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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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Los viajeros se alejaban con lentitud, en tanto el sol se iba posesionando a saltos de nuevos ángulos de sombras y Blanca se esforzaba por ver a su madre en la galería. De pronto la recorrió un temblor y gritó:

– ¡Mamá! -porque Frida Lunder había surgido de la casa y corría tras ella, desatentada y agigantada por un sentimiento de entrañable amor… Frida parecía no ver dónde ponía los pies, pues mantenía los ojos fieramente fijos en la figura de su hija que desmontando de su caballo, corría también a su encuentro.

– ¡Ahora, Señor, estoy seguro de tu infinita bondad! -murmuró reverente el padre Bernardo.

Las dos mujeres se unieron en un estrecho abrazo y recién entonces comprendió Frida que ninguna distancia podría jamás borrar la imagen de su hija.

“Es realmente patético”, pensó Díaz Moreno, mordiéndose el labio inferior. “Pero si no ocurría, algo hubiera quedado arbitrariamente dislocado… Esta excelente familia corrobora y afirma el sentido de la lucha en un mundo que se enfrenta con hostilidad y suspicacia”.

Lunder regresaba ya con Frida y por la picada, cada vez más próximos al vado, el carretón y los jinetes continuaban alejándose, siguiendo el arco que el sol amplificaba en el cielo.

“¿Tendremos, con tan noble levadura, la raza de gigantes que soñó Alberdi para la Patagonia?”, se preguntaba Díaz Moreno, contemplando a Blanca y Llanlil, que saludaban levantando el brazo derecho con efusiva cordialidad, prolongando la sensación de una presencia que se desvanecía paso a paso. El sol les nimbaba las cabezas. “¡Patagonia!… Tierra áspera, huraña y sin embargo cautivante como una mujer altiva”, divagó el capitán, que miraba no ya a las figuras que se alejaban lentamente, sino una visión más distante, un caleidoscopio de vagas sombras superadas por el tiempo. Su lógica, canalizada en el estudio de la historia, enlazaba sucesos inconexos y rehacía el cuadro de la tierra que pisaba, preñada de futuro y de promesas.

El comisario, que estaba cerca, observó su aire extrañamente ensimismado, vio moverse sus labios y aun creyó escuchar balbuceos de palabras más pensadas que dichas.

– ¿Qué tiene, capitán? -le preguntó suavemente.

Díaz Moreno se volvió sobresaltado.

– Vaya… -dijo entonces el comisario-. Me pareció que hablaba usted solo…

– ¡ Oh!… No se alarme. Hablaba… pensaba mejor dicho en el sentido de dicha partida.

– ¡Ah, filosofando de nuevo! ¿Y qué sugerencias extrae usted de ella?

El capitán retornó a contemplar a los viajeros que se volvían repitiendo saludos, más allá del vado, próximos al faldeo.

– ¡Tantas cosas! -murmuró-, pienso en Simón de Alcazaba, gobernador hipotético de unas tierras que no conocía; forzado por el destino a no cruzar el Estrecho, fatídica circunstancia que lo obliga a poner su planta orgullosa en las costas patagónicas. Sólo hay desolación y viento de su territorio; pero él, con la quimérica seguridad de su codicia hispana, quiere hallar oro y ciudades. Para lograrlo cruza el Chubut hacia lo desconocido, hacia la improbable fortuna y la segura muerte. Muerte que le llega en el mar, sobre un barco, pero que engendró la decepción de hallar sólo guanacos y “peñas muy altas, dadas a la ira de Dios”. Corría el año 1535 y ya el señuelo de la Patagonia reclamaba su óbolo de sangre.

“Los inabordables murallones de sus costas bravías alejan a los navegantes y sin embargo, una y otra vez, aventureros, piratas, misioneros, espías extranjeros disfrazados de sabios, militares trocados en turistas, la recorren por tierra, navegan sus riberas; anotan, compulsan, indagan y esparcen la tremenda leyenda de la tierra maldita, sin perjuicio de aconsejar su estratégico control o directamente su dominio. Durante los siglos diecisiete y dieciocho, el mundo civilizado no descorre el velo de la Patagonia, pero las yermas extensiones solitarias van diciendo su secreto a oídos muy sagaces: Drake, Villarino, Viedma, Falkner, vislumbran el tiempo por venir, mas es pronto todavía… La tierra calla y aguarda.

“Pero, ¿qué peregrino hechizo encierra ese continente del misterio para impulsar como alucinados a los hombres por sus rutas vírgenes, tantas como vértices tiene la multiplicada rosa de los vientos y que, a semejanza de algunos de sus ríos sin desembocadura, no conducen a parte alguna?… Porque ahora un nuevo siglo apremia la urgencia de la humanidad y la Patagonia, que dormía un doble sueño en su realidad física y en el conocimiento de los pueblos, despierta lentamente merced al cálculo y la fantasía. Viejos informes amarillentos, arrumbados durante años, son rescatados del olvido y codiciosamente consultados. Los tenaces navegantes vuelven a escudriñar sus costas amuralladas, sus inmensos golfos, las bocas de los ríos que bajan hasta el mar sin que se sepa dónde nacen. España ha rendido sus colonias al pueblo y Argentina es un nombre, aún balbuceante en su diafanidad casi femenina, pero es también un presente de sangre, épico heroísmo y flecha hacia el futuro, pero que, urgida por necesidades impostergables, pelea a pecho desnudo por definir su destino. La Patagonia, el continente del misterio, se ha poblado de grotescos gigantes que atraviesan el páramo para asomarse al mar; y Argentina remeda a un gigante que ignora la mitad de su cuerpo. Mas como los trasgos ya no se conciben sino como argumentos decisivos de consejas de abuelas, todo el panorama adviene confuso; heroísmo y pintoresca tontería; ambición y generosidad extremas; ingenuidad y astucia; mentira y verdad se entretejen, mientras la patria comienza a comprender la importancia de la otra parte de su cuerpo.

“Entretanto, la Patagonia agrega ya otros nombres exóticos a su itinerario enjuto… King, Fitz Roy, Darwin, Musters, Popper -presunto judío rumano, caballero, aventurero, explorador polemista… todo un conglomerado del romanticismo decadente-, Orelie Antonio 1°, estúpido emperador de un reino imaginario, Ernesto Rouquad, el tesón infortunado, y paralela crece también significativamente la voluntad nacional levantando nombres propios como hitos demarcadores, todos ellos mágicamente vertebrados por una sola seguridad… La Patagonia es la tierra del futuro… ¡La Patagonia es la tierra del futuro!…! ¡La Patagonia es la tierra del futuro!!…

“Luis Piedrabuena -paradoja viviente-, Moyano -juventud hecha coraje-, Moreno -ciencia y videncia enamorada-, Fontana -equilibrio y capacidad- entre los que pasa, como un episodio de la astucia indígena, comparable a otros de heroísmo suicida, un cacique Casimiro Biguá o Bibois, corriendo con desenfrenada inconsciencia de Río Negro a Punta Arenas, ya como coronel argentino, ya como capitán chileno, o simplemente como tribuno tehuelche…

Pero el siglo diecinueve se remansa para morir y la Patagonia es apenas un mal recuerdo de profetas pesimistas: ahora se abren sus caminos al trabajo, sus páramos aterradores y sus entrañas devuelven el calor soterrado para bien de los hombres; de los mismos hombres febriles que amojonan, limitan, trazan y se matan por conquistarla… Y he aquí que esta pareja va, como un símbolo, a ganarse su tierra y su futuro…”

De cara al sol, Llanlil, en el filo de la meseta, señalaba a Blanca el lugar exacto donde sus padres levantaban todavía sus pañuelos en el adiós. Por el camino cortado en el faldeo, el carretón tardaba en subir. Las ruedas se hundían en la tierra y la arenisca húmeda, y los caballos enganchados a la vara tiraban obstinadamente.

– ¡Caramba! -silbó casi el comisario-. ¡Jamás hubiera imaginado en usted tan apasionada visión de esta tierra!

– No es para menos -repuso el capitán volviéndose- usted alcanzará, como yo, a bendecir agradecido…

– Vamos -insistía el padre Bernardo a Lunder y a Frida, tomándolos de los brazos-, ya se han ido… esperemos que el trabajo y el amor los harán felices y prósperos.

– Es bastante y nada más necesitan -dijo el capitán que escuchaba sus palabras, concluyendo: -el tiempo de la conquista salvaje ha terminado.

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