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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– ¿Van a poner un puesto aquí? -preguntó el viejo capataz-. ¡No se imaginan cuánta falta le está haciendo a la región!

– Efectivamente -respondió el comisario-. ¿Y para dónde salió Sandoval?

El viejo tuvo un gesto de perplejidad y contestó vagamente: -Para el lado del Ensanche, creo…

“¡Este viejo habla poco pero oculta mucho!”, pensó contrariado el capitán.

Entre las casas y las dependencias de la compañía se habían ido formando pequeños grupos de hombres y mujeres, que observaban reticentes y curiosos a la tropa que se acercaba al tranco. El valle o cañadón del Paso se iba sumergiendo en las sombras.

– Sargento -ordenó Díaz Moreno-, disponga el alojamiento de soldados y gendarmes. Forme la guardia… más un pelotón de cuatro voluntarios para seguirme con caballos frescos. La consigna para los que quedan: rancho y a dormir… nadie sale del campamento por ningún motivo, ¿entendido?

– Entendido, mi capitán -dijo el sargento y corrió gritando las órdenes.

– Mañana le daré su gente, comisario, pero hoy creo indispensable mantener unido el contingente -dijo el capitán a su compañero.

– Completamente de acuerdo… -respondió éste-. ¿Vamos a seguir, capitán?

– Creo que es lo más necesario. El viejo ese, el capataz, a lo que parece, no me inspira mucha confianza… ¡Vaya! Justamente ahí viene.

– Capitán -dijo el criollo-, le he indicado al sargento el alojamiento para su gente, ¿quieren ver ustedes el suyo?… Ustedes me dirán si tienen algún reparo. Además, capitán, quisiera hablar con usted y con el señor también.

– Usted dirá -respondió Díaz Moreno observando el rostro despreocupado del viejo-. Le confieso que llegué a sospechar vivamente de usted, compañero -confesó Díaz Moreno cuando el capataz terminó su relato.

– No me extraña, señor, y créame que sólo la dura necesidad me retiene en este nido de caranchos… ya en vi. da de Bernabé pasé momentos muy amargos…

– Ya iremos limpiándolo, capataz -dijo el comisario.

– Si usted nos guía, salimos en seguida a la población de Lunder -intervino Díaz Monerno. -Capataz…

– ¿Señor? -preguntó el aludido viendo que el capitán lo miraba sin continuar.

– Hace rato que estoy pensando dónde lo he visto a usted antes… -murmuró.

– No tengo idea, señor -respondió el viejo súbitamente desazonado-. ¡He andado por tantas partes!… usted sabe.

De pronto el capitán lanzó una alegre carcajada y exclamó:

– ¡Ya lo ubiqué!… usted es Ponciano Vallejos, el que fuera domador en la estancia de mi tío en Bahía Blanca… ¿Me equivoco acaso?

– Desgraciadamente no, capitán… y ahora estoy en sus manos -agregó entristecido el criollo.

– ¡No, viejo! Aquello ya pasó y nadie se acuerda siquiera. ¡Ni yo! ¿Me entiende?… ni yo… entre nosotros… ¡Estuvo muy bien la guapeada!

– ¡ Gracias, capitán!… Y ahora cuando guste salimos -y la voz de Vallejos, el criollo que ocultaba con miedo su pasado, tenía una desusada vibración de coraje y alegría.

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Sin embargo la salida se demoró otra hora todavía y ya estaban las estrellas sobre las mesetas cuando el pelotón, encabezado por el infatigable Díaz Moreno, engrosado por Vallejos y completado por el comisario, cruzó el río en dirección al Ensanche.

– ¡Ojalá lleguemos a tiempo! -dijo el capitán a su acompañante en un alto de la marcha.

– Hay un silencio tan grande en estas pampas que ya me parece escuchar disparos de armas.

– No sé si es presentimiento o buen oído, capitán -interrumpió Vallejos levantándose del suelo, donde había permanecido con la oreja pegada a la tierra escarchada-. Pero tiene razón. Alguien anda a los tiros por el lado del Ensanche.

– ¡Diablos! -saltó Díaz Moreno-. ¿Y qué diablos esperamos? ¡A caballo, muchachos!… ¡a caballo!

– ¿Pensará cruzar la pampa de un galope? -rezongó en voz baja un soldado de piel tan morena que parecía un negro.

– ¿Y deande un correntino le afloja al pingo? -se burló su compañero.

– Si no es el pingo, ch'amigo, lo que me cansa… es el sueño, ¡caramba! -respondió el otro montando de un salto.

Galoparon ciegamente entre la niebla, pero el valle tardaba en aparecer y ya aclaraba cuando la característica curvatura de la picada indicó a los jinetes que descendían. Nuevamente se espesó en el fondo del valle la niebla y fue necesario que Vallejos les advirtiera la presencia del Senguerr, que por el vado se confundía con los abundantes charcos y mallines alfombrados de hierba verde, junquillos, mara-cachu 1 salada y cortaderas filosas como cuchillos. Luego se lanzaron raudamente hacia las casas, donde brillaban los espaciados fogonazos de los tiros y los gritos de los hombres se aplastaban en la niebla.

Penetraron en el tumulto al grito vibrante de Díaz Moreno que, metiendo su caballo entre la gente, arremetió hacia el galpón donde luchaban los peones de Lunder y los matones de Sandoval.

– ¡ Soldados!… ¡Pie a tierra y fuego al que levante un arma! -y con un pechazo de su caballo derribó a un individuo que se le vino encima. La gente de Sandoval se vio perdida y uno entre ellos elevó su grito suplicante:

– No tiren… no tiren… ¡nos rendimos!

En pocos minutos la lucha había terminado: sudorosos, jadeantes, los hombres se fueron reuniendo frente a la casa de Lunder, empujados por los sables de los soldados. Díaz Moreno, apeado, los contempló perplejo y disgustado.

– ¡Gracias a Dios que han llegado a tiempo! -oyó exclamar a sus espaldas y cuando volvió encontróse con el padre Bernardo que le habría los brazos.

– En qué terribles circunstancias lo vengo a encontrar, padre -dijo Díaz Moreno respetuosamente.

– Hemos sufrido mucho, es verdad. Pero pase usted.

– En seguida, padre… pero antes quiero presentarle al primer comisario de Paso Río Mayo, aquí presente.

– Gratísima novedad, señor -dijo el religioso extendiendo su mano-; una autoridad estable habrá de impedir sucesos como el que ustedes acaban de presenciar.

– La propiedad privada y la seguridad de las personas estarán desde hoy garantizadas -afirmó Díaz Moreno, mirando apenado al misionero, que mostraba las huellas de la vigilia y el temor. De pronto recordó algo y dijo al comisario:

– Le ruego separe a la gente del Paso y me individualice a Mateo Sandoval.

– Vaya tranquilo, capitán; ¡en seguida volveré con él!

Y Díaz Moreno entró en la casa, donde Ruda, con la cabeza entre las manos, parecía ajeno a todo. El capitán alzó los ojos hasta el religioso, interrogándolo.

– Ya le dije que han ocurrido cosas espantosas y lamentables… La furia de los hombres ha ahogado en sangre y vergüenza hasta la sencilla inocencia de una muchacha de la casa… ¡He ahí el porqué de la desesperación de este buen y noble amigo!

– ¿Y el patrón? -preguntó consternado el capitán, que recién empezaba a medir la intensidad de la tragedia.

– Herido ferozmente por Sandoval, el único responsable por este desatinado atropello que subleva incluso mi harto débil resignación cristiana.

– Ya tendrá ese canalla el castigo que se merece -murmuró el capitán con los labios apretados de indignación.

En un rincón Ruda permanecía en su actitud de hondo abatimiento.

– Aquí vuelve el comisario… ¡y qué cara trae! -exclamó Díaz Moreno. El aludido, en efecto, tenía una expresión de cansancio y fastidio.

– ¡Qué estreno, por el cielo! -gritó casi-. Vea, capitán; hay dos muertos de bala y varios bastante aporreados; hay una confusión tremenda y dos desaparecidos… uno es el mismo Sandoval… ¿qué me dice?

– El otro es Llanlil, un indígena leal que no ha desaparecido, sino que, afrontando singulares peligros, ha salido hacia la Colonia a pedir ayuda -intervino el padre Bernardo.

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1 Hierba de la liebre que los indígenas ingieren como purgante.

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