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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– Entonces es verdad lo que me dijo uno de los que están afuera… Sandoval salió detrás de ese indio, persiguiéndolo.

Díaz Moreno se acercó hasta Ruda y tocándole en el hombro le preguntó:

– ¿Quiere usted guiar a mis hombres para alcanzar a su ofensor?

– ¡Déjeme en paz! -murmuró Ruda sin levantar la cabeza.

El capitán lo miró severamente, pero el padre Bernardo exclamó:

– Don Pedro… Un caballero le pide su ayuda ¿y va usted a negársela justamente ahora?

– ¡Está bien! -rugió el español plantándose de un salto-. ¡Vamos adonde quieran!… ¡Tenía un corazón y lo han deshecho! ¡Vamos a buscar a ese maldito y ojalá estas manos honradas lo ahoguen para siempre! ¡Vamos! ¿Qué esperan?… ¡Por Dios! ¿Qué estamos esperando?… -y con el último grito se le cruzó un sollozo ahogado en el pecho.

– ¡Cabo! -llamó Díaz Moreno desde la puerta-; ¡salga de inmediato con este hombre y dos soldados! Búsqueme al fugitivo por el este… hacia la Colonia, pero si al mediodía no lo encuentra, se vuelve…

– ¡Entendido, mi capitán! -respondió el cabo desde la claridad lechosa del patio.

Ruda escapó hacia afuera con el rostro salvajemente crispado, instantes después la patrulla galopaba en busca de Llanlil y Sandoval, conducida por un hombre que estaba condenando sin piedad cuarenta y cinco años de hidalguía, pero cuyos ojos, al recibir el amarillento sol de la planicie, tenían la acuosa debilidad de las lágrimas viriles.

– Allí hay dos despenándose -gritó un soldado morocho que resultó ser el correntino del sueño asombrosamente postergado.

– ¡Son ellos! -bramó Ruda.

– ¡ Cayó uno… y ahora el otro! -gritó el cabo.

– ¡Piiiii… piii… uuu!… ¡Pelea machaza! -aulló el correntino largándose a la carrera sobre la meseta.

CAPÍTULO XX

1

…Entonces Llanlil realizó el acto más absurdo de toda su vida y sin embargo el más natural. El no se sentía en modo alguno un héroe, sino un hombre desesperado que defendía su existencia. Amagó un golpe, se inclinó hasta tocar el suelo y con su mano izquierda levantó una piedra pequeña pero de aristas agudas y la tiró con todas sus fuerzas a la cara de Sandoval. El administrador recibió el impacto en la frente y la violencia del mismo le hizo soltar el cuchillo. Por un instante permaneció de pie, pero luego las rodillas se le doblaron cayendo suavemente hacia adelante. Allí quedó encogido y con los brazos abiertos en un ángulo inverosímil, como dislocado de los hombros.

Pero Llanlil tampoco fue más lejos en su obra. La espiral que giraba en su cabeza pareció estallar de improviso aturdiéndolo. Se tambaleó un poco y el desvanecimiento lo precipitó en las tinieblas…

Un carancho, desprendido de las altas sierras como una hoja obscura, permaneció suspendido en el aire, sobre los vientos que azotaban las mesetas. Algunos puntos extraños lo hicieron descender planeando en amplios círculos alrededor de un centro inmóvil en la tierra. El carancho solitario descendió al fin sobre las ramas de un calafate que empezaba a verdear y desde allí contempló curiosamente las figuras de Sandoval, Llanlil, y un caballo muerto, cuya sangre se coagulaba rápidamente a causa del aire seco de la planicie… De pronto el ave volvió a batir las alas, alarmada ante el estridente grito que alanceaba el aire. Voló más lejos, sorprendida, vigilando con sus ojillos penetrantes los movimientos de los que se acercaban, mientras el grito del correntino, hiriendo el espacio como un cuchillo filoso, fue a rebotar en los cerros cercanos.

Ruda miró a Sandoval caído y el odio se remansó refugiándose en la zona amarga de su corazón generoso. Cuando los soldados lo levantaron le corría un hilo de sangre que bajándole desde la frente humedecía la incipiente barba; hasta perderse en la garganta. Respiraba fatigosamente. El soldado le metió la cantimplora de cuero entre los dientes obligándolo a tragar. Sandoval tosió y se agitó quejándose.

Entretanto Ruda procuraba en vano reanimar al maltrecho Llanlil, pues éste yacía sumido en un desmayo absoluto.

– ¡Muchacho valiente! -rezongó el español enternecido, limpiándole la sangre que cubría la cara demacrada por la fatiga y el dolor.

– Volvamos -dijo el cabo-. Nosotros también necesitamos descansar.

Regresaron con las cabalgaduras manteniendo un lento aire de paso, mientras el sol disipaba la niebla del valle y el viento les cruzaba la cara con un chirlo pertinaz.

Llanlil y Sandoval daban señales de reaccionar de su letargo y cuando llegaron frente a la casa, ambos descendieron por sus propios medios.

– ¿Así que los encontraron? -comentó el capitán que aguardaba impaciente en compañía del comisario.

– ¡Mire cómo vienen esos hombres! -exclamó el comisario admirado.

– Sí -confirmó el cabo- alcanzamos a ver cuando éste- y señaló a Llanlil que se tambaleaba sostenido por Ruda- estaba a punto de ultimar al otro, pero le faltaron las fuerzas y cayó a su lado…

Sandoval, aturdido, contemplaba al grupo sin comprender con exactitud lo que sucedía.

– ¿Quiénes son ustedes? -preguntó por fin.

– A usted le toca contestar unas cuantas preguntas -replicó el comisario disgustado-. ¡Queda arrestado por asalto a esta casa y responsable de los sangrientos hechos ocurridos!

2

Pero Sandoval no terminó de escuchar las palabras del comisario. Su cerebro, súbitamente alerta, identificó los uniformes y la actitud severa de aquellos hombres fue para él más evidente que las palabras… La certeza del fracaso y la pasión frustrada le subieron en un grito de suprema rebeldía y arrogancia. Rabiosamente se desprendió del soldado que lo custodiaba.

– A mí no me ataja ningún milico… -gritó, y con un movimiento rápido arrebató el fusil de las manos del soldado.

– ¡Atrás todos! -volvió a gritar-. ¡Ninguno me va a poner la mano encima mientras viva… ninguno se va a dar ese gusto con Mateo Sandoval…! -mientras hablaba el comisario se había perfilado lentamente, llevando su mano crispada al costado donde colgaba su revólver. Sandoval retrocedía tratando de acercarse nuevamente al caballo más próximo, pero era difícil mantener tantas personas bajo el control de sus ojos… Imperceptible y sutil, la muerte lo cercaba, mientras, con el coraje nacido de su desesperación, retrocedía hacia una incierta libertad. Cuando tuvo el caballo de la brida, Díaz Moreno le habló:

– Es inútil, Sandoval… nada podrá salvarlo. ¿Adonde cree que va a llegar? -pero el otro no escuchaba nada.

– ¡ Acércate, indio de porquería!… -gritó de nuevo- Vas a servirme de escudo…

– ¡ No… no! -con un clamor de pánico, Blanca salió de la casa corriendo al encuentro de Sandoval, pero al tiempo que éste se demudaba de sorpresa, el capitán atajó a la muchacha.

– ¡Déjeme!… ¡Lo matará! -sollozó ella, forcejeando por desasirse-. ¡Llanlil… Llanlil querido!

– ¿Usted? – vociferó Sandoval enloquecido de rabia-. ¡Usted quiere a ése!

– ¡Sí! Lo quiero… ¡asesino! -gritó Blanca exaltada de amor y de angustia.

– ¡Pues te voy a dejar su cadáver, infeliz! -y Sandoval alzando su arma apuntó a Llanlil, que seguía apoyado en Ruda, semiinconsciente y aturdido. En ese momento el comisario extrajo su revólver y fríamente apuntó… La bala se clavó en el corazón de Sandoval. Estaba muerto ya cuando rodó soltando el fusil.

¡Oh, Dios mío! -sollozó Blanca, ocultando el rostro entre las manos.

El rústico comentario del soldado desarmado por Sandoval contenía un varonil homenaje: “Este sí que no era calandraca” -murmuró mientras se inclinaba sobre el muerto, recuperando su arma.

– Desde hoy en adelante -dijo el comisario con el ceño contraído- la voz de la ley será oída y acatada caiga quien caiga.

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