Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—¿Qué demonios es eso?
Eran palabras de protesta. Maia se volvió para ver cómo el hombre, Renna, señalaba la bestia que tenía delante. Kiel se acercó y le tocó el brazo, como para despejar sus temores.
—Es un caballo. Aquí los usamos para cabalgar y…
Renna ladeó la cabeza.
—Sé lo que es un caballo. Me refiero a esa cosa que lleva a lomos.
—¿A lomos? Bueno… es una silla, para montar.
Perplejo, él sacudió la cabeza.
—¿Esa cosa gruesa es una silla? ¿Por qué es distinta de las demás?
Todas las mujeres, incluso Maia, se echaron a reír. Maia no pudo evitarlo. La pregunta era tan incongruente, tan inesperada… ¡Tal vez él viniera del espacio exterior, después de todo! La expresión de preocupada consternación de Renna no conseguía sino hacerla reír todavía más, de modo que tuvo que cubrirse la boca con la mano libre.
También Kiel intentó ocultar la risa.
—Naturalmente, es una silla para montar de lado. Sé que preferirías una carreta o un palanquín, pero no hemos podido… —La mujer se interrumpió en mitad de la frase y se lo quedó mirando—. ¿Qué estás haciendo?
Renna había saltado del porche y palpaba bajo la montura que estaba destinada a él.
—Sólo… un ligero… ajuste —gruñó—. Ya está.
Para sorpresa de Maia, la gruesa silla acolchada resbaló y chocó contra el suelo. ¡Entonces, de forma aún más sorprendente, el hombre cogió con ambas manos la crin del caballo y de un salto se montó sobre el animal, a horcajadas, como una mujer! Las otras reaccionaron con un gemido audible. Maia dio un respingo al notar un involuntario retortijón en los riñones.
—¿Cómo puedes…? —empezó a preguntar Thalla, la boca seca.
—No me vendrían mal unos estribos —la interrumpió él—. Pero podremos montar a pelo por turnos hasta que encontremos algo. Ahora salgamos de aquí.
Kiel parpadeó.
—¿Estás seguro de que sabes lo que estás…?
Por respuesta, Renna cogió las riendas y puso a su montura al trote, en dirección hacia donde el sol se había ocultado horas antes. En dirección al mar. Mientras ellas le observaban, dejó escapar un grito de júbilo tan intenso que Maia sintió un escalofrío. El hombre había dado voz a lo que ella quería expulsar de sus propios pulmones. La sorpresa dio paso a la pura alegría cuando también ella picó espuelas. Su montura obedeció al instante y echó a correr en la misma dirección, lanzando polvo hacia el recuerdo de su encarcelamiento.
El grupo no siguió la ruta directa hacia la seguridad, la salida de Valle Largo. Sin duda las Perkinitas buscarían allí primero. Kiel y las demás tenían un plan. Tras aquel primer trote jubiloso, la caravana continuó a paso vivo rumbo sur suroeste.
Aproximadamente una hora después de su partida, oyeron un leve sonido en la distancia, tras ellas. Un grave resonar. Al volverse, Maia vio la fina columna de piedra iluminada por la luna, que disminuía con la distancia y empezaba a hundirse en el horizonte. Varios puntos brillantes encendidos indicaban que las ventanas cobraban vida a lo largo de su oscura superficie.
—¡Maldita puesta de luna! —exclamó Kiel, azuzando su montura e imprimiendo un ritmo más rápido—. Esperaba que la tuviéramos hasta el amanecer. Dejemos huellas.
Maia comprendió pronto que Kiel no hablaba figuradamente.
La banda se internó a propósito en terreno despejado, donde la velocidad era buena pero los cascos de los caballos dejaban también marcas fáciles de seguir.
—Es parte de nuestro plan, para que las Perkinitas se vuelvan perezosas —explicó Thalla mientras seguían cabalgando—. Tenemos pensado un truco. No te preocupes.
—No lo hago —respondió Maia. Estaba demasiado contenta para preocuparse. Tras cabalgar durante un rato, se detuvieron, y la rubia alta de duro aspecto se alzó en sus estribos para mirar hacia atrás con un catalejo—. No hay rastro de nadie pisándonos los talones —dijo, cerrando el aparato. Entonces redujeron el ritmo, para no agotar a sus monturas.
Al responder a una breve insinuación de Thalla, que preguntó cómo la habían tratado en prisión, Maia se encontró narrando de cabo a rabo su llegada a la ciudadela de piedra, la terrible cocina de las carceleras Guel, lo horrible que había sido pasar el Día del Final del Otoño en un sitio como aquél, y cómo esperaba no volver a ver jamás el interior de un santuario masculino. Sabía que estaba farfullando tonterías, pero si Thalla y las demás parecían divertidas, no le importaba. Cualquiera diría tonterías después de un cambio tan súbito de fortuna, de la desesperación a la excitación, con el fresco aire de la libertad llenando sus pulmones como un vino fuerte.
Siguió otro período de trote veloz y paso ligero. Pronto una luna inferior, Aglaia, se alzó para unirse a Durga en el cielo, y alguien empezó a tararear una saloma marinera. Otra mujer se unió a ella con la letra, cantando con una rica y fluida voz de contralto. Maia se incorporó ansiosamente al coro.
Tras escuchar unas cuantas estrofas, Renna añadió al estribillo su profunda voz de tenor, que resultaba apropiada para una balada marinera. Miró a Maia a los ojos en un momento dado, le hizo un guiño, y ella se encontró respondiéndole con timidez, no demasiado disgustada.
Siguieron más canciones. Maia comprendió pronto que había una división entre las mujeres. Kiel, Thalla y la otra (una morena pequeña llamada Kau), eran sofisticadas, educadas en la ciudad, y Kiel era su líder intelectual. En un determinado momento, las tres se unieron en un himno cuya letra era decididamente política.
Maia recordaba la melodía de aquellas noches pasadas en la cabaña compartida de la Casa Lerner, cuando escuchaban la emisora de radio clandestina. La letra encerraba una furiosa determinación por alterar el orden actual, rompiendo decididamente con el pasado. Las otras cuatro mujeres conocían también la canción, y pusieron voz al estribillo. Pero había una sensación de contención, como si las demás no estuvieran de acuerdo con algunos fragmentos y pensaran que los versos eran demasiado blandos en otros. Cuando llegó de nuevo su turno, las otras cantaron una vez más baladas que Maia conocía del colegio y del hogar infantil. Baladas tradicionales de aventuras. Canciones de linternas mágicas y tesoros secretos. De cálidos hogares dejados atrás. De talentos revelados, y de deseos hechos realidad. Las melodías eran reconfortantes, aunque las cantantes no lo fueran. Por sus acentos y rasgos, Maia calculó que las dos mujeres más bajas y fornidas debían de ser de las islas del Sur, legendario hogar de saqueadoras y hábiles comerciantes, mientras que las otras dos, incluyendo a la rubia fornida, hablaban con el fuerte acento típico de aquella parte del Continente Oriental. Maia se enteró de que la rubia se llamaba Baltha, y le pareció que era la jefa de las otras cuatro.
En conjunto, parecían un grupo de vars duras y confiadas. No aparentaban tener ningún miedo, ni siquiera de que por alguna casualidad Tizbe Beller y sus guardianas las alcanzaran.
La canción se acabó antes de su siguiente pausa para ajustar el rumbo y cambiar de monturas. Tras reemprender la marcha, todas guardaron un rato de silencio, dejando que el ritmo de los cascos de los caballos hiciera grave música de percusión de naturaleza más terrena. Sin la distracción de las canciones, Maia notó el frío. Notaba los dedos especialmente sensibles, y acabó metiéndose las manos en los bolsillos del grueso abrigo y sujetando las riendas a través de la ropa.