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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– ¡Magníficos caballos! -exclamó Díaz Moreno-. Estas mañanas pasadas no he dejado de venir a contemplarlos.

– Sí, son excelentes -dijo el padre Bernardo- y prueban, mejor que cualquier argumento, la razón que tiene don Guillermo en rechazar la idea de convertirse en ovejero.

– Pues nada va a oponerse a sus deseos… ya le dije que el Ensanche ha sido declarado colonia pastoril…

– Todo el valle del Senguerr lo es… con el trabajo del hombre, ¡naturalmente! -afirmó el religioso con convicción.

– Ahora falta que nuestro bravo Llanlil obtenga de Lunder la mano de su hermosa novia y mi proyecto hará su felicidad… supongo.

– ¡Oh! Yo iría ahora mismo al lago -respondió Llanlil-. ¡Huanguelén me seguirá, lo sé!… pero el anciano toro quiere también a su hija y no puedo quitársela…

– ¡Quién sabe! -murmuró el padre Bernardo mirando hacia la casa-. Lunder no retendrá nunca a Blanca contra su voluntad, pero ¡claro!, ¡alejarse así!…

– Yo no sería feliz aquí -declaró Llanlil-. Los blancos no olvidan y yo quiero la libertad de los bosques y las montañas donde anidan los cóndores.

Regresaron todos lentamente hacia la casa saboreando la paz del campo, limpio del odio y el temor de los días pasados. El viento, en una larga tregua, parecía retenido en la punta de los álamos que se enderezaban vibrantes para recibir el sol, cada vez más cálido y brillante a medida que la primavera bajaba del septentrión. Los hombres se dirigían a sus ranchos o al galpón, donde el asado, atendido por el viejo Roque, reclamaba el agudo filo de los cuchillos. Cuando los cuatro hombres, pues por imposición de Lunder Llanlil ocupaba un lugar en la mesa familiar, penetraron en la casa, Blanca y María mostraban en la brillantez huidiza de sus ojos, las huellas que la definitiva declaración había dejado en ellos. María ocultó el rostro avergonzada y algo en el corazón de Ruda clamó por suavizar aquella angustia que estaría siempre escondida detrás de los ojos de la muchacha. Entró Juan acercándose a la mesa, con su parsimonia un poco ajena, y Díaz Moreno lo miró procurando penetrar en el pensamiento del capataz. Bien pronto había aprendido el capitán que nadie en aquellas tierras bravías era totalmente ajeno. Cada ser, y aun a veces hasta las plantas y las piedras calladas, tenían un alma secreta, un lenguaje de pasión que a semejanza de los menucos ofrecía una superficie verde, inocente, trasparente, con delicados tallos ondulando en la corriente subterránea o la árida adustez de las cortaderas amarillentas, pero también el fondo cenagoso y revuelto, la entraña viva y salvaje pronta a estallar en ávidos apetitos.

Por primera vez, después de la tragedia ocurrida, era esperada la concurrencia de Lunder y Frida en la comida principal.

– Buenos días para todos -dijo Lunder entrando en la sala. Blanca fue hacia él para ayudarlo a sentarse mientras recibía el saludo de cada uno. Entre Frida y Blanca, pequeñas ambas, resaltaba la corpulenta figura del boer, cuyo rostro mostraba las señales del golpe recibido.

– Buenos días, señora… buenos días, señor -dijo el capitán inclinándose ante los dueños de casa-. Mucho me alegro, y como yo nos alegramos todos, de vernos en vuestra compañía.

– Gracias, capitán -respondió Lunder sentándose y haciendo un ademán de que se lo imitara-. A usted y su oportuna ayuda le debemos que aún pueda hacerlo…

– ¡No diga eso! -protestó riendo Díaz Moreno- o el comisario me va a tomar ojeriza.

– Vaya, señor capitán -dijo el comisario alegremente-, yo, usted, nuestra gente… la de ellos… ¿qué más da? Lo importante es que todo ha terminado…

– Todo no todavía… -murmuró Lunder y Blanca bajó los ojos-. Pero no hablemos más de eso… alrededor de la mesa debe reinar la alegría… En mi país se acostumbra hacer un brindis de augurio en las ocasiones especiales y yo los invito a brindar por que esta cordial asistencia vuelva a repetirse… si ello es posible -concluyó con un dejo de melancolía.

– ¡Lo será, señor, y la muerte nos volverá a reunir! -afirmó Díaz Moreno, aunque demasiado comprendía que aquel brindis encerraba un adiós definitivo.

Al promediar la comida Díaz Moreno, con su palabra fácil, había enterado a Lunder de las noticias y disposiciones oficiales que le concernían y encantado a todos con los relatos sobre el lejano y casi quimérico Buenos Aires, que algunos de ellos no habían visto jamás. Llanlil y Blanca mantenían a hurtadillas un vivo diálogo de breves frases y largas miradas y cada movimiento de ella era seguido por él con una tan concentrada y orgullosa adoración, que superaba cualquier elocuente discurso. Lunder y Frida los miraban sin exteriorizar sus reacciones, pero estaban pálidos y ensimismados.

– ¿Así que tendremos una policía estable en el Paso? -preguntaba Lunder al comisario.

– Exacto, señor -respondió el aludido-. Y por otra parte se iniciará en el lugar la formación de un pueblo. -Sírvase, don Pedro -murmuró María alcanzándole una fuente humeante.

– Gracias, muchacha… no tengo hambre -contestó Ruda-. Pero no veo que tú comas mucho.

– Yo tampoco tengo hambre, don Pedro -dijo María, dejando la fuente sobre la mesa.

– Pues sigamos así y pronto daremos con los huesos por tierra…

– ¿Acaso importaría algo? -exclamó María sordamente. Ruda la miró con una honda afectuosidad que la penetraba hasta los huesos.

– Siempre importa morirse -dijo roncamente-. Tenemos que vivir ¿comprendes?… Aunque se muera el corazón cada minuto…

– No puedo, don Pedro… no podré nunca olvidar… La sobremesa se prolongaba… El café y la infaltable ginebra alargaban la charla de los hombres y el ir y venir de las mujeres. En una pausa Lunder dijo al padre Bernardo, llevándoselo a un extremo de la sala.

– Padre, esta noche necesito hablar con usted… Tengo un serio problema y su consejo puede guiarme… Usted ya sabe de qué se trata.

– Ciertamente, don Guillermo -respondió el religioso-. Tenga fe, amigo mío… Llanlil no habrá de defraudarlo jamás.

– ¡Sí!… quizás sea como usted dice… pero, hay tantas complicaciones… tantos peligros.

– Todos debemos afrontar nuestros peligros y responsabilidades… Hasta el instante mismo en que algo que debía ocurrir ocurre, estamos solamente esperando, temiendo… pero al fin el alma vigorosa vence la tentación, el peligro, el dolor y obtiene la pequeña parte de felicidad que se merece- dijo el padre Bernardo con una serena entonación.

– ¡Ojalá sea así!… -terminó Lunder visiblemente agitado.

– Escuche usted, señor -decía Díaz Moreno, tratando de atraer la atención de Lunder.

– Sí… ¿qué ocurre?

– Pues aquí nuestro flamante comisario nos quiere abandonar e, indirectamente, me recuerda que yo también me estoy excediendo de su hospitalidad.

– ¡No diga tal cosa, señor capitán! -protestó Frida que se había detenido a escucharlo.

El comisario reclamó silencio levantando la mano.

– Pues sí, señores, debí irme antes, pero quería verlos a todos así; llenos de entusiasmo y tranquilidad. Sin embargo mi puesto está en el Paso y allá debo ir… Mañana regreso.

– Entonces no tengo otro camino que hacerlo yo también -dijo el capitán, y agregó compungido- ¡y créanme que lo lamento de verdad!

– ¡Ah no! -protestó Lunder enérgicamente-. Usted habrá de prometernos que no se irá en lo que resta de la semana.

– Sí, capitán ¡quédese! -pidió también Frida, uniéndose al pedido de su esposo.

– Yo también se lo pido -dijo entonces el comisario sonriendo.

– ¡Y yo!…

– ¡Y yo!…

– ¡Caramba! ¿Qué pasa aquí?

– Pues que no lo dejaremos ir tan fácilmente…

– Pues, en fin… no sé. ¡Bueno! Ustedes ganan. ¡Me quedo! -manifestó Díaz Moreno.

– ¡Bravo! -exclamó Lunder-. ¡Así se habla!… y ahora -agregó- creo que Blanca tiene algo que decirles…

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