Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:
– Se trata de una improvisada exhibición de monta… como sabemos que a usted le gustan los caballos. Cuando quieran podemos ir a los corrales; los muchachos están esperando… Así papá podrá salir con nosotros. ¿Vamos?
– ¡Ha sido una excelente idea, señorita! -exclamó el capitán Díaz Moreno, sinceramente entusiasmado.
– ¡Vamos entonces! -invitó Lunder-. ¿Vienes, Frida?
– Sí, Whilem… en seguida estaré con ustedes.
Se encaminaron hacia los corrales. En la alameda aguardaban los caballos ensillados. Todos, incluso Lunder, montaron el suyo y se encaminaron en dirección del amplio corral el que se había librado de animales y preparado convenientemente. Blanca, flanqueada por el capitán a su derecha y Llanlil a la izquierda, explicaba los detalles de la fiesta.
– Juan y Llanlil son los organizadores… -Entonces espero que Llanlil nos deleite con su reconocida habilidad -dijo el capitán mientras Llanlil asentía sonriendo y él pensaba en la perplejidad de sus distinguidos amigos y relaciones, si pudieran contemplarlo en aquel amable mano con un indio y la hija criolla de un inmigrante. Pero mucho mayor sería el escandalizado asombro si hubiera escuchado lo que decía el gallardo capitán.
– Escuche, Llanlil…
– Sí, señor capitán -dijo él, inclinándose sobre su caballo.
– Doy por cierto que usted va a casarse con la señorita. ¿No es así?
Llanlil respondió con la exacta elocuencia de la concisión.
– Es verdad… Huanguelén será mi mujer -Blanca no pudo menos que sonrojarse ante la estupenda seguridad de Llanlil y, nerviosa, tironeó involuntariamente de las riendas, haciendo caracolear a su caballo.
– ¡Magnífico! -dijo Díaz Moreno-. Entonces mejuj-frouiv…. ¿No es así como dicen, señorita, en la lengua de Rubens?
– ¡Dios me libre! -rió Blanca, divertida por la penosa pronunciación del capitán.
– …reclamo desde ahora el honor de ser el padrino de vuestra boda. Además, como ustedes tienen intenciones de poblar el valle del Lago Fontana, o Escondido, según Llanlil, tengo el mayor placer en ofrecerles el lote que elijan… Yo obtendré del Gobierno la pertinente autorización y entrega.
– ¿Usted haría eso? -preguntó Blanca, mientras Llanlil casi dejaba de respirar de excitada expectación, aguardando las palabras de Blanca.
– Con todo gusto, pues ustedes se lo merecen y además esa tierra estaría en buenas manos… para mí sería un regalo bien modesto, pues en resumidas cuentas es la patria quien la otorga a sus hijos para que la enriquezcan con su trabajo… en fin ¿qué me contestan ustedes? -dijo el capitán mirando a Blanca que, a su lado, presentaba un perfil de medalla levemente rosado. Inconscientemente se detuvo admirando la delicada belleza de la joven. Delicadeza y resolución en perfecta armonía, “Esta muchacha tiene el encanto de un poema agreste”, pensó ligeramente turbado. Ella movió los labios y dijo solamente:
– Si mi padre abandonó su tierra ¡cómo: voy yo a dudar en la mía!…
Llanlil la apoyó con vehemencia.
– ¡Yo soy indio, pero argentino y cristiano! -dijo-. Iré adonde me den un pedazo de tierra.
– Pues no se hable más -terminó Díaz Moreno encantado-. Tienen ya la promesa y el amigo… ¡que Lunder diga su última palabra!
– ¡Gracias, capitán! -agradeció Blanca conmovida.
6
Apenas los jinetes hubieron desembocado en el amplio corral, los peones iniciaron la demostración. Carreras, enlazadas de a pie y a caballo, empleo de las choiqueras y otras pruebas de destreza se sucedieron vertiginosamente entre los alaridos de entusiasmo o aplauso de los asistentes. En una fiesta de pujanza y colorido, los gauchos de las mesetas demostraron su perfecto dominio del caballo y el lazo. Algunos chilenos e incluso un dálmata rubio y un italiano bigotudo, también se hicieron admirar en suertes de habilidad. Por último, cuando ya Roque suplicaba por la presencia de los señores en el lugar donde los capones se asaban lentamente, Llanlil, montado en pelo, se lanzó a la carrera; clavó una larga lanza de colihüe con precisión inverosímil en los blancos fijados; galopó con el cuerpo suspendido y oculto en los costados del animal; se mantuvo de pie y en plena carrera como un atalaya viviente sobre la grupa y por último levantó a Blanca, detenida ex profeso en medio del corral, con la misma suavidad y firmeza que si se tratara de un paso de danza.
Lunder miró al padre Bernardo y dijo ensimismado, en tanto el espontáneo aplauso estallaba incontenible:
– Ya ve, padre, parece una revelación sin palabras.
– Es quizás la respuesta que su corazón no se atreve a formular -contestó éste.
– ¡Cuesta decidirse! Durante la comida le dije que quería hablarle ¿para qué? ¡Ahí está mi problema!
– ¿Y qué ha resuelto usted? -preguntó el religioso.
– Que si Blanca y Llanlil están decididos a ello, los case usted cuanto antes… -y Lunder miró a su hija, que arrebolada pero firme y espléndida de juventud, marchaba al lado de Llanlil, alto y reservado, como si el junco se cobijase en la protección majestuosa del pino.
Guillermo Lunder llamó a su hija y aun cuando sentía un nudo que lo ahogaba, le sonrió y abarcó a los dos en el mismo ademán. Ellos comprendieron y fueron a colocarse a la vera del tronco viejo que había florecido y era todavía un guía enhiesto sobrepasándolos. Llanlil, el hombre que venía del bosque en llamas, inclinó su frente ante el anciano con el mudo acatamiento debido al jefe… El relincho de un caballo cruzó el valle como un clarín y Díaz Moreno se estremeció penetrado por la misteriosa voz de la tierra, que así comulgaba con los hombres. Se había hecho el silencio y entre los árboles alguien preludiaba notas indecisas.
El padre Bernardo tocó suavemente al capitán en el codo y musitó señalándole el rostro angustiado de Lunder:
– Los padres padecen siempre un poco de la nostalgia de los árboles frondosos que ven cómo echan un día a volar los pichones que cobijaron en sus ramas, protegiéndolos del temporal y el frío, de la soledad y del miedo. Con la desnudez de sus ramas deshabitadas les crece la cálida necesidad de los nidos…
Díaz Moreno asintió con un gesto.
…De pronto las guitarras, pulsadas a la sombra propicia de la alameda, irrumpieron con vibrante euforia, en la tibieza del campo soleado. Las notas se elevaron, en el aire tranquilo de la tarde, de improviso aquietado, límpidas y sonoras como si rebotasen en las paredes interiores de una copa de plata. Y el agónico temblor de las cuerdas persistía, prolongándose en nuevas vibraciones atenuadas pero nítidas.
CAPÍTULO XXI
1
Blanca detuvo su caballo frente a la casa y, apoyándose en Llanlil al bajar, le murmuró al oído:
– ¿Vienes o prefieres ocuparte del carro?
Llanlil se la quedó mirando, brillándole en los ojos una pequeña luz burlona.
– Si entro -dijo lentamente -¿tendré que repetir de nuevo palabras mágicas?
– ¡ Pero no, salvaje!… -rió ella alegremente-. No, son palabras mágicas sino la fórmula ante el buen dios; de lo contrario nuestra unión no tendrá valor… bueno, ¿vienes o te quedas?
– Prefiero quedarme.
Ella ensayó un leve gesto de contrariedad, pero se contuvo sin acentuarlo.
– Está bien… pero ven pronto ¡eh! -y le cacheteó la cara suavemente.
“Es inútil…- iba pensando mientras penetraba en la casa-; a pesar de los esfuerzos del capitán, Llanlil no será nunca un caballero… ni yo tampoco una dama porteña”.
En verdad era absurdo concebirlos ceñidos en formulismos mundanos. En la población de Lunder el empedrado no lograría por mucho tiempo rendir la obstinación de la hierba, y los seres seguirían teniendo y desarrollando la firme voluntad de manifestarse libremente personales; en una palabra, seguirían ostentando el orgullo de sí mismos, vertebrados en el más nobilísimo espíritu de lucha.