Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:
Llanlil se acercó al viejo Roque que, con otro peón, trajinaban alrededor del alto carromato. El pesado catango patagónico, despertado de su prolongado descanso, iba de nuevo a enderezar su larga y única vara hacia las montañas, donde el indio construiría su vivienda al oeste del lago, entre un paraíso de árboles majestuosos. -¿Cómo va eso, anciano? El antiguo rastreador se rascó la cabeza. -Muchos colores… parece el sol cuando cae entre los cerros -murmuró con su musical entonación.
– Cosas de tu novia, Llanlil -gritó el peón enarbolando una pesada llave-. Pero tiene ejes y ruedas como para llegar hasta el Estrecho.
– Eso es bueno -afirmó Llanlil, examinando con atención el vehículo-. Voy a ver los caballos… -y montando de nuevo se alejó al paso. En la alameda se encontró con Lunder y Díaz Moreno. Al divisarlo, Díaz Moreno, interrumpió lo que estaba diciendo a Lunder y lo saludó con la mano en alto.
– ¡Hola, muchacho! ¿Así que está todo listo? -Sí, señor -respondió Llanlil-. Hay que salir pronto, antes que los arroyos se hinchen… Piré ya no resiste al sol.
– ¡Piré… piré! ¡Ah, ya comprendo! -exclamó Díaz Moreno.
– Pues Llanlil… saldrán pasado mañana. Ya sabes que estamos esperando al comisario que viene con tus papeles y certificará tu matrimonio ante la ley; por su parte el capitán te entregará los del campo que vas a ocupar… Juan irá contigo, lo mismo que Roque… -explicó don Guillermo, apoyando su mano sobre el hombro de Llanlil que se había apeado ante el jefe barbudo, como designaba a su futuro suegro.
– Cuántas demoras ¿eh, Llanlil? -dijo Díaz Moreno maliciosamente, sin hacer caso de la mirada reprobadora de Lunder.
– El anciano Roque dice que los casamientos antiguos eran más embrollados todavía… -respondió el reche.
– Bueno, hijo -dijo Lunder-. ¿Vamos a casa?
Volvieron despacio; la rubia barba del boer se doraba intensamente acariciada por el sol que descendía, resaltando al lado de la negra cabellera de Llanlil. Ambos tenían una expresión concentrada no exenta de melancolía.
Blanca al entrar en la casa fue a la habitación de su madre, ocupada afanosa y eficientemente en preparar montones de telas diseminadas en el suelo y sobre la cama.
Buenas tardes, moeder 11 -saludó su hija besándola en la mejilla.
– Buenas tardes… Espero que me ayudarás a revisar esto -añadió Frida, eludiendo la mirada interrogante de Blanca y la nostalgia punzante del vocablo.
– Voy a cambiarme y estaré contigo -dijo ella con súbito desaliento.
Blanca sufría por la actitud de su madre… “¿Por qué no quiere comprenderme?” se preguntaba angustiada Desde que, repuesta de su crisis, habíase Frida enterado del sentimiento que la impulsaba hacia Llanlil, parecía sumida en estupor y reserva inabordables. Resultó imposible para Blanca arrancarle una sola palabra de reproche o aliento. Su madre se mantenía distante, fríamente atenta, pero bajo su aspecto impasible se agitaba un remolino amargo y apasionado, que afloraba, imprevisto y desconcertante, en una frase mordaz o en una mirada cargada de interrogaciones.
Un sordo resentimiento la revestía de una coraza árida, que parecía alejarla voluntariamente de su hija. Como si la misma adustez y monotonía del paisaje se hubiese infiltrado en su alma, secándole las fuentes de inagotable ternura de mujer y de madre, ella sola, frente al acatamiento de todos hacia el inevitable encuentro de aquellas dos almas fuertes y jóvenes que afrontaban con resuelta decisión el futuro, se mantenía extraña al calor y la simpatía que irradiaban los actos de los otros para Blanca y Llanlil. Blanca la sentía con su conflicto a flor de piel y le dolía la reserva de su madre en el momento supremo en que se disponía a afrontar la vida con un hombre que amaba entrañablemente, pero cuya íntima presencia anímica debía aprender a valorar aún. No podía ella pensar ni en razas ni en culturas distintas, pero sí cabía esperar la comprensión de su madre ante la revelación de su extraordinario amor. Lunder era simplemente un campesino, un hombre bravo con un sedimento de ancestrales experiencias, plantado ante la realidad con la viril disposición de comprender y la tremenda fe en su hija, y Llanlil, el postrero de una raza vieja que moría en su esencia íntima, pero que infundía su aliento sobre la tierra de su antiguo nacimiento y dominio. Trasformada y adaptada, parecía renovarse en aquel retoño montaraz, pero no ciertamente salvaje.
Llanlil destruía el gratuito agravio que importaba involucrar a todo lo aborigen en un solo concepto despectivo.
Blanca Sabía que su padre, a pesar de su perplejidad, confiaba en Llanlil y creía en él, pero en cambio, como una contrafigura, sentía también la repulsa callada de su madre y cómo aquel indeciso antagonismo la enfrentaba con ella, aislándola del afecto más necesario, alejándola, justamente en aquel momento, de su cariño. Sí, ciertamente su madre había sentido solamente lo externo del paisaje, y el alma secreta se le había perdido. Al igual que sus nervios, se destrozaba con el viento su corazón maternal y la martirizaba una sola palabra… “¡Indio!”… Para Lunder, para el padre Bernardo, para Ruda, para todos o casi todos, Llanlil era un bravo, un hombre leal y vigoroso, un alma naturalmente buena, con muchas de las virtudes de los blancos, muchos menos de sus defectos y una ingenua admiración por su tierra que muy pocos blancos poseían; pero con todo, para Frida seguía siendo simplemente un indio, un paisano, al que resultaba inconcebible considerar su igual. Ella que no era más que una campesina y solamente una campesina, a pesar de su dignidad y su intachable virtud, despreciaba a Llanlil porque su cabello era renegrido, su piel más obscura y su sangre tenía aún una corriente de idolatría o un vago panteísmo; pero olvidaba que Llanlil era nieto de hombres nacidos libres, renuevo de una estirpe de jefes que alzaban su voz como trueno sobre los caciques reunidos en parlamentos de guerra y de paz.
Con tan encontrados sentimientos, Blanca se dispuso a cambiarse de vestidos. Al día siguiente, en una breve y sencilla ceremonia, se uniría a Llanlil y luego partiría.
Miró su cuarto con una sensación de despedida y sus ojos se detuvieron anticipadamente nostálgicos ante una decoración de algas arrancadas al fondo marino del Golfo.
Las extrañas ramificaciones de las algas mostraban la sensibilidad luminosa y cromatizada de sus verdes fantasmales y sus tenues morados por donde parecían ondular todavía los filamentos submarinos.
Concisa resultaba la enumeración dentro de aquel cuarto. Breve y horra de frívolos detalles, los que había revelaban el gusto delicado de su espíritu al contacto con lo naturalmente bello, más que con lo espectacular. Desde luego faltaba absolutamente lo trivial, grato a la mujer a quien le sobran las horas de su tiempo. Aun en la clausura hermética de puertas y ventanas, ocasionada por el viento obstinado, flotaba en ella una claridad delicada que parecía fluir, nacer casi de los objetos que adornaban Las blanqueadas paredes y de los sobrios muebles que las circuían.
Una intuitiva capacidad de selección permitía establecer a las cosas, sorpresivamente, una directa relación afectiva con su ocupante, hecha de armonía y equilibrio. Entrando en la habitación de Blanca Lunder, un hálito de admirativo respeto sobrecogía al visitante.
Ello, no obstante, no obedecía a ningún plan. Sólo que las cosas se apoderaban un poco del alma de su dueña. Blanca poseía esa cualidad insólita de darse tomando y el milagro lo era más todavía, porque lo ignoraba.
Apretó los labios y regresó al lado de su madre. En silenció la ayudó a reunir prendas y objetos que Frida apartaba para ella. El ajuar de una novia que iba a construir su nido cerca de los cóndores tenía forzosamente que ser útil antes que bonito. Las dos mujeres ponían en la elección su sentido de lo real y práctico.
1 Madre