas novelas, era difícil de imaginar. ¿Qué, en nombre de Lysos, necesitaba un mundo de tantos machos de más? ¡Aunque fueran tranquilos y se comportaran bien la mayor parte del tiempo, sólo había un número limitado de tareas que pudiese confiarse a los hombres! ¿Qué había que pudieran hacer?

El contacto cambiaría a Stratos para siempre, contaminándola con ideas extrañas, costumbres extrañas. A pesar de su odio hacia quienes la habían encarcelado, Maia se preguntó si no tendrían razón.

Reaccionó con tensión otra vez cuando Renna hizo maniobrar su montura para cabalgar a su lado. Pero él sólo le dirigió una sonrisa y le preguntó el nombre de una especie de matorral que se aferraba tenazmente a las paredes del cañón. Maia respondió, suponiendo que estaba relacionado con un tipo que se encontraba en el templo ortodoxo de Grange Head. No pudo decirle si era una forma de vida puramente nativa o si descendía de la bioingeniería aplicada por las Fundadoras a las variedades terrestres.

—Estoy tratando de hacerme una idea de cómo las formas introducidas fueron diseñadas para encajar, y cuánta adaptación tuvo lugar después. Tenéis algunas ecologistas muy sofisticadas en la universidad, pero las cifras no pueden compararse con salir y verlo por uno mismo.

Aunque eran difíciles de distinguir a la tenue luz de la luna, sus rasgos parecían recuperados de la anterior melancolía. Maia se preguntó si sus ojos brillarían con extraños colores de día, o si su piel, que sólo había visto a la luz de la lámpara o de la luna, resultaría de algún tono extraño y exótico.

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